Sesión doble: El que recibe el bofetón (1924) / Travelling Circus (1988)

¡Pasen y vean! ¡Payasos, trapecistas, domadores! ¡Drama, emoción, ilusión! ¡Bienvenidos al impresionante mundo del circo! La sesión doble se viste de gala y lleva el entretenimiento hasta las carpas circenses con dos películas olvidadas pero impactantes. La primera llega desde el cine mudo, Victor Sjöström dirigió en 1924 El que recibe el bofetón. Dando un gran salto en el tiempo y el espacio llegamos a Vietnam en 1988 con Travelling Circus de Linh Viet.

 

El que recibe el bofetón (Victor Sjöström)

Autor de algunos de los primeros films que verían la luz en su país, Suecia, Victor Sjöstrom se transformaría en una de las figuras relevantes del silente europeo gracias a títulos como Los proscritos o la que es considerada su gran obra en suelo sueco, La carretera fantasma. Una década después de dar sus primeros pasos como director, no obstante, decidía probar suerte en los estudios estadounidenses, concretamente de la Metro, para filmar el que sería su primer trabajo en América, El que recibe el bofetón.

Adaptación de la obra El que recibe bofetadas del dramaturgo ruso Leonid Andreyev, y protagonizada por el que sería uno de los grandes nombres del cine mudo, un Lon Chaney que encontraría en el regazo de Tod Browning el complemento perfecto, el primer trabajo del cineasta sueco en suelo foráneo recoge algunas de las inquietudes que venía advirtiendo en obras anteriores y moldeando a través de un cine ante todo dominado por una crudeza que se mantendría en el film que nos ocupa.

Ese retrato realizado por Sjöstrom, que bien podría parecer exacerbado o desmedido, sostiene no obstante en el descarnado reflejo que realiza de la naturaleza humana una de sus principales virtudes. Los personajes del sueco, en ese sentido, no resultan crueles por un deseo estricto, mesurable, sino más bien se muestran como tal en esencia, como forma de reflejar una vocación innata que desposee al individuo de todo rastro de humanidad.

El que recibe el bofetón se muestra, no obstante, como un punto de inflexión en el cine de el autor de El viento, pues si bien entiende el paso del tiempo como un elemento que hace mella y descompone el periplo de los personajes que vagan por su obra, aquí el espectador pronto percibe como Paul Beaument, un científico, hallará la desdicha en la traición de su protector y, peor todavía, de su esposa, encontrando precisamente en ese bofetón que da título al film el origen de un trayecto que, a partir de ese momento, verá en tan insignificante gesto un modo de enfocar una nueva vida, a la sombra de otros.

Beaumont percibe de este modo el bofetón como una herramienta de desprestigio social en el contexto en que se mueve —algo que queda reforzado con ese plano hiriente de todos aquellos que se ríen del acto en sí—; un símbolo que, no obstante, virará desde una sociedad despectiva hasta el distendido ambiente del circo, convirtiendo el modo de ver esa bofetada en una ventana a la risa más despreocupada, carente de toda maldad, y subvirtiendo un significado que para el protagonista cobrará otra perspectiva a partir de entonces.

El pasado siempre vuelve al presente y, a través de Consuelo, hija de un aristócrata, Beaumont volverá a atisbar el reflejo de lo que dejó atrás con la aparición de una acróbata que coserá (literalmente) su corazón. Esa vuelta posee una importante significación en el cine de Sjöstrom, y en ella se retrata, además de un paso del tiempo, la asunción de aquello que no quedó bajo tierra como el protagonista desearía; de una etapa que al fin y al cabo permite afrontar ese ser como algo más que el periplo hacia un futuro incierto, hacia un futuro sin futuro por la carencia de motivaciones.

Si bien con El que recibe el bofetón, Sjöstrom se desprende en cierto modo de ese componente afectivo, de la sinceridad que otorgaban a sus protagónicos la pureza de ciertos elementos en los que reestablecer las cicatrices de un pasado que hasta entonces, de un modo u otro, no había sido dejado atrás, lo cierto es que la brutal venganza que lleva a cabo su protagonista —y es que, en el cine del sueco, ni sus personajes centrales se libraban de esa condición en cierto modo inhumana, como si su alma hubiese quedado sustraída— y el sentimiento establecido —pero apenas mostrado; y una vez mostrado, rechazado por esa naturaleza bufa, de improbables tintes de realidad— en torno a Consuelo terminan otorgando forma a una obra en que los rasgos centrales (y la imperfección) a la que se asoma el ser humano resaltaban de nuevo en un título tan estimable como interesante en la consecución de una de esas obras ineludibles del silente.

Escrito por Rubén Collazos

 

Travelling Circus (Linh Viet)

En su tercer largometraje, la directora vietnamita Linh Viet explora el ambiente de una aldea asolada por la hambruna que recibe un día la visita de un circo ambulante. Viendo una oportunidad de negocio, el director del circo pronto encontrará la manera de aprovechar las necesidades de los aldeanos en su propio beneficio, mediante un truco de magia en el que hace aparecer arroz. Sin embargo, este entendimiento es solo aparente, pues la miseria sigue asolando al pueblo y el engaño no tardará en ser descubierto.

Travelling Circus está contada principalmente desde dos puntos de vista, el del pequeño Dac que asiste crédulo al espectáculo y quiere aprender a “hacer” arroz para calmar el hambre de su hermana pequeña, y el de Lan, la estrella del circo y supuesta artífice del truco que no tarda en mostrar remordimientos por formar parte del engaño. La falsa sensación de entendimiento que surge a través de su amistad parece jugar por momentos con la idea de que es posible alcanzar un término satisfactorio para ambas partes. Sin embargo, la película no ofrece una solución fácil y la tensión crece y se explicita cada vez más.

Lo que hace especialmente eficaz a esta cinta no está tanto en ese choque principal entre la aldea y el circo, con la tradición y los valores que mantienen cohesionados al pueblo viéndose amenazados y puestos en tela de juicio por la falta de escrúpulos y la mercantilización de la pobreza y la necesidad por parte de los recién llegados. Este tema complejo resuena durante toda la obra, sin embargo es algo que al margen de su valor como denuncia social ya ha sido tratado en no pocas ocasiones. Lo que la hace destacar es su dimensión humana. A través de personajes como Dac, Lan, u otros secundarios como el jefe del pueblo, podemos observar un retrato cuidado de su decaimiento, su frustración y sus remordimientos por haber contribuido al desastre o no ser capaz de pararlo cuando llega demasiado lejos.

La mirada de Linh Viet está llena de empatía por sus personajes. La forma de rodar y componer las escenas refleja siempre una posición de respeto, sin caer en la pura explotación de la miseria en la que muy fácilmente podría haber caído convirtiéndose en cierto modo en aquello que quiere denunciar. Incluso con alguien tan antipático y cruel como es el director del circo, principal antagonista de la película si se le puede llamar así, hay al menos un intento de entender su postura, y sus justificaciones cínicas llegan a parecer hasta válidas en algún punto.

La película encadena secuencias de una gran variedad, mezclándose ensoñaciones con momentos sobrios de observación y grandes catarsis de liberación emocional. No mantiene un tono uniforme a lo largo de su metraje y eso añade si cabe más fascinación al resultado final al ser capaz de llevar de la mano mediante sensaciones y métodos muy distintos. Tan eficaz es esa escena en la que Dac observa en silencio mientras su hermana come, como el momento en el que el agobio causado por su remordimiento le hace explotar. Tal vez el único pero que se le pueda poner en este sentido es cierta sobreutilización de las mismas piezas de la banda sonora, en particular de una trompeta que en ocasiones se siente disonante.

No es este último, en todo caso, un problema grave, menos teniendo en cuenta las cualidades de dicha música capaz de utilizar con fuerza su instrumentación para hacer resonar sus momentos emocionales e incluso crear una atmósfera apropiada, como el gong que crea una sensación de irrealidad y misticismo a ciertas secuencias; porque en general, estéticamente, es una película muy cuidada que sabe cómo aplicar sus recursos. Gracias a una fotografía en blanco y negro muy adecuada, una composición de planos funcional y creativa y un diseño de sonido en su mayor parte impecable, Travelling Circus goza de una gran puesta en escena que multiplica su alcance emocional.

Con una sencillez aparente que esconde una extraordinaria amplitud de medios, un gran sentido de la tensión y progresión dramática, y una mirada humanista que lo sostiene todo y que en no pocas ocasiones se ha echado de menos al tratar un tema de este calado, esta pequeña película es una experiencia trágica y demoledora, que resulta aún más efectiva si cabe gracias a su habilidad en el manejo de los tonos, los tiempos y sus recursos narrativos y estéticos variados. Toda una joya imperecedera que aún hoy permanece oculta y a la que, confío, el tiempo pondrá finalmente en el lugar que merece.

Escrito por Javier Abarca



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