Men Don’t Cry (Alen Drljevic)

La primera crónica del Festival de Sarajevo no podía ser otra que la bosnia Men Don’t Cry, que ha acaparado el aplauso general durante su proyección en el Teatro Nacional. La cinta de Alen Drljevic venía abalada tras su paso por el Festival de Karlovy Vary, donde se alzó con el premio especial del jurado.

Men Don’t Cry nos sitúa en un hotel en medio de las montañas, en algún lugar recóndito de Serbia, donde diferentes veteranos de guerra de todas las partes implicadas en las pasadas guerras que asolaron la antigua Yugoslavia (serbios, bosnios y croatas), se reúnen por medio de una organización para encontrar algo parecido a una reconciliación, o al menos, para superar los diferentes traumas que achacan a cada uno de estos hombres.

No hace falta hablar mucho más de la sinopsis de la historia. Sin duda es una descripción potente, que llama la atención, aunque siempre está el miedo a encontrarse ante una cinta donde su interesante premisa se estanca o agota en los primeros minutos. No es el caso de la obra en cuestión por varias decisiones que toma su realizador.

La primera de ellas es el tratamiento casi documental de las sesiones a las que se enfrentan los personajes, donde tienen que revivir las experiencias de la guerra que los han marcado de manera irremediable, ayudado por los demás personajes en una teatralización del momento en un intento de expiar sus miedos. Sin duda, estos momentos entre hombres que de inicio se odian con toda la fuerza posible aún de 20 años después, adquieren una enorme carga dramática.

Lo interesante de este grupo de hombres aparentemente rudos, es que los une varios hilos dramáticos y narrativos. Sí, todos ellos fueron soldados en la guerra, todos arrastran un trauma y además, todos han acabado solos, especialmente en lo referente a las mujeres de sus vidas, sean sus madres, hijas o hermanas. Porque la película también analiza una cierta masculinidad herida, un retrato de lo que sucede cuando los guerreros vuelven a sus casas, y lo que encuentran es un mundo que ya no comprenden y se mueven de manera tosca, emanando violencia o locura. Una masculinidad arcaica y que naufraga en el mundo moderno de hoy en día.

La obra, además, hace un retrato brutal de los personajes y sus traumas, al punto que prácticamente actúan por los sucesos del pasado. Después de 20 años, sus vidas diarias se rigen por lo que sucedió dos décadas atrás. Están atrapados. No son el presente de sus países, ni pueden ser el futuro. Son un pasado que deambula como una sombra por una sociedad que intenta avanzar a duras penas. En este punto la cinta se muestra coherente hasta el último momento y hasta cruel. Basta recordar la escena, por lo demás demasiado fácil, en la que los personajes se encuentran con un grupo de chavales de un conocido equipo de fútbol donde militan jugadores de diferentes religiones. Los miran recordando lo que una vez fueron, y lo que nunca volverán a tener.

La película de Alen Drljevic no intenta responder quién empezó la guerra, ni tampoco cómo pudo suceder. Curiosamente, esto no crea una equidistancia moralmente deleznable. Simplemente no es la pregunta a responder. Tampoco intenta recrearse en el dolor, ni utiliza casi ninguna clase de herramientas cinematográficas para potenciar el drama. Solo necesita un hotel entre las montañas, un desecho de hombres con el alma rota y la interacción entre ellos para calarnos hondo, a parte de los terroríficos momentos donde deben recrear sus traumas, filmado a la manera casi documental, frío, seco.

Pero más allá de estos momentos dramáticos de la recreación de los sucesos de la guerra, la película se sustenta en sus personajes y en la interacción que se produce entre ellos. Tras un inicio gélido, por no decir complicado, descubrimos que los tres grupos muestran fisuras entre ellos mismos. Si al principio vemos, por ejemplo, a los bosníacos unidos, pronto se muestra una brecha entre ellos producido por la religión o la manera de entender la contienda. Esto sucede de igual forma en los diferentes «equipos». Lo que comienza siendo una presentación de personajes mostrados con simples pinceladas, va entrando en una compleja zona gris, entre otras cosas, por la obligación que rige —y que realmente existe— a este tipo de encuentros donde los veteranos de guerra deben compartir habitación con el «enemigo».

Pronto surge entre algunos de ellos una cierta comprensión, motivados al descubrir los solos que se han quedado en este mundo y al ir descubriendo y sintiendo como propios los traumas de los demás. El alcohol y los cigarros hasta altas horas de la noche parece entonces hacer más efecto que las sesiones, las caminatas al aire libre o los juegos a los que deben hacer frente y que comanda un psicólogo esloveno.

Tal vez uno de los grandes aciertos de Alen Drljevic reside en plasmar este acercamiento y distanciamiento de los personajes de manera sutil pero creíble. Nada resulta forzado. Todo fluye, natural. Y esto es gracias a la construcción de unos personajes que siempre tienen un porqué en cada una de sus acciones. Siempre.

Men Don’t Cry es una de las obras más estimulantes de la temporada, con un trabajo actoral impresionante, donde podemos encontrar a algunos de los mejores actores de la región balcánica. Y aunque sean nueve hombres, la película se detiene en cinco de ellos. Habría que recordar que algunos de ellos participaron en la guerra. Que fueron enviados al frente. Incluso en el caso del actor croata Leon Lucev, su historia, la primera que se cuenta, está basada en una experiencia personal parecida.

Tal vez estemos, por fin, ante un tipo de drama bosnio que ha dominado la escena cinematográfica de la última década, donde se han superado ciertos mecanismos y miradas que se repetían. Men Don’t Cry no es un punto y final al trauma, pero la extraña sensación que se saca de su visionado es que ahora toca mirar hacia adelante, donde una nueva generación debe enfrentarse a una terrible situación económica y política producto de la guerra —y de una paz necesaria pero cuyos mecanismos, en los acuerdos de Dayton, mantienen prácticamente al país al borde del abismo—. En resumen, una cinta que sigue ahondando en la idea de una cierta reunificación, si no territorial, al menos moral.

Producida, entre otros, por la cineasta Jasmila Zbanic, Men Don’t Cry es un artefacto construido y trabajado desde las experiencias de sus actores, que se fusionan en un juego de espejos con sus personajes, reproduciendo en muchas ocasiones la actividad que realmente se lleva a cabo entre los reencuentros de veteranos, donde sobresale en medio del drama y la tensión un maravilloso humor negro que salpica el relato allí y allá.

Por último y para no extenderme, estamos ante una obra local que se entiende de manera universal, algo por otro lado a lo que nos tiene acostumbrados el cine bosnio. Una historia que puede entenderse y emocionarsenos viviendo en Munich, Buenos Aires o Casablanca, por mucho que funcione como expiación de los traumas y miedos que aún se sienten en Bosnia y tenga, sin duda, un significado propio en Sarajevo.

No es necesaria. No debe ponerse en las escuelas.

Llevo un tiempo con la mosca detrás de la oreja al comprobar que en Europa se suele mirar casi de manera paternalista al cine bosnio y que en ocasiones parece que si una película, sea buena o mala, hable de la Guerra de los Balcanes ya tiene el aplauso asegurado.

Simplemente es una muy buena película que animo a verla.

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