Siberia (Abel Ferrara)

Siberia podría ser fácilmente catalogado como un ejercicio de desnudez, de autoanálisis, de reflexión interna pero también, dada la fórmula empleada para ella, podría ser un fútil ejercicio onanista de ensimismamiento. Un ‹tour de force› de exploración interior que se mueve entre lo onírico, lo psicoanalítico, lo hipnótico y la metafísica del dolor. ¿Masoquismo o labor ingente de expiación?

Esa es la duda principal que nos plantea el último film de Abel Ferrara contando con su actor fetiche, Willem Dafoe, ejerciendo una vez más de una suerte de ‹alter ego› del director. Una pregunta que la película tiene clara vocación de no responder, moviéndose entre capas y capas de lectura, superponiendo el recuerdo con la metainterpretación del mismo. El eje está precisamente en esta querencia por lo enigmático y lo magnético, dos conceptos que requieren de receptores sobre quien ejercer su efecto pero que nunca, exceptuando algún que otro pasaje especialmente inspirado en lo emocional, consiguen su objetivo.

Estamos ante una obra que está más interesada en su repliegue en sí misma que en intentar explicarnos algo, ni que sea usando la abstracción como método. Así pues, Siberia acaba derivando en una serie de pasajes inconexos, con un proceso diarreico en su discurso mental que, aunque interesa por intentar descifrar hacia donde nos llevará el viaje, acaba por agotar ante tanto cripticismo y psicoanálisis más cercano a una impúdica exhibición de pecados veniales que a una expiación verdadera.

No cabe duda de que esta proyección del subconsciente tiene una querencia, como no podía ser de otra forma en Ferrara, por la provocación, por generar polémica y debate al respecto de sus imágenes y subtexto(s). Pero, lejos de conseguirlo, creemos que estamos ante una obra que más allá de las sensaciones en tiempo real que produce, acaba por ser un artefacto de impacto reducido, que se queda en tierra de nadie. Ni lo bello es realmente demasiado bello, lo profundo demasiado profundo ni, lo que quizás es más importante, lo subversivo acaba por remover en demasía.

Ese es el principal problema del film, que bajo una catarata de intenciones no hay más que un proceso de desnudez psíquico poco menos que superficial y cuya plasmación visual tampoco va más allá de obviedades algo toscas y de una rudeza que realmente no es nada nueva conociendo a Ferrara, siendo incluso algo menos explícita y más contenida de lo acostumbrado en su filmografía.

Así pues, Siberia se balancea en un fino alambre que transita entre la genialidad y la estafa más absoluta. Quizás reducirlo todo a estos absolutos sea exagerado, pero es que no estamos ante una obra que tenga voluntad de moderación: su desfile de sentimientos de dolor ‹over the top› y de patetismo tragicómico están diseñados para el desconcierto y el sinsentido en lo que podría ser un viaje interior con matices épicos. Una travesía que finalmente se nos antoja incompleta y fallida, dejándonos en la orilla de lo que se intuye como algo poderoso pero que en realidad es una reducción paradójica de lo complejo en forma de laberinto sin salida efectiva. O lo que es lo mismo, un artefacto que hace trampas al solitario.

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