Soni (Ivan Ayr)

Sobre el papel. En propia piel.

Sobre el papel, la igualdad de género es un hecho en cada vez más países. Hombres y mujeres con capacidad de convivir equitativamente frente cualquier estamento, con las mismas responsabilidades y oportunidades. Eso ocurre, al menos, teóricamente. Occidente se vanagloria de un día a día que confirma, a base de datos engrosados, que esto es una realidad, mientras multitudes gritan —unas en las calles, otras en redes sociales, muchas internamente por no lanzar zapatos a la cabeza de los demás— que ese papel es pura utopía para tranquilidad de algunos. Y eso citando simplemente zonas privilegiadas donde todo parece avanzar.

Ivan Ayr ha querido aportar su propio punto de vista de todo esto, así que Soni nos traslada a la ciudad de Delhi, India, donde su protagonista, una agente de policía, trata de lidiar en propia piel con toda esa desigualdad que rezuma una sociedad masificada, acostumbrada a elegir patriarcalmente por encima de cualquier nueva autoridad. Ha ido a hacer sangre al colocarnos, ya no solo frente a una mujer policía, también ante su superior (mujer), para demostrar la paradoja máxima: cuando la autoridad de una placa se disipa por las formas de quien la sujeta. Ayr está dispuesto a romper el papel.

Nos metemos entonces en la propia piel de Soni, que es una mujer joven, rabiosa, idealista, que junto a su jefa y el resto del equipo trabajan por frenar los delitos sexuales contra mujeres. Pese a encontrarnos en tiempos de modernidad e integración, el carácter de Soni choca con una realidad totalmente anclada en tradiciones donde la figura femenina siempre ha sido un mero adorno, con posibilidad de prosperar por privilegios uterinos, y nada más.

Soni se alimenta de su propia violencia. Está cabreada, y la insignificancia de todo lo que consigue aumenta esa frustración que siempre somatiza a base de reacciones violentas. Se crea así una imagen de “poli dura” tan habitual en los thrillers, agente de la ley poco conformista ante los métodos administrativos, siempre lentos y tediosos, que desea atajar en busca de una verdadera eficacia.

Técnicamente, en el film no hay una imposición de la cámara, no se busca el efectismo, la belleza o algún tipo de narración más allá del interés de seguir el movimiento de sus dos protagonistas, antagonistas en la fuerza de sus respuestas ante las barreras presentes en su trabajo, pero dos iguales en la búsqueda de una oportunidad que posibilite un verdadero cambio.

En este “ahora” impuesto en Soni, es quizá el personaje de la superintendente el que parece más pleno, coexistiendo su labor como responsable en la policía con su figuracionismo como esposa de policía y madre. Es así como Ayr aproxima los distintos papeles de la mujer en la India actual, dando cabida a una familia donde se siguen las costumbres y se adaptan, a duras penas, a las necesidades de nuevas generaciones.

Sobria, austera y fría, Soni se distancia de las emociones más edulcoradas y pone sobre la mesa esa ausencia de paridad, aunque sea en nombre de un hombre una vez más, acercándose milimétricamente al cine social que muestra buscando la respuesta del espectador por encima de la que decida ofrecer la película, y así es como mejor funciona, sin necesidad de forzar la reacción, aunque su dinámica a nivel de guión parezca algo arcaica.