Parking (Tudor Giurgiu)

Adrian es un ciudadano rumano emigrado a España y perdido en Córdoba, a principios de este siglo. Allí sobrevive como vigilante de un parque de automóviles usados. El negocio está regentado por Rafael, un cincuentón en proceso de divorcio, de pérdida de tutela parental y con una vida plena de deudas. Solo le quedan algunas migajas para pagar la calderilla que recibe su fiel empleado. El treinteañero transilvano deambula día y noche entre los coches inmóviles. Mientras, intenta escribir una novela. Hasta que un día Rafael le manda que vaya a entregar un coche en Candás (Asturias). Es la noche de San Juan. Después de la hoguera en la playa hay un concierto en el lugar. Adrian conoce a María, la bajista del grupo pop que toca en la celebración. El flechazo entre los dos es inmediato.

Pasados dos tercios del metraje de Parking, el protagonista charla amistosamente con Mercedes, la novia de su jefe. Ella le entrega un libro enviado en un sobre, desde Rumanía. Es un poemario titulado El vuelo de la mujer sobre el hombre. Una sorpresa porque Adrian no sabía que se lo habían publicado, después de salir de su país dos años atrás. Parece un detalle banal, pero esta es quizá una de las semillas del cuarto largometraje dirigido por Tudor Giurgiu. Basado en la novela Cercanías, un texto casi autobiográfico del escritor Marin Malaicu-Hondrari, los dos firman el guión que adapta en imágenes las líneas del narrador y poeta. La ventaja de la colaboración es la sensación verídica conseguida en algunas secuencias, además de la tridimensionalidad del carácter protagonista, tal vez el más completo y creíble. El inconveniente es la tensión entre lo escrito en la novela, estructurada como monólogos de los personajes principales. En la pantalla son líneas de expresión y pensamiento que se traducen como una narración lineal, un factor que deja la fuerza del relato en el carisma de Adrian. Este es encarnado por el actor Mihai Smarandache, con dominio de las miradas, una seguridad que transmite sin ser agresivo y cierta paz. Su protagonismo destaca, en colaboración con la solvencia de Ariadna Gil en un papel más secundario. Frente a la deriva emocional de Luis Callejo. O la bipolaridad a la que debe recurrir Belén Cuesta para darle más dignidad a su rol. Más de la que le permite el libreto. Los cuatro personajes dialogan, se enfrentan o se sinceran con un tono cotidiano que logra la empatía del espectador en ocasiones.

Más allá de apreciaciones que no puedo concluir, siendo honesto, por no haber leído el libro que lo inspira, Parking es un trabajo que funciona mejor en su tratamiento audiovisual, gracias a un ritmo fluido. Los mejores aciertos son esos interludios oníricos rodados —o reproducidos— en super-8. Unas grabaciones de aspecto casero que funcionan como recuerdos, sueños del protagonista y también como avances en la acción.

Al mismo tiempo destaca el uso del formato panorámico para captar el entorno cerrado de la caravana habitada por Adrian. Un ancho de pantalla que dota de cierta majestuosidad la destartalada venta de coches. Puntos de vista que se asimilan a las escenas nocturnas de la playa. Esa visión regala espacios abiertos en lugares cerrados y alegra un ambiente más propenso a la depresión o ausencia de musas que inspiren al escritor emigrado.

La película consigue ser entretenida, sin alcanzar la pasión que dibujan sus personajes. Podría haber mantenido un poco más ese arranque de comedia suave inicial, romántica también con el bolero Algo contigo, cantado en los créditos iniciales. Por fortuna tampoco necesita la tragedia, eludida con sutileza. Ni engaña con un final feliz que nadie se creería. Queda un buen retrato del emigrante, ya sea forzado o voluntario en este caso. Un viajero proveniente de un país que nos delata como racistas europeos de pro, siendo aquella una nación con más puentes de unión de los que imaginamos, ya sea desde la proveniencia el idioma rumano como una de las lenguas romances provenientes del latín, ya sea por unos rasgos fisonómicos que nos emparentan más que a otros países.