
Segundos antes de reproducir Goethe! no tenía muy claro quién era Philipp Stölzl ni de por qué me sonaba su nombre. Con los primeros minutos de la cinta, la memoria del cineasta me ha golpeado con fuerza, soltando un sonoro «¡Pero si este tío es el de El médico!» en mi comedor vacío. Horas tras el visionado del filme, reflexionando sobre lo visto, he paseado mentalmente por los atributos del director y de cómo, de alguna manera, componen un estilo propio. Días después de estos eventos, lo único que sé con certeza es que volveré a olvidar a Stölzl, solo para reencontrarlo en alguna de sus siguientes películas.
Philipp Stölzl es un director reconocible en la misma medida que uno identifica las versiones que hacen los Black Eyed Peas de otras canciones a los pocos segundos de sintonizarlas en la radio. Esto, no necesariamente malo, me remite a la cualidad “pop dosmilera” que encuentro tanto en cineasta como en el grupo musical. Ambos entran en la vida de uno como una pequeña ventana del pasado, por donde entra una corriente de nostalgia, si es que puede llamarse así, de apenas una década. Hay unos valores de producción, un ritmo, un planteamiento de cámara que, sin quererlo ni beberlo, enfrascan unos manierismos que con el paso del tiempo hemos abandonado.

Entonces, Goethe!. Cinta sumamente pop, con cantidades industriales de azúcar y ritmos predefinidos que, como todo lo ultraprocesado del supermercado o los 40 principales, no puede no gustarte porque, oye, es dulce. Stölzl, junto con Alexander Dydyna y Christoph Müller presentan un guión que pivota, de manera interesante, no tanto sobre la vida entera de Wolfgang Von Goethe, sino en un pequeño pero crucial fragmento de la misma. La obra, como los títulos alternativos de la misma indican (Goethe in Love) se centra exclusivamente en el primer romance del famoso escritor; un periodo de poco más de un año pero que encauza a Goethe en el camino de la grandeza. Este enfoque me gusta. Permite al guión relajarse, no ir cagando leches de un hecho histórico al siguiente, sino profundizar en lo que en este momento es importante. Que luego el texto recorra los caminos más previsibles es, otra vez, parte del carácter de la obra.
Quiero reiterar el tema del azúcar porque es una película extremadamente dulce. Todo se plantea y se introduce de manera agradable incluso cuando los personajes sufren. Es una obra optimista y que te acaba cayendo bien porque no deja de sonreír. Las actuaciones del reparto, a destacar los protagónicos Alexander Fehling y Miriam Stein, son también encantadoramente risueñas, incluso en sus momentos desesperados se nota esta pátina de infantilidad que recubre todo. Esto, al final, se siente como un cuento, donde los peligros pueden ser reales, al igual que las emociones, pero en el fondo sabemos que las cosas irán bien.

Sí es extraordinario, sin reparos ni comentarios, el diseño de producción. Los escenarios, mezcla de estudio y de localizaciones reales, son preciosos e incluso sorprende la capacidad inmersiva que tienen. El espacio hace mucho por la historia y, excepto por algún que otro gazapo de CGI que ha envejecido mal (como siempre hacen), Stölzl puede dejar la cámara en un cómodo plano general y tener un paisaje viviente precioso. La dirección de arte es sin duda el mayor logro de esta obra y de tantas otras piezas históricas de esta década, mezclando un enorme talento en la creación de espacios y ‹props› junto con el buen gusto a la hora de elegir localizaciones.
Al final, Goethe! tiene carácter, como su exclamación sugiere, y sin duda es una obra que sabe apelar al público juvenil; a mi no me habrá enamorado, pero ver esta película, ver cómo era el ‹standard› allá por 2010 y hacer la inevitable comparación con hoy, me hace pensar que es una obra más que digna. No todo tiene que fascinarnos, pero prefiero quedarme frío con algo que presenta un guión original, un diseño de producción notable y una dirección efectiva, antes que ciertos refritos que todos nos vamos comiendo año tras año de un tiempo a esta parte. Goethe! no es una gran película, pero está hecha con cabeza y algo de amor. No me parece poco.







