Okja (Bong Joon-ho)

Que el personaje de Tilda Swinton en Okja (Bong Joon-ho) parezca directamente extraído del anterior film del director surcoreano (Snowpiercer, 2014) no es un elemento arbitrario. La diferencia es que en esta ocasión la CEO de la corporación Mirando es una versión luminosa en apariencia de aquella sombría Ministra Mason que explicaba las normas y el lugar de cada uno en aquel tren postapocalíptico que recorría un mundo helado. La sátira creada en aquella a través de ciertos personajes y situaciones se extiende ahora a gran parte del nuevo film, con un tono cómico mucho más marcado durante su metraje. El discurso, una prolongación del mismo. En Okja el descubrimiento de una nueva especie de cerdo que genera menos impacto en el medio ambiente, produce más carne y necesita menos comida, se transforma en una competición mundial que sirve de lanzamiento a lo que puede ser una solución para el hambre en el mundo. Todo gracias a una multinacional que aunque en el pasado cometió errores, ahora promete seguir unos valores éticos que la desmarquen del resto. Todo gracias a un cambio en el equipo directivo.

El capitalismo puede ser bueno y justo. Ese es el mensaje que lanzan las empresas de los sectores industriales más corruptos, contaminantes y nocivos para la humanidad. La creación de un nuevo producto requiere la generación de una nueva necesidad en los consumidores. Hacer que lo deseen, crear un evento del que todo el mundo quiera formar parte. Estas directrices lo mismo sirven para vender un teléfono móvil, una dieta de adelgazamiento, equipamiento deportivo o un nuevo tipo de carne que promete ser barata, deliciosa ¡y ecológica! El relato de Okja comienza en una remota granja coreana donde Mija y su abuelo cuidan al supercerdo que da nombre a la película. Desde un mundo alejado —aunque no ajeno— del ajetreo urbanita, las innovaciones y el funcionamiento del mundo moderno, Joon-ho aproxima la historia secuencia a secuencia al lado oscuro, al motor-cloaca de la sociedad consumista actual. Y lo hace utilizando la cosificación mercantilista de animales como ejemplo extremo de esa explotación sin escrúpulos de los recursos de la Tierra en la que se basa el sistema económico en el que vivimos.

La joven Seo-hyun Ahn sirve de contrapeso a la influencia —que se percibe en todo momento— del personaje de Swinton. Ella es la única capaz de enfrentarse al orden de las cosas sin importar cuan fútil pueda ser a priori en una aventura que asume dimensiones épicas. Su lealtad y su amor —sus principios y motivaciones a los que no quiere renunciar— desafían cualquier campaña de marketing y comunicación y permite al director crear emocionantes y divertidas escenas con persecuciones o fugas y presentar a un grupo de ecoterroristas cuyo credo desafía el sentido común. Todo porque una niña no quiere perder a un animal que considera miembro de su familia. Que todo este espectáculo mantenga un poderoso y consistente centro emocional a partir de la relación de una niña y un cerdo gigante, que tantos gags emerjan de una sátira que pasa de lo sutil a lo más vulgar de un momento a otro y además conserve la capacidad para aterrorizar a los espectadores revelando la verdad detrás de la cara amable del neoliberalismo es un equilibrio imposible que Okja consigue alcanzar desde el exceso, pero también desde una sensibilidad extrema.

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