¿Qué harás cuando Dios muera? (Hugo Villaseñor)

«No future», consigna punk por excelencia, se lee en el cartel de esta película de guerrilla del mexicano Hugo Villaseñor, rodada con pocos medios y un reparto mínimo, que retrata el declive en el que entra la relación amorosa de dos jóvenes en el México de hoy, marcado por la precariedad y la delincuencia. Ok, podemos comprarlo. Ahora bien, no hay futuro… pero es que tampoco se lo busca demasiado. Al menos en el caso del protagonista, uno de los personajes más irritantes que recuerdo en el cine reciente. Su apatía, de una desidia existencial que ciertamente puede rimar con un espíritu nihilista y punk que sin duda está en el núcleo del proyecto, no tiene demasiados asideros a los que uno pueda agarrarse para comprenderla, o elementos suficientes que la justifiquen.

Quizás el error está en omitir la etapa feliz de la pareja: el espectador, tras un prólogo de ánimo levemente provocador, cae de lleno en un presente sentimental donde ya no hay rescoldo de pasión alguno, ni siquiera simpatía o cariño perceptibles entre ambos miembros de la pareja. Todo apunta a la falta de dinero como detonante de esta decadencia, pero, como hemos destacado, el personaje de Güero no hace lo más mínimo por intentar solventar este problema, limitándose a pasar las horas muertas jugando a videojuegos o patinando, como si estuviéramos en una peli de Gus van Sant o Larry Clark. El ‹angst› juvenil y la poesía del cine de ambos autores está sin duda entre las influencias de Villaseñor, pero son referentes que le quedan demasiado grandes.

La cinta no puede librarse de algunos gestos de cine de autor que se sienten impostados (el pasado de la pareja ilustrado en instantáneas luminosas y felices sobre las que se impresionan textos que hablan de desengaño y decepción), mientras la historia transcurre con escasos sobresaltos por un presente dominado por la monotonía y el hartazgo mutuo que se profesan los dos jóvenes, con el tipo gorroneado cigarros, sacando dinero a su padre (en una de las peores escenas de la película), perdiendo el tiempo y, básicamente, siendo un cretino integral (incluso llega a forzarla sexualmente en un momento determinado), mientras ella sobrelleva tan penosa carga como puede. Es obvio que antes hubo otra cosa, y que lo que vemos ahora es el fantasma triste de lo que fue, pero la estrategia no termina de salirle bien a Villaseñor, que se limita a acumular de forma perezosa estampas de un gris costumbrismo (presumiblemente preñadas de significado) sin que lo que sucede en pantalla remueva o emocione al espectador.

Por supuesto, luego está el tema del porno, presunta tabla de salvación de esta pareja a la deriva, aunque todo apunta a que será en realidad su último clavo en el ataúd. Es, también, el elemento revulsivo que, morbo mediante, atraerá más a los cinéfilos inquietos o seducidos por los platos sexualmente fuertes. En realidad, lo que hay no es nada del otro mundo: después de la escena de apertura, que presenta a los personajes en un contexto de porno amateur a lo Fakings, habrá un par de momentos turbios en los que no se escatiman desnudos y ciertas vibraciones de mal rollo que invitan a la incomodidad, pero nada de esto termina por sacar la película adelante.

Visto todo en perspectiva, uno puede entender las intenciones de Villaseñor, así como su ánimo por filmar desde las tripas (con una atractiva fotografía de grano grueso), intentando que en el relato se filtren soplos de verdad y poesía… pero no funciona. La idea está ahí, pero la ejecución es mejorable (lo que abarca desde unas interpretaciones discretas a unos diálogos generalmente mediocres), convirtiéndose en un pequeño film de autor que remite constantemente a otras películas muy superiores, quedándose, pues, en un quiero y no puedo de manual, aunque parte de su tristeza se cuele subrepticiamente en instantes muy aislados, revelando que (quizás) de aquí podía haber salido algo mucho más relevante y afortunado. En todo caso, los espectadores que rastreen proyectos pequeños animados por el desencanto y la renuncia a cualquier atisbo de comercialidad, pueden echarle un vistazo; quizás encuentren algún elemento de valor que a servidor se le haya escapado.

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