Rosalie Blum (Julien Rappeneau)

El treinteañero y tímido Vincent Machon no conoce a la jovial veinteañera Aude. Ni a su tía Rosalie. Pero los tres son vecinos de la misma localidad francesa. Quizás ya sea hora de que se encuentren.

Julien Rappeneau ya ha sido presentado en diversos medios como el hijo del director Jean Paul Rappeneau, algo sospechoso en un mundo tan nepotista como es el cinematográfico. Bueno, tendente al nepotismo de la misma forma que cualquier otro gremio profesional, tampoco hay que engañarse. El realizador debutante ya lleva una larga carrera como guionista a sus espaldas, además de coincidir con varios técnicos que trabajaron en varios films escritos por Julien, formando un equipo compenetrado en buena sintonía, para poner en pie su ópera prima como autor. Así que el cineasta podría haber realizado una película bien acabada, dirigida a un público amplio y con vocación de comedia romántica. De hecho todos estos objetivos están conseguidos, además de superados, por el interés añadido de una obra que recurre a esas convenciones, sumadas al drama, la psicología e incluso al suspense, para dinamitar el envoltorio y darle frescura a la “romcom”.

Rosalie Blum es la novela gráfica del mismo título, escrita y dibujada en tres tomos por Camille Jourdy. Publicada también aquí por ediciones La cúpula, supone un cómic irresistible acerca de Vincent, Aude y Rosalie, tres personajes que protagonizan, en el mismo orden, cada uno de los volúmenes. Un juego de historias cruzadas, esbozado con un estilo similar al de la ilustración de libros infantiles por la caricatura, colorido y detallismo. Sin embargo ese trazo, casi naíf, contrasta con el dramatismo de algunos pasajes de la historia o la reflexión acerca de la soledad, el complejo de Edipo y otras cuestiones trágicas. La adaptación en imagen real abandona los tonos pastel para proyectarse como una fantasía de gamas cromáticas neutras, cielos cubiertos de nubes unidos a destellos progresivos de sol, según se desarrolla la trama. Una serie de interiores cálidos como los del bar, otros fríos en la peluquería, más vivos en la casa compartida por Aude y su excéntrico compañero de piso. Tal vez desquiciantes en el apartamento de la madre de Vincent. Estas caracterizaciones de luces y sombras están reforzadas por un sentido expresivo de los decorados, atrezzo, vestuario y caracterizaciones de los personajes.

Aparte de las aportaciones que diferencian al original gráfico y su adaptación cinematográfica, destaca el buen propósito del director y guionista, ya que recurre a tres puntos de vista diferentes que enriquecen el desarrollo de la narración, de apariencia polimórfica, fragmentada, pero de solución lineal y coherente. La fórmula y el orden de los factores no altera en ningún caso la progresión de la cinta, siempre en línea ascendente al dilatar, superponer y descubrir sucesos acontecidos a los personajes, esos huecos en algunos momentos, o bien las situaciones que ganan al ser presentadas en las diferentes versiones.

El resultado final es un modo ejemplar de recurrir a lo mejor de cada medio, tanto del impreso como del audiovisual, con un cómic y un film que se pueden tanto leer como ver de forma separada, a pesar de contar el mismo argumento. Es curioso que el aspecto inocente de las viñetas  suavice mucho el tono turbio de la propuesta. Algo parecido sucede con la narración en off del protagonista en el cine. En el caso de la producción, la película utiliza bien todos los recursos narrativos, la planificación funcional, los movimientos de cámara descriptivos, el formato panorámico y algunos breves flashbacks que no entorpecen la acción. El reparto de actrices y actores secundarios que quizás nos suenen sin llegar a ser famosísimos, pero capaces de transmitir la cercanía y profundidad de sus personajes.

Rosalie Blum es una buena vuelta de tuerca a la fórmula de la estructura tipo rompecabezas que suele funcionar desde Rashomon en el cine. Una renovación de la vertiente provinciana francesa, equilibrada en su exposición cómica y melancólica. Un film en el que sale ganando el personaje de la madre de Vincent, malvado en sus dos encarnaciones caricaturesca y humana. Pierde un poco en las secuencias oníricas respecto a las de las páginas coloridas. Y por encima de todo, aporta un agradable acercamiento a la soledad humana, al azar y a la fuerza del destino, sin necesidad de invitar a los espectadores a la depresión o al suicidio.