Monument (Jagoda Szelc)

En su primer largometraje Tower. A Bright Day (2017), la directora Jagoda Szelc ya proponía al espectador un verdadero salto al vacío. Su uso del punto de vista, el manejo de la elipsis y del fuera de campo le servían para proponer un puzzle narrativo cuyo misterio en sí mismo era a la vez una solución. Múltiples interpretaciones podían servir para explicar su abundante simbolismo, las metáforas visuales construidas sólidamente sobre una cuidadosa composición y montaje o su aprovechamiento de la fotografía al servicio de una mirada hiperestilizada y siempre fascinante. Ahora en Monument parece que todo lo que permitía a su anterior película salir airosa de los riesgos tomados en ella se ha desvanecido. Tenemos de premisa de partida a un grupo de estudiantes viajando en minibus a un hotel donde llevarán a cabo, se supone, un período de prácticas aprendiendo todos los oficios relacionados con el lugar y sus actividades. Pronto comienzan a detectarse los pequeños detalles que dan paso a la desconfianza frente a su supervisora, la presencia de clientes, las tareas y hasta los distintos lugares de la estructura del edificio y sus alrededores. Esta perturbadora sensación se irá intensificando progresivamente según avanza su metraje hasta llegar a un delirio paranoico y opresivo donde se proyecta la alienación y la descomposición de los vínculos y hasta de la propia identidad de los jóvenes.

Si en su ópera prima el desarrollo discursivo estaba enlazado con una aproximación a la imagen repleta de ambigüedad, pero también de ideas en constante transformación, Monument desvela demasiado pronto lo que esconden detrás las suyas. Su representación se realiza a través de metáforas y símbolos extremadamente obvios. Tanto, que llegan a resultar grotescos en su reiteración. Tenemos una estructura social delimitada por la frontera y los espacios del hotel, en los que una figura autoritaria es la máxima expresión del orden. Un orden impuesto sobre todos los demás a través de la arbitrariedad de sus decisiones, sus constantes contradicciones y el miedo que sirven para mantener la organización funcionando. La parábola que emerge sobre los regímenes totalitarios o el funcionamiento de la violencia estructural nos llevan a evocar directamente el pasado reciente de Polonia y su antiguo régimen comunista desde el propio contexto de la producción y su directora. Muchas situaciones o las conexiones entre los personajes y las historias que relatan —lo que ocurre en los pasillos y las estancias destinadas al servicio que contienen la mayor parte de la acción— puede que no tengan ni necesiten una explicación o sentido aparente. Eso no evita que el discurso que pretende elaborar resulte tan reduccionista que pasados los primeros minutos del film se perciba redundante.

Dado este distanciamiento que provoca con lo que ocurre y las imágenes que utiliza para narrarlo, lo único que podría salvar su desarrollo es cómo maneja su aspecto psicológico. Eso que en Tower. A Bright Day se manifestaba brillantemente y aquí se deja arrastrar por los mecanismos más obvios de su concepción estética —que alcanza puntos de parodia involuntaria de los recursos más típicos del cine de autor festivalero europeo—, por muy cuidadosa o efectiva que resulte para provocar determinadas reacciones en el espectador. El colmo ya son dos decisiones que confirman la desorientación de la cineasta respecto a qué hacía tan especial a su anterior obra. Por un lado, la inclusión de una escena al estilo de arte performativo interpretado por su reparto sin ninguna integración en su dispositivo formal, a modo de una supuesta resolución teatral catártica que juega peligrosamente a enunciarse como ficción para reafirmar su autenticidad. Por otro, la necesidad inexcusable que muestra de detallar el origen de los sucesos, los personajes, actitudes… con una explicación innecesaria, torpe y ajena a toda la concepción interna de la obra. Una explicación cuya imposibilidad de incluirse dentro de la propia narración deja todavía más en evidencia la incapacidad de la directora de replicar la pureza conceptual alcanzada anteriormente con una idea general mucho más intuitiva de lo que estaba haciendo. Esa cualidad de experiencia sensual de sus imágenes de la que carece Monument es lo que la diferencia de aquella de manera radical, la que separa una propuesta audaz de otra que colapsa por el camino al contaminarse de una racionalidad absolutamente superflua.