Rien à foutre (Julie Lecoustre, Emmanuel Marre)

Adèle Exarchopoulos, a quien una de las películas más alabas en los últimos tiempos, La vida de Adèle, puso en el mapa como flamante co-protagonista, es el rostro principal de Rien à foutre, la nueva cinta de Emmanuel Marre, en esta ocasión junto a Julie Lecoustre. En ella nos sumen en el día a día de una azafata de una aerolínea ‹low cost›, así como su reverso cotidiano en cada momento que está fuera de su puesto de trabajo. Casi como un relato generacional circunvalando en una juventud perdida entre la cotidianidad del trabajo precario y un exceso derivado del desgaste vital, el film se puede dividir en varias fases donde las pretensiones de la película van quedando más clarificadas. Encontramos un primer tramo que nos introduce en el bucle repetitivo de las interminables jornadas laborales de la protagonista Cassandre; paseos por las extensas terminales de los aeropuertos, estancias de ciudad en ciudad donde jamás se encuentra un mínimo de estabilidad, alguna que otra entrevista de trabajo (donde será víctima de cierta mezquindad), además de las relaciones de amistad con sus compañeros de trabajo, que en alguna ocasión encuentran ampliación por las fiestas nocturnas que a modo de vía de escape asistirán en esas ciudades de tránsito. La joven de 22 años trabaja en una compañía modesta (inspirada claramente en una empresa real por todos conocida) pero sus aspiraciones se recluyen en mejorar sus condiciones laborales para optar a un puesto en una aerolínea de clase A. Cassandre es exhibida como una víctima de su generación, una joven encadenada a un sistema y por ende un trabajo que le paralizan las necesarias ansias de evolución.

Es un acierto para la película el tono que Lecoustre y Marre utilizan para retratar cada una de las jornadas laborales de Cassandre, empleando la cámara como si de un documental contemplativo se tratase, con ciertas conexiones verídicas (es palpable que en algunas escenas participan empleados e incluso extras reales, no interpretados para la ficción), no ignorando algunas secuencias con cierto tono bucólico, como un interminable paseo de Cassandre junto a su compañera por una de las escaleras de una terminal al ritmo de un tema de Vangelis. El resto de su vida es casi un lienzo de algunas de las aventuras de la juventud de su generación, entre fiestas excesivas, horas muertas tomando el sol e incluso la búsqueda de pareja a través de las redes sociales; todo es tratado con una narración cristalina que permite al espectador sentir la empatía necesaria con la protagonista: un hastío existencialista en el que entra en un bucle infinito de trabajo, exceso, monotonía y desgana. Ahí encontramos el sentido a su título original, Rien á foutre, traducido libremente en el internacional Zero Fucks Given, que podríamos comprenderlo como “todo me importa una mierda”.

Hasta el mencionado punto, la película funciona y supone un viaje de sumersión a través de un ejemplo de fatiga laboral que se podría sentir en algunos trabajos sobre los que, como consumidores, nunca nos hemos parada pensar sobre ese otro lado de la personaje que ejercita su responsabilidad laboral. Pero en Rien á foutre hay un punto de inflexión inesperado que funciona como un reloj a lo narrado previamente: Cassandre vive un trauma familiar que nos es comunicado en un momento muy determinado del metraje, que permite comprender algunas de sus actuaciones e impresiones psicológicas. Su vuelta al hogar familiar en Bélgica hace tornar la película en un drama existencialista muy depurado, en el que el arco del personaje crece exponencialmente y su trabajo un método de escapismo ante la pasada tragedia vivida, que da aún más sentido tanto a la historia de la propia Cassandra, como a todo el espectro que rodea su vida. Si bien estas intenciones se ajustan a los estándares de este tipo de dramas habitualmente salidos del cine europeo, Rien á foutre tiene una naturalidad en sus formas que da aún más vehemencia emotiva a su punto neurálgico, la azafata protagonista. Es un film con una puesta en escena calculada, con una profundidad milimetrada en el dibujo de su personaje central, y con el poder de captación de la jornada laboral (en este caso tanto los repetitivos vuelos como el agotamiento ante la pasividad de las horas muertas del descanso) a modo de denuncia al capitalismo extremo que es palpable en el día a día de cualquier espectador.

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