Sesión doble: Algodón en Harlem (1970) / Pánico en la calle 110 (1972)

La sesión doble está de vuelta. En esta ocasión, la temática escogida nos llega a un subgénero, el «blaxploitation» que tuvo su auge en la década de los 70 y del que os traemos dos títulos que bien merece la pena rescatar. El primero de ellos, Algodón en Harlem de Ossie Davis, y el segundo una Pánico en la calle 110 que además contó con la presencia de intérpretes como Yaphet Kotto o Anthony Quinn.

 

Algodón en Harlem (Ossie Davis)

Cotton comes to Harlem

Una canción de Melba Moore titulada Black Enough, con un soul del que ya no se hace, del que lleva décadas sin escucharse, viste un descriptivo paseo en coche por el neoyorquino barrio de Harlem. De este modo, y en los apenas tres minutos que duran los títulos de crédito de Algodón en Harlem (Cotton comes to Harlem), queda perfectamente enfocada la propuesta que ofrece la cinta dirigida por Ossie Davis. Una propuesta que, dejando al margen aspectos formales y narrativos, destaca por sus niveles de negritud. Una negritud que, como no podría ser de otro modo, convirtió al filme en uno de los buques insignia a tener en cuenta cuando se quiere hablar de ese género cinematográfico tristemente reconvertido a la categoría de simple referente pop; el «blaxploitation».

Algodón en Harlem, lejos de la etiqueta «blaxploitation», es una cinta cuya mezcla inesperada de géneros puede dejar perplejo al espectador más aguerrido.
En esencia, el filme podría catalogarse como una «buddy cop movie», protagonizada por los detectives Gravedigger y Coffin —Enterrador y Ataud; no se puede ser más negro— en su afán por resolver un robo tras el que creen que puede encontrarse algo más gordo.

La sobriedad con la que se trata el tema en los primeros compases de la cinta, propios de cualquier thriller policiaco de la época, tarda poco en desaparecer tras un tono cómico que aparece de la nada y que salpica las secuencias con una comicidad que oscila entre el «slapstick» más desmedido —con cuerpos volando exageradamente tras ser atropellados o golpeados— y un humor absurdo y grotesco que, al igual que el tono de la película, no sabe dónde situarse, siendo a veces excesivamente naíf, y otras bastante subido de tono y, como no podía ser de otro modo, negro.

Pero es, sin duda, en los tramos de acción donde radica el mayor acierto de Algodón en Harlem —no en vano, la película sirvió de inspiración al hito de la acción negra que fue Shaft y a sus numerosas secuelas—. Los tiroteos y las persecuciones son dinámicos, divertidos y, en ocasiones poseen una hilaridad fruto de unas puestas en escena que, pese a evidenciar el cariz de serie B de la cinta, resultan de lo más entrañable.

Como veis, hay lugar para todo; la comedia, la acción, la crítica social… Si a todos estos ingredientes los aderezamos con unos personajes extraordinarios —principalmente por su excentricidad—, con una banda sonora repleta de auténticas joyas del soul y el funk setentero, y podemos perdonar lo absurdo de su guión y de las situaciones que propone, Algodón en Harlem puede convertirse en una experiencia irrepetible y divertidísima que merece la pena experimentar. Una de esas “buenas malas películas” que nos transportará a unos negros años setenta extrañamente familiares que responden a la perfección a la imagen mental que tenemos de la época, de sus pimps, de sus coches, de su música y de esa chulería innata con la que, probablemente, no nos encontraríamos en la vida real.

Escrito por Victor Lopez G.

 

Pánico en la calle 110 (Barry Shear)

Pánico en la calle 110

Sin ser uno de los títulos más representativos del género, Pánico en la calle 110 dirigida por el habitual televisivo Barry Shear que en general no llegó a tener repercusión en el medio cinematográfico, supone un buen ejemplo de lo que en su día fue ese movimiento llamado «blaxploitation» en el que la raza negra encabezaba producciones dirigidas precisamente a ese público, intentando mediante la reutilización y reformulación de diversos géneros construir films no sin un cierto salto cualitativo (pese a la connotación que ha conllevado en muchas ocasiones el término «exploitation»). Cabe decir que Shear lo consigue gracias a una realización dinámica y de fuerte personalidad, que empleando recursos de lo más sencillos (travellings, planificación, etc…) dotan a esta Pánico en la calle 110 un inexorable carácter ante el cual pocos rasgos más requiere uno de los primeros ejemplos del subgénero que, pese a no ser de los más significativos, bien merece ser recomendado.

Todo ello no significa que el film de Shears no posea rasgos suficientes como para encandilar al espectador, pues tras su máscara de «blaxploitation» se esconden rasgos suficientes que aúnan el «noir» (la procedencia de esos personajes, su estructura, el destino…) y el cine de mafias de modo excelente para ofrecer una propuesta cuya índole racial aparece desde el primer instante gracias al personaje interpretado por Anthony Quinn, quien da vida a un policía racista involucrado en un caso mayor de lo que parece. Ese policía será quien choque frontalmente con un detective negro (interpretado por Yaphet Kotto, al que algunos recordarán por su papel en Alien o en el Blue Collar de Schrader) que intenta seguir estrictamente los códigos marcados, y junto al que se encontrará ante un tiroteo en el núcleo de Harlem que involucrará más intereses de lo que podría parecer en un principio, pues la mafia italoamericana intenta controlar su territorio mientras la policía busca a los responsables de un acto que ha implicado el asesinato de dos agentes.

Esa investigación nos llevará a varios frentes en los que algunos de los principales rasgos del «blaxploitation» aparecen (amén de esa presencia negra, aquí acompañada por actores blancos que otorgan ese carácter racial como el ya citado Anthony Quinn o Anthony Franciosa), confiriendo un buen reflejo de lo que supuso el movimiento, así como haciendo girar entorno a algunas de esas consignas un film que además supura una violencia descarnada, que se muestra sin atavíos cada vez que aparece en pantalla y también parece ser uno de los ejes de ese universo compuesto por Shear, en el que las vías de escape parecen estrechas y angostas sin necesidad de que Pánico en la calle 110 resulte un gran ejercicio de tensión, además de concluir con un portentoso y esclarecedor final que nos lleva a una reflexión que sí, quizá resulte moral, pero es un perfecto e inteligente punto final para una de esas obras que ojalá pudiese ocupar otro espacio en la memoria colectiva, pues sin lugar a dudas, bien lo merece.

Escrito por Rubén Collazos

 

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