Sesión doble: Terror en el convento (1980) / Satánico Pandemonium (1975)

La monja, ese ente que por sí solo ya posee las cualidades necesarias como para hacer de algo cotidiano más terrorífico todavía, y es que resulta complicado hallar algo más terrorífico que el bien estigmatizado, transformado en algo malévolo y perverso. Es por ello que nuestra sesión doble va dedicada a esas monjas que en algún momento fueron poseídas. Para ello nos dirigimos a Italia con Bruno Mattei y su Terror en el convento por un lado, y a México y el Satánico Pandemonium de Gilberto Martínez Solares por el otro. Disfruten de la posesión.

 

Terror en el convento (Bruno Mattei)

Terror en el convento

El realizador Bruno Mattei fallece en la localidad italiana de Ostia en mayo de 2007 como uno de los directores italianos más prolíficos de su tiempo, si nos centramos en los apasionantes efluvios del cine de explotación italiano. El sobrenombre por el que era conocido, el “Ed Wood italiano” ya deja bastante claro que nos encontramos ante uno de los nombres propios de la serie b transalpina, aquella que usurpaba exitosos preceptos e ideas ajenas en favor de los subgéneros más populares en los cines de barrio de los años 70 y 80. Mattei falleció en plena ejecución de su profesión, ya que este padrino de la caspa no dejó de procrear subproductos hasta que un tumor cerebral se lo llevara por delante. Como un oficioso y entregado adorador del cine como profesión, Mattei abordó en compañía de su inseparable Claudio Fragasso (acreditado habitualmente en labores de guión, pero casi siempre co-dirigiendo en la sombra) toda una retahíla de películas con una exagerada etiqueta de subgénero, siempre dentro de la libertad creativa del bajo presupuesto. Con un estilo bastante peculiar y con unas señas de identidad propias que se pueden apreciar en este Terror en el convento, Mattei navegó prácticamente por todas las vertientes trash abordadas por el cine italiano; desde los «zombies», el «post-apocalíptico», la «nazisploitation» o pasando en varias ocasiones por las denominadas «women in prison films», su particular sello y sentido para el desarrollo del bajo presupuesto estaba siempre presente, dejando clásicos modernos del más tosco reverso del «cinemabis» italiano. Para quien sepa entrar en los chuscos pero encantadores derroteros de la serie b europea Mattei es toda una eminencia, donde destacó entre una gran cantidad de realizadores por asumir perfectamente las carencias de sus proyectos y exprimir con tesón las características y señas de identidad de cada uno de estos subgéneros. Al igual que otros compañeros de generación como nuestro Jess Franco (Les Demons, Cartas de una Monja Portuguesa), Paolo Dominici (The Nun and the Devil) o Joe D´Amato (Imagen de un convento) , Mattei aborda aquí la «nunsploitation», esa vertiente del cine de explotación que centra su temática en la reversión de la cristalina y limpia figura de inocentes monjas envueltas en tramas concernientes al sexo, la posesión diabólica, asesinos o torturas, en choque con la tranquilidad y serenidad de su devoción religiosa. Como claro precursor temático se podría citar Los Demonios de Ken Russell, si entendemos la existencia de un modelo a seguir por cada una de las películas que alimentaban a la vertiente en plenos objetivos de llevar al extremo las premisas antes mencionadas.

Mattei a la dirección y Fragasso en la escritura del libreto trazan una historia ambientada en un convento, donde varias de sus monjas vienen siendo asesinadas en extrañas circunstancias. Para esclarecer los hechos, llegará al monasterio un joven sacerdote interpretado por Carlo de Mejo, uno de los rostros más populares del cine de Lucio Fulci. La conexión de Terror en el convento con el director de El Destripador de Nueva York no se limitará únicamente al intérprete, ya que en la pura concepción de horror que Mattei plantea (con los apuntes visuales, estéticos y artificiosos presentes en el resto de su filmografía, sea cual sea el género explotado) se aprecia una especie de «replay» de la «fulciana» aura caracterizada por el fatalismo, claustrofobia y el demoníaco punto vista presente en su catastrófico tríptico etiquetado popularmente como “La trilogía de las puertas del infierno” (formada por Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes, El Más Allá, Aquella Casa al lado del Cementerio), además de la coincidencia de unos derroteros argumentales muy similares. Por otra parte, en el film que nos ocupa se obvian las connotaciones puramente sexuales asociadas siempre a la «nunsploitation» (como la utilización de la monja como mero instrumento erótico, aunque no se prescindan, como nota habitual dentro del cine del director, de la presencia de algún que otro desnudo gratuito), para centrar el argumento en la presencia del demonio como elemento antagónico de las religiosas; por ello ya desde el inicio la película apuesta como principal vía narrativa la exposición de una atmósfera de cierto desasosiego como dibujo etéreo, y proporcionalmente de mayor exposición, de una recreación del mal. Para ello, Mattei, dentro de un profundo respeto hacia sus extremismos temáticos y formales, adopta de una manera muy inteligente la potenciación de un elemento indispensable dentro de la vertiente aquí tocada, como es la dramatización y puesta en escena del escenario principal: ese convento, anexado a un sentimiento de claustrofobia, como campo perfecto en su etiqueta de horror. En este buen uso del escenario se beneficiará la muestra del grupo de escenas estrella de la película, que mostraran desde las clásicas posesiones dentro de un clima satanista eficientemente construido (curioso el juego de sonidos, luces y concepción de planos expuestos en algunos momentos) hasta la psicología volcánica de un grupo de monjas desquiciadas ante la dramática presencia de un supuesto ente demoníaco, ambientada al ritmo de la música de los Goblin.

Posiblemente Terror en el convento sea una de las películas menos reconocidas de Mattei, aunque en ella se vea implícito el sello de su oficio como cineasta. Sus inicios en la profesión como montador, previos a su paso a la realización, crearon él un sentido muy personal en la narración, que lo hizo distinguirse entre otros de los artesanos directores que protagonizaron la explotación italiana. En esta película es donde sus aciertos narrativos se vuelven más evidentes, ya que el ritmo se amolda con eficiencia en la saturación de la atmósfera y las estridencias visuales de algunas de las escenas (las inevitables resoluciones gore, o las rocambolescas pretensiones de su tercio final) parecen salvar un guión que parece ofrecer dos o tres premisas básicas que el director expone como mejor sabe hacer: con una auto-fidelidad autoral que sin duda alguna usurpa del arte ajeno, pero, que dentro de unos personales rasgos de estilo, ofrece la sobreexposición de algunos elementos clásicos del terror con subterfugios desorbitados, pero que acaba manifestando un reverso de sordidez tan solo accesible a través de los desvergonzados brazos de la explotación.

Escrito por Dani Rodríguez

 

Satánico Pandemonium (Gilberto Martínez Solares)

Satánico Pandemonium

La década de 1970 fue la más estrafalaria del cine, cualquier cosa se podía hacer en la gran pantalla, el mostrar lo prohibido era la tendencia. En estos años se hicieron famosos los filmes de culto y se consolidó el cine de explotación, que basaba su éxito en reiterar una temática de moda con énfasis en escenas de morbo. Dentro de este contexto surgió el subgénero conocido como «nunsploitation», que abordaba aspectos relacionados con conventos medievales en donde las monjas eran partícipes de todo tipo de acto relacionado con la blasfemia, el sexo y la violencia.

El cine mexicano no fue ajeno a esta corriente y produjo algunas cintas relacionadas, en donde sobresalió Satánico Pandemónium, un buen producto para los amantes incondicionales del cine gore.

La película no posee mayores virtudes técnicas o artísticas, es austera en el uso de recursos cinematográficos, pero esto no le quita su valía dentro del subgénero. Recordemos que el sentido de este tipo de cine no era obtener un reconocimiento artístico, sino el demostrar que era capaz de enseñar sin tapujos escenas extremas, sin necesidad de recurrir a tramas complejas, pues la historia pasaba a ser secundaria y, por ende, debía ser muy sencilla de contar; lo primordial era representar con crudeza una serie de sucesos, porque, al fin y al cabo, al espectador de este tipo de filmes poco o nada le interesaba una determinada estructura argumental, su gran objetivo era acceder lo más pronto posible a situaciones que eran inimaginables que el cine las aborde en otros tiempos.

Satánico Pandemónium cuenta la vivencia de una monja muy hermosa que durante un recorrido que realiza por el campo es tentada por el demonio, quien persistirá con su objetivo hasta que ella ceda y desate una ola de sangre y sexo en el convento en donde reside y en sus alrededores.

Los famosos y efectivos tópicos del cine de terror de serie B de la época son bien utilizados en este filme, por ello desde un inicio resalta ese sonido distorsionado y casi perturbador del órgano de una iglesia, que se transforma al ritmo de tambores selváticos, en alucinantes tonos electrónicos que generan un ambiente no terrenal, acaso constituyéndose en la melodía de lo espectral.

Esta banda sonora sirve para dar esa connotación terrorífica a una serie de imágenes de los campanarios y de los muros del convento, así como de los paisajes de campos y montañas, que informan sobre el aislamiento del mundo en el que se encuentra el claustro. Con la sola referencia visual y sonora, se ubica la historia en una época y lugar en donde puede desarrollar con mayor credibilidad el mito (o tal vez la realidad) de las posesiones diabólicas.

Destaca el esfuerzo en la película por mostrar físicamente al demonio, pero no deformado o como monstruo, sino como un sujeto cualquiera, estructurando así un mensaje más aterrador. Recordemos que para ese año, el diablo era el elemento sustancial del cine de terror, por el tremendo impacto que provocó en el mundo la película El Exorcista. Satánico Pandemónium aprovechó de esta coyuntura y la compaginó con las creencias o la cultura mexicana y latinoamericana, dando un protagonismo palpable a la presencia de Lucifer en su labor de tentación. De este modo, la posesión no es algo que surgió por azar en el interior de un ser humano o por acción de un ente invisible, sino que tiene su explicación en la aceptación voluntaria de una persona, por ambición o por caer en la seducción, también conocido como pecado.

La película también encierra críticas a la religión católica, acusándola de cometer injusticias y de replicar en el interior de un monasterio los males de la sociedad externa. Se hace además una descripción cruda de lo que pudo haber sido uno de los mecanismos de tortura de la Inquisición, cuando supuestamente se hacía ingerir plomo líquido a una hereje, y posteriormente monjas y verdugo harían su trabajo sangriento. Seguramente, el público fan de este cine sintió ver aquí una de las cúspides de sus inquietudes visuales.

La cinta mexicana no quiso ser una más de los productos del subgénero y dejó sentada una diferencia sustancial con otros filmes afines que, sobre todo, se producían en Europa; así que sin disimulo puso a la monja poseída a cometer actos tan execrables como la violación a un niño en su propio lecho, y si esto no fuera suficientemente escandaloso, allí mismo, la cámara se recuesta junto a ellos para en un plano impactante dejar registrada las constantes puñaladas y sangrados sobre el menor por parte de su victimaria, al darse cuenta que no podrá consumar su deseo.

Como era muy típico en los filmes de monjas poseídas de los 70, las escenas de desmadres y orgías dentro de un convento no podían faltar en este filme, pero como era complicado obtener, en el México de la época, actrices que intervinieran como extras en tan irreverente escena, se supo que el director tuvo como alternativa contratar prostitutas para que salieran en ella. No obstante, la connotación sexual de la película no llega a los niveles de las clásicas del subgénero como Interior de un convento, La monja homicida o Les Démons.

Hay un elemento curioso en el trasfondo de Satánico Pandemónium, que surge por el vuelco que se da a la historia en el desenlace de la película, de este modo se puede también dar otra interpretación al contexto del filme y ubicarlo en otro campo, en el de la frustración o la represión sexual y de cómo ésta afecta psicológicamente a una persona, más aún a una religiosa. De ahí se podría entender la razón del título alternativo de esta cinta: La Sexorcista.

Escrito por Victor Carvajal Celi