Sesión doble: Los caballeros teutónicos (1960) / La torre de Londres (1939)

La Edad media llega a nuestra sesión doble para descubrir dos joyas de un género atípico y quizá no tan bien valorado como debería como son la polaca Los caballeros teutónicos, que el propio Martin Scorsese se encargó de remasterizar destacándola como una de las grandes joyas del cine polaco dirigida por Aleksander Ford, y La torre de Londres, cinta dirigida por uno de los artesanos de principios de siglo pasado, Rowland V. Lee, y protagonizada por dos nombres como los de Basil Rathbone y Boris Karloff.

 

Los caballeros teutónicos (Aleksander Ford)

Los caballeros teutónicos

Nuevamente una recomendación de Martin Scorsese me ha permitido descubrir una joya oculta del cine europeo. Se trata de Los caballeros teutónicos, película polaca rodada en 1960 por Aleksander Ford. Un primer vistazo a la ficha técnica de esta magna obra del cine europeo podría espantar a más de uno: película polaca de tres horas de duración y ambientación medieval… ¡vaya gafapastada! Este epíteto seguramente lo lanzarán aquellos que identifican al cine europeo de los sesenta con el cine de autor. Si bien Los caballeros teutónicos es fundamentalmente una película que bebe del cine épico soviético (por ejemplo de Alexander Nevsky o Giorgi Saakadze), la misma conserva cierto aroma a producciones posteriores que tuvieron lugar en Hollywood tales como El Cid, El señor de la guerra y El último valle o incluso westerns como Centauros del desierto.

La cinta, a través de una entretenida trama de venganza, pasiones imposibles e intrigas medievales y con todos los ingredientes de una gran superproducción, narrará los diversos acontecimientos históricos que rodearon la celebración en Polonia de la cruenta batalla que enfrentó a combatientes de las dinastías nobles de procedencia polaco-lituana contra los funestos caballeros de la Orden Teutónica, unos monjes guerreros de origen germano que trataron de imponer su credo por toda Europa a base de una política imperialista y beligerante.

El origen literario de la obra, dado que la misma es una adaptación de una novela de Henryk Sienkiewicz, desprende cierta retórica reflexiva. Así la trama fluirá inicialmente mediante escenas intimistas dotadas de diálogos cortos y secos repletos de figuras literarias que evocan directamente a las tragedias de Shakespeare y ¿por qué no decirlo? también a la dialéctica empleada por Peter Jackson en El señor de los anillos y por Zack Snyder en su 300. Ford insertará pequeñas escaramuzas de acción para hacer converger hacia el mismo punto final las diferentes peripecias experimentadas por los múltiples personajes que aparecen a lo largo del discurrir de la epopeya, llegando así a la traca final: la espectacular escena de la batalla de Grunwald, episodio que pondrá el sabroso punto final evocando merced a su ímpetu visceral y frenético a las mejores escenas de batallas medievales de la historia del cine (es fácil adivinar un cierto parecido razonable entre esta secuencia y el capítulo culminante de Campanadas a medianoche de Orson Welles).

Los caballeros teutónicos exhibe todas las armas precisas para cautivar a los amantes del cine de aventuras medievales. Sin duda uno de los más cautivadores resultará la hipnótica fotografía a color de tonos cromáticos vivos empleada por Ford al más puro estilo del universo del comic. Fotografía que embellece los hermosos escenarios naturales en los que tiene lugar la acción con el sutil empleo de magistrales travellings de estilo muy soviético. Pero igualmente seductoras son las diversas subtramas de luchas palaciegas que sustentan la espina dorsal del film así como el enredo amoroso tantas veces visto en este tipo de propuestas (sin ir más lejos me viene a la memoria el Ivanhoe de Richad Thorpe), pero que en manos de Ford alcanzará un nivel demoledor y pesimista alejado del vitalismo romántico del cine norteamericano.

Cierto es que quizás el exceso de personajes y el marcado tono nacionalista que Ford impregna a ciertos tramos de su obra (sentimiento patriótico enfatizado por el odio que fluye de las despiadadas andanzas de los caballeros de la Orden Teutónica que chocan contra el heroísmo generoso de los pobladores polacos) puede llegar a resultar cansino para aquellos espectadores que buscan un cine de aventuras de mero entretenimiento escapista, desprovisto pues de toda aureola filosófica. Sin embargo, este talante histórico e introspectivo que efectivamente ostenta el film será derrotado por esa épica cinematográfica de puro arte medieval que tanto gusta a los fanáticos de las poderosas superproducciones que aúnan con talento y habilidad la heroica medieval con el humanismo más solemne.

Escrito por Rubén Redondo

 

La torre de Londres (Rowland V. Lee)

La torre de Londres

La célebre Torre de Londres constituye, además de uno de los lugares más emblemáticos de la capital británica, una de las imágenes más icónicas y representativas del oscurantismo que definió el periodo medieval. Poco importa si, como apuntó el cómico David Broncano en uno de sus monólogos, la leyenda sangrienta que rodea dicha fortificación supera en gran medida a la propia realidad (aparentemente, sólo siete personas fueron asesinadas allí en toda su historia), porque en el imaginario popular ha pasado a ser casi epítome de la crueldad y barbarie que reinaban en la Edad Media, pese a que el uso del edificio como prisión se remonte prácticamente a los últimos estertores del siglo XV. La película del eficaz Rowland V. Lee (que, sin ser estrictamente de terror, por su tono podría inscribirse perfectamente en esta rama genérica que explotó la Universal en la década de los años treinta), se adhiere lógicamente a lo legendario y rehúsa y/o maquilla, por el contrario, lo real. De este modo, menos que preocuparse por la verosimilitud histórica de lo narrado, se preocupa por su impacto estético y narrativo; por mostrar, del modo más atractivo y morboso posible, la dureza y violencia con que se regía la vida en aquellos años negros, haciendo especial hincapié en las maniobras rastreras que llevaban a cabo unos y otros para alcanzar el poder.

Protagonizada por Basil Rathbone (antes de encasquetarse gabardina y pipa para encarnar a Sherlock Holmes) y Boris Karloff, la película narra los tejemanejes que llevó a cabo Ricardo, duque de Gloucester (y futuro Ricardo III), para llegar al trono de Inglaterra. Mediante el hallazgo del teatrillo de marionetas que el personaje oculta en su habitación, Lee exhibe la personalidad psicopática y mezquina del protagonista, cuya diabólica inteligencia le permite tramar intrigas enrevesadas que le permitirán irse deshaciendo de aquellos que obstaculizan sus objetivos (entre ellos, un Vincent Price en uno de sus primeros papeles en cine, sufriendo una cogorza de campeonato). Lo mejor de la película está aquí, en el modo en que muestra la ruindad de Ricardo y su sed absoluta de poder, jalonando la narración con momentos de una crueldad deliciosa (la instrumentalización del viejo rey loco o, muy especialmente, la escena final con los vástagos del rey). A ello ayuda, indiscutiblemente, la presencia imponente de Karloff, que borda otro villano antológico: el verdugo Mord, fiel siervo lisiado y capataz de la sala de torturas, unido en la desgracia física al temible y giboso Ricardo (nuevamente, la fealdad e imperfección físicas entendidas como espejo del alma corrompida).

La Torre de Londres es, pues, una gozada que juguetea con el género de terror, aventuras e histórico, en un tono de folletín medieval de serie B conducido con una mano maestra y a un ritmo endiablado: toda la trama se articula con una fluidez y claridad pasmosas, aun a riesgo de caer en maniqueas descripciones de personajes y restar, con ello, profundidad y complejidad al conjunto. Lo que a Lee y su guionista les interesa es otra cosa, a saber,  plasmar una imagen siniestra de la monarquía británica del siglo XV -en cuyo seno prima el veneno de la ambición y un ejercicio de la política caracterizado por la amoralidad-, al mismo tiempo que se tiende a retratar la Edad Media explotando el carácter más mitológico del escenario en el que transcurre la acción, ese castillo-prisión en cuyas mazmorras Karloff practica el arte de la tortura con especial saña, recurriendo a instrumentos o técnicas para causar dolor ya tristemente célebres (desde el sarcófago de clavos a la quiebra de extremidades mediante el estiramiento de las articulaciones). Tampoco pueden faltar otros elementos bárbaros muy ligados a lo medieval, tales como el foso del castillo, las luchas a espada (y lanza) entre caballeros o la decapitación celebrada ante el alborozado gentío como si de un acto festivo y alegre se tratase.

Siendo una película ligera y sin pretensiones, puede que patine ocasionalmente cuando aspira a lo colosal (las escenas de batallas, por ejemplo, filmadas con un atolondramiento que resulta, pese a todo, simpático). Asimismo, la decisión de contar una historia de buenos y malos puede limitar en cierto modo su calado, convirtiendo un fragmento de la Historia de Inglaterra casi en un tebeo sobre intrigas palaciegas, pero el caso es que, dentro de sus propias y modestas pretensiones, es una película enormemente disfrutable y entretenida, confeccionada con oficio (toda la recreación de la época tiene su encanto) y genialmente interpretada por un conjunto de actores llenos de magnetismo y entregados a sus respectivos roles (especialmente en el caso de los villanos). Los aficionados a los relatos que mezclen traiciones, bajas pasiones y elementos oscuros y de terror, no saldrán decepcionados. Y, si lo hacen, siempre podrán probar con el remake homónimo que realizó Roger Corman en 1962, esta vez con Vincent Prince en el papel del pérfido Ricardo III.

Escrito por Nacho Villalba

 

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