Playing Men (Matjaz Ivanisin)

Para terminar su breve carrera de apenas tres obras como director, al cerrar la década de los ochenta, Buddy Van Horn contó con Clint Eastwood como actor protagonista en El cadillac rosa. Su frase publicitaria era lo mejor de la producción, en un tiempo anterior a la corrección política, ya que se proclamaba nada menos que «Hay que ser muy hombre para pasear a una chica en un cadillac rosa». Eso era lo más memorable del film, un eslogan con gracia para una película triste que sirve para rellenar, durante algunas tardes, las programaciones de múltiples canales televisivos.

Parece que la introducción no está conectada completamente con el documental Playing Men, dirigido por Matjaz Ivanisin. Pero de la misma forma que este autor pensativo, sentado en un bar, da el relevo a otro hombre al inicio de su cinta, aquel realizador norteamericano da paso al cineasta esloveno en esa búsqueda de la condición masculina, sin ganas de dictar un ensayo por parte de Van Horn, ya que su encargo era una cinta escapista para mantener el puesto de taquilla de su estrella. En el trabajo reciente tampoco existe una vocación de profundizar en la condición del macho, aunque sin buscarla se llegue a la misma.

Las escenas de lucha libre turca en un campo soleado, con hombres fornidos, embadurnados en aceite, abren ese primer acercamiento a ritos lúdicos ancestrales. En este caso son batallas que se remontan al final de la Edad Media. La música marca el cambio de planos, dinámicos, impactantes por su plasticidad. La potencia de las imágenes grabadas en directo, en el lugar de la competición, se asemeja a las de un documental sobre la naturaleza, enfocado a los comportamientos atávicos por el honor, la victoria en un gesto tan burdo como es palpar los genitales al adversario. Esas imágenes lo cuentan todo, sin necesidad de apoyar la lucha por una explicación con voz en off para que sepamos las reglas. Con el impacto que supone ver cómo llora después de la lucha, uno de los vencidos.

El documento etnográfico continúa por un pueblo siciliano con un juego tradicional que sucede al lanzar un queso mallorquino de forma totalmente redonda, por las calles y pendientes de Novara di Sicilia. La presentación corre a cargo del sacerdote de la localidad con el sentido de la parodia, de un infocomercial emitido por algún canal de teletienda. Porque todo continúa sin más conexión que los juegos como elementos que unen la condición humana en países lejanos. Después llega un interludio por el lanzamiento piedra balcánico que ya no se practica, un vestigio que recuerda uno de sus habitantes por el canto de una letanía cadenciosa. Pero el punto climático en esta sucesión de actividades lo marca la morra, el enfrentamiento entre dos hombres o uno frente a varios, siempre uno contra otro, tratando de adivinar el número de dedos que sacarán entre ambos al mostrar sus manos escondidas detrás de la espalda. Como los chinos, pero sin monedas, solo con los dedos. Esa secuencia supone la clave del largo en cuanto al humor de la situación, junto a la capacidad de captar la entrega total de varios adultos en un embate que parece poco trascendental, mientras ellos lo viven con toda su pasión. Salvo unas fotografías de jugadores de petanca nudistas, no hay más relación del metraje posterior con el motivo del título.

Se quiebra el relato por la aparición de Ivanisin de nuevo en escena, el cineasta superado por su empresa. Esta segunda parte es una conversación con un amigo sobre un torneo de tenis entre Goran Ivanisevic y Patrick Rafter. La final de Wimbledon es narrada como una gesta épica, sin recurrir a la grabación del encuentro, disputado en el 2001. Pero sí se muestran vídeos del triunfador, cuando llega a su ciudad con el recibimiento de la muchedumbre. Tal vez sean estas las únicas secuencias en las que aparecen algunas mujeres entre los asistentes, un contraste que rompe las reglas durante un documental de hombres en su desarrollo, porque no hay espacio físico para la mujer en una ritualidad tan banal y primigenia que parece ser el último refugio del ego masculino. La representación es respetuosa con las lides y costumbres que se muestran. Sin embargo, la reflexión que genera un film que parece inocente —sin ser inocuo— es muy valiosa para nuestra época de transformación igualitaria.