Roman Polanski… a examen

El cuchillo en el agua

Después de algunos cortometrajes en su haber, Roman Polanski, recién salido de la escuela de cine, dio el salto al largometraje en el año 1961 con la película que nos ocupa, aunque se estrenó al año siguiente. Un debut que supuso su única película rodada en su país, Polonia (curiosamente nació en Francia). El director de Repulsión debió ver claro que no tendría mucho futuro con la censura de su país y poco tiempo después abandonó su país. La película está escrita por el propio Polanski junto a Jakub Goldberg y el también director polaco Jerzy Skolimowski, y fue nominada a Mejor película extranjera en los Oscar de 1963. Un premio que finalmente fue a parar a Fellini, ocho y medio.

Polanski es un autor que ha mantenido un nivel excelso a lo largo de su extensa trayectoria, si exceptuamos tres pequeños resbalones (¿Qué?, Piratas y La novena puerta) que teniendo en cuenta la cantidad de películas que ha dirigido y los problemas personales que han marcado su vida (el asesinato de Sharon Tate y la acusación de abusos sexuales a una menor que le impide pisar Estados Unidos) se le perdonan sin ningún problema. El cuchillo en el agua mantiene varias de las constantes de su universo, con una calidad técnica y estética inusual para un tipo que no había dirigido un largometraje en su vida; y tiene poco que envidiar a buena parte de su filmografía.

La cinta arranca con un hombre malcarado y engreído acompañado de su atractiva esposa, bastante más joven que él, al volante de un coche para realizar un viaje tranquilo en su yate deportivo. Por el camino tienen un percance con un joven que se les coloca delante haciendo autoestop y no se aparta hasta que el conductor frena bruscamente en el último momento. Tras unas palabras poco amables, y como acto a modo de vacile a su esposa o para animar una aburrida velada, el marido decide recoger al autoestopista, a quien finalmente invita a pasar un fin de semana en una pequeña embarcación. El esposo, un exitoso periodista de una revista deportiva, empieza a alardear de sus dotes de marinero con la intención de incordiar al joven, y éste tras rehuir inicialmente la disputa se suma a la patética fiesta competitiva para captar la atención de la atractiva mujer. En los momentos más relajados vemos como comen, beben, departen (siempre con el duelo de testosterona en el ambiente entre el dúo masculino), y se entretienen con juegos de mesa. La tensión entre el trío protagonista crecerá conforme avanza esta lucha por demostrar quién es más macho en el reducido espacio del pequeño yate.

El cuchillo en el agua

La principal baza de la película es su atmósfera inquietante y claustrofóbica, aunque resulte mucho menos agobiante y siniestra que en la denominada trilogía de los apartamentos. Tal y como sucede con las tres obras más asfixiantes del polaco y con la infravalorada Lunas de hiel, el debut de Polanski cuenta con un trasfondo de sexo y violencia en el ambiente. En este caso por juntar a dos jóvenes atractivos con poca ropa en un espacio tan reducido y por la presencia constante del cuchillo al cual hace referencia el título, perteneciente al joven invitado, que atenúa los intentos de desprecio y burla del periodista hacia el joven. Cada aparición del cuchillo crea una sensación de zozobra debido a la incertidumbre generada por las intenciones reales de su dueño, de quien solo sabemos que hace autoestop y estudia. De todos modos, el director polaco, como casi siempre, se preocupa más de los aspectos psicológicos para mostrar las diferentes perspectivas y la evolución de cada uno de los personajes, que ayudan a comprender sus actos.

Polanski, además de mostrar la absurda guerra de egos de los dos hombres, nos habla del conflicto generacional y de la crisis de una pareja (en la que parece inspirarse la letra de una canción que canta la joven mujer en una de sus veladas), con unos personajes excitados, al borde de explotar. Unos seres siempre construidos a través del contexto que son presentados incidiendo en el contraste de sus personalidades, sin dar demasiadas pistas sobre ellos. Este aspecto impide averiguar durante la primera mitad cuáles son sus implicaciones emocionales reales. La chica, que ya había tenido un percance con su marido al comienzo de la narración, parece más avergonzada de éste conforme avanza el metraje. Las miradas y los gestos de ésta delatan cierta atracción hacia el joven mientras le observa subirse a lo más alto de la embarcación y sigue la ridícula competición de los machos a la espera de su momento.

El cuchillo en el agua

El director de origen polaco se las ingenia para sostener una película con solo tres actores (no hay un solo secundario ni extra que haga aparición en pantalla) a través del estudio psicológico de las emociones camufladas de los personajes, y consigue que éstos nos interesen pese a resultar unos seres carentes de cualquier atisbo de atractivo intelectual en un escenario que ya hemos visto en otras ocasiones, aunque nunca tratado con tal maestría (Calma total está claramente inspirada en la premisa de la cinta de Polanski, pero se aleja sobremanera de sus principales virtudes con un enfoque mucho más comercial y convencional que se centra en la psicopatía del invitado). Pese a la tensión imperante durante todo el metraje, los personajes actúan de un modo contenido hasta el último tercio del filme en el cual explotan y sacan a relucir una actitud absurda que deja a todos en evidencia, especialmente al periodista deportivo; provocando unos acontecimientos que alterarán su paz espiritual y dan mucho juego cinematográfico. Polanski ha demostrado a lo largo de su brillante y extensa trayectoria que se maneja como pez en el agua en espacios cerrados y reducidos. Su tratamiento de éstos en Repulsión, La semilla del diablo y El quimérico inquilino no tiene parangón. Tampoco es la única vez que desarrolla una historia con el uso de un escenario reducido con pocos personajes, como demostraría con posterioridad en La muerte y la doncella o Un dios salvaje. De todos modos, en su debut contrasta el reducido espacio de la embarcación con la idílica y extensa imagen del lago, que otorga mayor sensación de libertad.

Destaca por encima de todo la minimalista habilidad narrativa para mantener la tensión, mostrada a través de unos encuadres en los cuales el objetivo siempre encuentra el lugar idóneo, con unos ángulos muy trabajados y sugerentes para ser un recién iniciado en el mundo del cine. Sobresalen especialmente aquellos planos en los que el matrimonio se encuentra a ambos lados de la imagen mirándose el uno al otro, mientras utiliza la perspectiva de los hombros del invitado para captar unas tomas muy originales que juegan siempre con los ángulos de la embarcación, pocas veces vistas en el cine de esa época. Mención especial también para uno de los escasos momentos en tierra en el arranque de la cinta. Durante los títulos de crédito iniciales, la cámara nos muestra la parte delantera de un coche circulando con dos personas dentro con el reflejo de la carretera y del paisaje en el parabrisas impidiendo verles los rostros, para posteriormente enseñarlos enzarzados en lo que parece una discusión (que no podemos escuchar por la ausencia de sonido) sobre la forma de conducir de la mujer. Sus esplendorosas imágenes están acompañadas por una potente banda sonora presidida por el jazz suave del saxofón del sueco Bernt Rosengren que remite claramente a la música del cine negro clásico con reminiscencias sesenteras, y ayuda también a generar la tensión contenida predominante en la cinta.

El cuchillo en el agua

Como sucede cada vez que nos enfrentamos a cualquier película realizada en un país con régimen autoritario se buscan simbolismos o alegorías que puedan enterrar sus historias. Sin embargo, el debut de Polanski tiene otras intenciones que lo alejan de acometer asuntos políticos o sociales de su país, si obviamos una pequeña crítica a las aburridas clases pudientes. De todas formas, la película no fue bien acogida por el régimen polaco, seguramente pensando que la crispación del trío protagonista fuese como consecuencia directa de la influencia del estado; o por esa manía de los sistemas totalitarios de castigar el erotismo o la insinuación de éste en el cine, o porque dos de sus personajes sean claros miembros de la burguesía. Existe una anécdota muy curiosa que ejemplifica como se las gastaba la burocracia del régimen polaco de la época motivado porque ésta se entrometió en la producción prohibiendo que un Mercedes apareciese en pantalla. Lo más divertido de esta situación sucedió cuando, según comentó el propio Polanski, un miembro del comité de cine polaco se acercó al rodaje conduciendo el mismo modelo de coche que había sido vetado para hacer su aparición en la película.



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