Osânda (Sergiu Nicolaescu)

Sergiu Nicolaescu es sin duda el más grande, carismático y popular director de la historia del cine rumano. Polifacético como pocos, Nicolaescu no solo fue un director virtuoso, sino que igualmente desarrolló una exitosa carrera como actor, guionista, productor e incluso político. Suyos son algunos de los más grandes clásicos del cine rumano de la segunda mitad de siglo, tales como La última cruzada, Entonces los condené a todos a muerte, Cu mîinile curate, Un comisar acuza o la película objeto de esta reseña, la inclasificable Osânda. Resalto el calificativo inclasificable porque para mí ese es el término que mejor define el estilo y la carrera del genio rumano. Lejos de encasillarse en un género o un talante específico y rígido, Nicolaescu abrazó todo tipo de cine y narrativa: desde el histórico de aventuras medievales de su La última cruzada (una especie de El Cid de Anthony Mann que a lo largo de sus tres horas y media de metraje narraba las desventuras de Mihai Viteazul, el héroe que unificó los pequeños reinos rumanos tras duras disputas con los Otomanos y las distintas dinastías europeas), pasando por el noir con claras reminiscencias políticas de Cu mîinile curate Un comisar acuza (increíbles películas de género negro situadas en un período que abarcaba desde la época de entre-guerras hasta la post-guerra en una Rumanía urbana en plena lucha partidaria e ideológica por decidir su alineación futura, que mezclaban con una osadía irreprochable el cine de policías y detectives americanos de los años cuarenta con el exploitation más gamberro y violento de los setenta).

Pero Nicolaescu también dirigió comedias surrealistas y poderosos melodramas, saliendo igualmente airoso del reto. El eclecticismo de Nicolaescu es su mejor carta de presentación, lo cual da pues muestras de la capacidad de adaptación y de aprendizaje constante de un cineasta que no solo marcó una época en el cine de su país, sino que asimismo dejó una herencia impagable de su arte a toda una generación de cineastas europeos que tienen en Nicolaescu a un referente insoslayable al que acudir como emblema de ese cine de género forjado al más puro estilo europeo. Lo que más poderosamente llama mi atención del cine de Nicolaescu es el ejemplar virtuosismo técnico de tintes claramente soviéticos que ostentan sus obras. Nicolaescu no hacía ascos a rodar multitudinarias escenas de exterior plagadas de extras grúa en mano, ni tampoco huía del empleo de un montaje innovador de cortes secos y nerviosos en tiroteos de una violencia explosiva, destrezas que dotaban a sus mejores películas de un vestido visual hipnótico rebosante de talento.

Osânda es la cinta que más me gusta y cautiva de todas las que he tenido oportunidad de ver dentro de la filmografía de Nicolaescu. En el primer párrafo de esta reseña comentaba que Osânda es una extraña rareza libre de corsés y etiquetas, siendo esta característica la que infunde a esta obra una personalidad propia que perdura en la mente del espectador. La cinta comienza como una especie de drama de época sito en las primeras décadas del siglo XX, narrando la historia de un ex-convicto llamado Manlache Preda, un veterano campesino que retorna a su hogar tras haber pasado diez años recluido en un campo de trabajos forzados después de propinar un hachazo en la cabeza al terrateniente que anhelaba su pequeña parcela de terreno, abandonando únicamente su reclusión rumbo al frente tras el estallido de la I Guerra Mundial. Sin embargo, el regreso de Manlache no será tan sencillo como podía imaginar… Su mujer se ha convertido en una desequilibrada que cansada de esperar la vuelta de Manlache ha abandonado el original cariño que sentía hacia su marido, y para más INRI, ha vendido sus tierras al nuevo latifundista del lugar (sobrino a su vez del antiguo terrateniente al que Manlache abrió la cabeza). Sin tierras, trabajo ni esposa, a Manlache no le quedará más remedio que vender sus brazos al nuevo propietario de sus tierras, un amanerado de buen corazón casado con una ambiciosa mujer que detesta la vida rural a la que se ha visto abocada tras su casamiento con su adinerado marido.

Manlache acabará compartiendo su vida con la joven Ruxandra, hija de un antiguo compañero de prisión que a pesar de poseer una belleza seductora y limpia y del acecho de un oficial de policía que acosa con su presencia la soltería de Ruxandra, elegirá al veterano Manlache como marido para compartir su pequeño huerto, ofreciendo al mismo su más pura posesión: el fin de su virginidad. Sin embargo, cuando la dicha parecía florecer en la vida de Manlache, el asesinato del afrancesado propietario a manos de dos famélicos campesinos dentro del frondoso bosque que rodeaba su hacienda ( homicidio ideado por su esposa) en presencia del inocente Manlache (el cual en su intento de dar caza a los asesinos tocará el hacha inductora del asesinato dejando palpada en la misma sus huellas), inducirá a la policía a creer que el ex-convicto ha sido el ejecutor del asesinato como acto de venganza por los sucesos del pasado, comenzando a partir de entonces un juego del gato y el ratón en el que Manlache deberá huir del ejercicio de caza al hombre iniciado por los violentos funcionarios de policía.

No hace falta reseñar que la sinopsis descrita en los párrafos precedentes desprende una atmósfera con sabor a western clásico que rebosa cada minuto del metraje. Ese es sin duda el género que mejor se adapta a Osânda. Por consiguiente nos hallamos ante un Eastern en toda regla, con todos los ingredientes del género: rodaje en espacios naturales propicios para fotografiar maravillosos parajes campestres así como montañas colmadas de nieve que sirven de camino de huida a la presa de los salvajes sheriffs al más puro estilo de los spaguetti-western de Sergio Corbucci. También de la trama brota ese halo trágico que persigue a ese pistolero que trata de abandonar en vano su pasado, el cual le acosa sin fin importunando sus intentos de redención en busca de un futuro exento de violencia y odios. Igualmente Nicolaescu retrata a la perfección los mandamientos sociológicos del gran western fundados básicamente en la lucha surgida entre los grandes propietarios de tierras con los pequeños campesinos poseedores de pequeñas parcelas que molestan las ansias voraces en el caso que nos ocupa de la femme fatale de la historia.

Nicolaescu se encarga de irradiar el espíritu del western en su película gracias a la implantación de un ritmo narrativo muy dinámico en el que no hay cabida para el silencio ni para el tedio. La película avanza continuamente hacia adelante de modo que las diferentes secuencias que tienen lugar en el discurrir de la historia aportan información y sentido aventurero a la epopeya filmada. A pesar de presentar el revestimiento de un drama de época, la cinta ostenta varias secuencias de acción excelentemente filmadas, siendo especialmente atrayente el tramo del film en el que el inocente Manlache, perseguido por su mala suerte, huye a través de una ciénaga de sus perseguidores con la ayuda de un viejo vigilante del ferrocarril (otro personaje que emana western en su personalidad, que recuerda a ese acompañante de John Wayne o James Stewart que interpretó en infinidad de filmes el magnífico secundario Walter Brennan). Tanto el inicio de esta secuencia como su culminación tras el arribo de Manlache a una choza ubicada en la cumbre de una nevada montaña huele al mejor western ecológico y paisajista de Anthony Mann con evocadoras gotas de Delmer Daves. 

Y como todo buen western en la cinta de Nicolaescu existe igualmente espacio para la tragedia más profunda. Y es que la última media hora del film emite y dibuja el cosmos de un Via Crucis. Sin duda el personaje de Manlache tiene unas claras connotaciones mesiánicas abrazando los paradigmas bíblicos de una especie de Jesucristo que sufre en sus propias carnes los pecados de un mundo deshumanizado en el que no hay cabida para la solidaridad cristiana. [Spoiler] A esto se añade el hecho de la unión de este Mesías con una especie de Virgen María (perfectamente perfilada tanto visual como conceptualmente por la maravillosa actriz que interpreta a Ruxandra) que morirá dando a luz a un hijo nacido muerto por los sufrimientos y mentiras vertidas hacia su marido por los Fariseos que habitan las tierras en las que viven los protagonistas. Fantásticos y cargados de simbolismo religioso son los planos finales del film, en los que observaremos a la moribunda Ruxandra perfectamente iluminada por las cristaleras de una vieja iglesia yaciendo en el altar de la misma, único momento de paz que conocerá el personaje a lo largo de la trama. Pero sin duda el plano que denota el tono trágico-religioso del film es el Vía Crucis que experimentará Manlache llevando sobre sus cansados hombros la cruz que adornará la tumba de su amada atravesando para ello un empinado promontorio, así como la escena final de la cinta, en la que Manlache acabará sus días crucificado por la policía delante de la tumba de su esposa maldiciendo la inmundicia y perversión que impera en nuestro mundo. [/spoiler]

Fantástica es esta asimilación mesiánica de Manlache, un resignado y pacífico personaje que sufrirá un castigo inhumano en su mente y cuerpo infringido por los pecados emanados de los violentos e hipócritas pensamientos difundidos por la gran masa de la sociedad, una colectividad avariciosa y envidiosa que no comprenderá los intentos de redención de un Manlache que únicamente buscaba un lugar tranquilo y benévolo en el que pasar sus últimos días de existencia.

Nicolaescu, que se reserva un pequeño papel secundario como el procurador que persigue al desdichado Manlache (actor éste que por otro lado es un habitual del cine de Nicolaescu, siendo inolvidable su presencia protagonista en La última cruzada), hace gala de un sentido de la épica de talante muy clásico dando lugar a una cinta espectacular desde el punto de vista visual y narrativo, mezclando con desparpajo el melodrama de época con el cine de aventuras y de acción. Y es que Osânda a parte de ser una cinta muy entretenida e impecablemente trazada, es una de las piezas más extrañas e influyentes del Eastern europeo, de la cual se desprende una dura crítica en contra de la estupidez de un ser humano cuyas debilidades innatas acabarán provocando desastres y crueles padecimientos a aquellas personas que tienen en la bondad y la dignidad sus señas de identidad. Otra obra maestra de ese cine europeo de los setenta que desde Cine Maldito nos encanta reivindicar.

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