Tomasz Wasilewski… a examen

Edyta huye. Un reflejo, una constante en su vida. Recorre en idas y venidas parajes de toda índole con vaga relación entre ellos y un solo objetivo: una subsistencia independiente desarrollada a través del aislamiento más absoluto, de un (in)seguro vaivén donde sitúa sus necesidades más primarias.

El móvil vibra y Edyta lo ignora. El cristal de su coche la recluye del mundo exterior. Poco sabemos acerca de ella, de quién huye, a qué se debe su conducta, pero la incomodidad y el desconcierto de su particular universo pronto nos indican que no estamos ante una exposición corriente.

Tomasz Wasilewski envuelve ese microcosmos en el que se mueve Edyta de un caos consensuado, donde los espacios renacen vez tras otra pero su protagonista parece manejarlos desde esa mirada quebrada por un umbral de circunstancias ajenas al espectador. Desorientados, sumidos en una confusa espiral que permite a Edyta proseguir un camino en el que no parece haber lugar para las relaciones —y si las hay, se pierden en una inusitada curiosidad por conocer, por saber hasta donde se puede llevar la palabra confianza en una huida de esas características—, oteamos un manual de estilo personal, cohesionado y, en especial, significativo. La imagen se funde con el relato de Edyta, y tanto esa vulnerable realidad forjada a través de lo visual como un intrusivo uso del sonido nos conducen a una crónica dibujada desde una cierta insatisfacción, un inconformismo que incluso se percibe como redescubrimiento mediante ese nuevo y ambiguo punto de partida que toman tanto las acciones como las decisiones de la protagonista.

Lo emocional y, por extensión, sexual, se exhiben como piedras angulares de un cine que el polaco ha continuado moldeando y llevando más lejos —a nivel de atención—, acudiendo así a un sentimiento furtivo, a un modo de expresarse donde la propia condición o bien queda recluida en uno mismo, o bien queda abordada en una vía de escape ante la que resulta complejo encontrar motivos. Es en esa reformulación de un espacio personal donde Edyta encuentra aquello que no parecen ir a devolverle esas relaciones fugaces (e interesadas), y mucho menos el incesante tintineo de un móvil que parece constituir su único contacto con la realidad —esa que le acercaba a una conducta racional (?) y a un status dentro de la sociedad—.

No deja de haber, pues, en la huida de Edyta una irremediable sensación de alienación, donde dejar atrás aquello que atenazaba su pasado encuentra como única respuesta una reclusión que sin embargo se presenta como liberadora. Ese subterfugio sirve como reflejo de un acto de consumición, pero asimismo se propone como un inquebrantable escudo a través del que lidiar con esa nueva “realidad”, su realidad.

Aquello que se antojaba arbitrario, casi caprichoso, a través de una (des)composición de planos en los que conocer —o intentarlo, al menos— a Edyta, termina sobreviniendo como un turbio e inexorable puzzle que incluso derrocha gotas de aliento a una vivencia subordinada a su propia condición. Una condición que podemos desgranar de su modo de proceder, de esa especie de rechazo, de repulsión —obteniendo este su lugar álgido en la magnífica secuencia del baile con Patryk—, pero que al fin y al cabo se mantiene como percutora, no como reverberación de un estado al que resulta tan intrincado como sugerente llegar.

En ese sentido, Wasilewski no parece interesado en dilucidar causas, sino más bien en dialogar acerca de ese estado. Su uso del plano, imprevisto —de la agitación a la quietud, del general al cerrado, opresivo—, su extraña y sofocante perspectiva a través de la imagen —que, de tan pegajosa e inquietante, bordea lo experimental—, ese voluble sentido narrativo —que se funde, además, con el carácter del periplo de Edyta— y una exposición austera acerca de la naturaleza de sus personajes, componen un arrebatador arco a través del que asomarse a esa crónica.

La inseguridad con que Edyta acuna entre sus dedos los cigarrillos, la mirada rota que sólo muda en momentos de inevitable necesidad —como ante algunos clientes, buscando una seguridad fingida— o de indispensable humanidad, el tono vacilante de su voz e incluso su lenguaje corporal determinan la percepción de un personaje que Katarzyna Herman lee con especial destreza, como desarticulando algo ya vivido en un reencuentro siempre necesario con uno mismo.

Una idea, la del reencuentro, forjada por Wasilewski con determinación, tanta que quizá ese viaje extirpado de un personaje consumido no podía sino culminar con un nuevo inicio, con un ápice de esperanza. A través del cual comprender que el verdadero valor no está en la percepción de los demás, sino en la propia.

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