Pendular (Júlia Murat)

Ella moldea el espacio con sus pies que marcan el ritmo, los tiempos y baila por esa nave diáfana en la que convive su danza entre la quietud de las esculturas. Él oprime la madera, el hierro y da forma a bloques que invaden poco a poco el escenario de su pacto. Ambos, mujer y marido, tensan el aire que los separa, forzando los lazos que los unen hasta desgarrarlos. Sin baile, sin arte, sin pena, solo con marcas que dividen sus territorios, en el suelo gris de cemento.

El segundo largometraje dirigido por Júlia Murat es —quizás— una de las mejores películas románticas del siglo veintiuno, por pretenciosa que parezca esta sentencia. Hay razones para confirmarlo, al menos si se analiza como una de las más sinceras en cuanto a relaciones de pareja en este milenio. La directora y coguionista —junto a Matias Mariani— escoge los diálogos cuando no queda más remedio, porque la narración de Pendular se apoya en las acciones, miradas de los personajes y una expresividad corporal que rompe las composiciones equilibradas en planos generales, frente a los encuadres más pegados a zonas del cuerpo, o pequeños detalles que generan una tensión emocional.

La cineasta estructura la película con la separación de cuatro capítulos, introducidos por un cartel inicial que indica la evolución sentimental de los protagonistas, abocados a un relato del desamor que resulta más romántico que una relación sin fisuras. El primero —La llegada— es tal vez la parte que mejor enseña la ilusión de la pareja extrañada por la confusión de los espacios en la nave que habitan, delimitándola por una cinta naranja que divide la zona en la que pueden trabajar cada uno. Ella con su grupo de danza, ensayando las coreografías. Él con sus ayudantes, perfilando los bloques de madera que sirven como material para las esculturas. En medio de los dos aparece un cable que sale de la pared, recorre la estancia y continúa su recorrido hasta la calle, un enigma sin respuesta ni razón eléctrica, telefónica o funcional, que llama la atención de la mujer. Este es el único vestigio del pasado que se permite conocer a ojos de los personajes o de los espectadores en una obra que se cierra sobre sí misma, en tiempo presente, sin recurrir a saltos temporales o justificaciones que permitan más información de la vida del matrimonio.

El siguiente subtítulo —Los ímpetus— difumina la luminosidad del inicio con juegos de sombras que dejan en penumbra las miradas, caricias y ensoñaciones de los cónyuges. Este oscurecimiento gradual se acompaña con nuevas divisiones del espacio común. Pero se manifiesta más por el sentido de observación silencioso, casi taciturno de él, mientras ella ensaya sus pasos de baile o crea movimientos usando las sillas en la habitación. Una manera de observar en silencio que rompe con las miradas correspondidas entre ambos durante un primer tercio jovial.

Acción es el tercer rótulo que desencadena la fractura entre los dos, directos a una conclusión complementada por el cuarto episodio —Contracción— previo a un final marcado por la sorpresa que, por supuesto, queda fuera del campo de esta reseña. El tono alegre ha dado paso entonces al tratamiento introspectivo de dos personajes que se resguardan en sendos caparazones, antes de la despedida.

Júlia Murat consigue una producción de apariencia visual fría por una gama de colores metálicos en las imágenes diurnas, aunque se calienta con las escenas de noche, rodados en interiores matizados por colores y texturas rojizas. Coloca a sus dos personajes en una encrucijada vital y personal sin posibilidad de vuelta, con la madurez suficiente para que no resulten forzadas sus reacciones, alejamientos o ternura. Sabe crear presión con la banda de efectos sonoros, las canciones y la partitura original. Pero sobre todo amplifica el sentido incómodo ante la ruptura que puntean las breves e intensas escenas sexuales entre la pareja, de una sensación epidérmica insólita, capaces de lograr una tensión premonitoria que cierra el círculo.



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