Sesión doble: Incubus (1965) / El anticristo (1974)

El demonio ha llegado para poseer cándidas almas… así nos lo muestran las dos seleccionadas para la sesión doble: Incubus, película en esperanto que dirigió Leslie Stevens en 1965 y El anticristo, la «stendhalización» de las posesiones que Alberto de Martino nos dio a conocer en 1974.

 

Incubus (Leslie Stevens)

Incubus

Hay películas que adquieren su lugar dentro de la historia del cine (sea este más o menos relevante) en base a determinadas cualidades diferenciales, independientemente de los logros artísticos que luego puedan alcanzar. Es el caso de títulos como La dama del lago (rodada íntegramente en plano subjetivo), El espía (rodada sin recurrir en ningún momento a la palabra) o El arca rusa (rodada en un único y majestuoso plano secuencia). En el caso de Incubus, uno puede sospechar, de entrada, que su vitola de culto viene determinada por la insólita decisión de hacer que los personajes hablen en esperanto. No obstante, más allá de esta singularidad idiomática (que, sin duda, contribuye a reforzar el aura enigmática de la película), la obra de Leslie Stevens consigue articular un cuento de horror oscuro lo suficientemente original y atractivo como para trascender la anécdota del esperanto y saciar las expectativas de aquellos espectadores que se hayan acercado a ella atraídos básicamente por su malditismo y por la idea de ver al capitán Kirk defendiéndose en una lengua extraña (que aspira, eso sí, a la universalidad).

De entrada, sorprende que la película no adopte inicialmente el punto de vista del personaje interpretado por William Shatner (un héroe de guerra de buen corazón que vive pacíficamente con su hermana), sino del súcubo que encarna la bella Allyson Ames, deseoso de dar caza a un alma pura a la que poder corromper. De este modo, Stevens parece asumir un camino inverso al habitual dentro del cine demoníaco: no es tanto un espíritu noble el que es tentado por el maligno, sino un ente maligno el que es tentado por un espíritu noble. El poder del amor como amenaza para despistados moradores de las tinieblas, y eso su autor intenta expresarlo mediante un romance cándido, veloz, que tiene cierto tono de fábula (tal vez, también, cierta afectación prescindible), y que sirve para escenificar nítidamente la enésima lucha entre el Bien y el Mal.

La imaginería empleada por Stevens es clásica y discreta, de corte naturalista. Reduce el elemento sobrenatural a su mínima expresión (los demonios tienen presencia humana y Satán, cuando aparece, lo hace semioculto entre brumas infernales o representado por la testa de un auténtico macho cabrío), en parte, supongo, por contar con un presupuesto que no da mucho margen para el lucimiento fantástico. Pese a estas limitaciones, el partido que su director extrae a estos pocos elementos resulta muy notable: imágenes fantasmagóricas y poderosas (casi todas las que transcurren de noche) desfilan por la pantalla mecidas por la alucinada banda sonora de Dominic Frontiere, aprovechando, de paso, la enorme fuerza expresiva de la fotografía en blanco y negro de Conrad L. Hall y William A. Fraker (dos titanes), llena de contrastes y sugerencias poéticas. No pueden faltar, tampoco, estampas icónicas de lo demoníaco como la de la secta, que protagoniza una inquietante escena de violación, o la del citado carnero personificando al mismísimo Lucifer, si bien su intervención en el clímax final bordea temerariamente el ridículo.

Aún así, lo más reprochable de la cinta viene representado por el íncubo del título, que, en un estrepitoso error de cálculo (y de casting), aparece interpretado por un actor con pinta de latin lover (de curioso nombre: Milos Milos) cuya risible sobreactuación hace peligrar seriamente la función. Salvando este lastre, nos encontramos ante una obra extraña, ambiciosa dentro de su modestia (no sólo por nadar a contracorriente en la elección del idioma, sino por rehusar los efectismos propios del género en pos de una narración más “artística” y personal), que certifica a Stevens como un autor en la acepción cahierista del término: alguien que imprime una visión particular e intransferible a todo lo que dirige, en este caso, a esta pequeña historia de terror animada por un sulfuroso romanticismo. Una temeridad, empero, que a la postre le acabaría relegando al circuito televisivo, espantados los productores ante los caprichos autorales del bueno de Leslie y su nulo feeling con la taquilla.

Escrito por Nacho Villalba

 

El anticristo (Alberto de Martino)

El anticristo

Estamos ante una obra que los expertos en el fantástico italiano suelen calificar como el mejor rip-off de El Exorcista (William Friedkin, 1973), película que dado su arrollador éxito hizo florecer el subgénero de las posesiones, eso sí, condenando a las obras nacidas de esta manera a estar para siempre a su sombra. El interés de los italianos, aparte de mostrarnos la eterna lucha entre el Bien y el Mal, residía principalmente en hallar nuevas y oscuras formas de mostrarnos un oscuro erotismo, para lo cual, en este caso, se beberá en muchas ocasiones de la otra obra maestra satánica: La semilla del Diablo (Roman Polanski, 1968). El corte de pelo de la protagonista, Carla Gravina, que interpreta a una sexualmente reprimida Paula/Ippolita (es difícil acceder a la versión en italiano de esta obra) nos lo está diciendo a gritos.

A pesar de su innegable condición de exploit, L’Anticristo es una película eminentemente italiana desde su arranque, en el que se nos presenta casi con ánimo documental los ritos católicos enquistados en una sociedad supersticiosa y propensa a la histeria. Uno de los componentes de la trama, la historia de una bruja quemada por la inquisición y el hecho de que la familia de la protagonista pertenezca a la nobleza, da unas pinceladas gótico-fantásticas al conjunto.

En el elenco (que alcanza, con suerte y descontando a la protagonista, la decencia básica) encontramos muchas caras conocidas: Mel Ferrer como Massimo Oderisi, padre de la posesa, el prolífico Arthur Kennedy como miembro del Vaticano y tío de la protagonista, Anita Strindberg (muy querida dentro del giallo por sus papeles en obras clave) como pretendienta del padre de la protagonista, el reconocible Mario Scaccia como curandero…

Destacable es en cambio la banda sonora compuesta por Ennio Morricone y Bruno Nicolai, dividida en dos claros bloques: El Bien y el Mal, siendo el primero un arreglo de órgano sacro y el segundo tres violines que se superponen chirriantes evocando la presencia demoníaca.

Imponentes son las localizaciones exteriores: no solo se trata de un film italiano; se trata de una obra eminentemente romana, con un contundente desenlace en el coliseo. La Roma que se nos presenta es triste y poco bulliciosa (salvo en las escenas iniciales), recordando casi a esa Venecia gris presentada por Nicolas Roeg en Amenaza en la sombra, de solo un año antes que la cinta que nos ocupa.

Pero hablando de la trama: juega en su contra cierta torpeza narrativa ya que apenas presenta sorpresas en su transcurrir, cosa que es compensada con creces con escenas para el recuerdo, algunas de ellas plagiadas o graciosamente reinventadas con efectos tradicionales. La orgía satánica, el giro al giro de cabeza de Reagan, la seducción al hermano, la simbología de la rana, …

Es, en general, una película entretenida y con apartados lo bastante grotescos como para que merezca la pena su visionado. No está ausente de reflexiones sobre la religión… y, sí, hay vómito verde.

Escrito por Pablo von Pelluch

 

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