Lo mejor de 2015 por… Rubén Redondo

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Un nuevo año termina y como es costumbre toca echar la vista atrás y reflexionar sobre cuales han sido las mejores películas estrenadas en España, desde una perspectiva estrictamente subjetiva y personal, en este ejercicio que ha expirado. Una costumbre que puede parecer rutinaria y vacía (dada la cantidad de listas, tops, compendios o como coño queráis llamarlos) que se publican en estas fechas en prácticamente la totalidad de revistas y webs especializadas en el séptimo arte, pero que igualmente consiste en una actividad inherente al ser humano. Porque nos resistamos más o menos, nos gusta etiquetar y ordenar cualquier actividad vital que desempeñamos. Desenterramos nuestros recuerdos en esas fotos que almacenamos en gélidos discos duros para darnos cuenta que el tiempo pasado solo tendrá un pequeño hueco en nuestra memoria, ya que con el paso de los años los buenos viejos tiempos no retornarán a nuestra rutina cotidiana nunca más. Conservamos nuestros apuntes universitarios para evocar que un día fuimos jóvenes y tuvimos que memorizar todos esos datos que han caído con el transcurso de la vida en un saco roto. Apuntamos en la lista de la compra los refrigerios y mercancías que debemos adquirir para que no se nos olvide incluirlas en nuestro carro. Y como no podía ser de otro modo, acopiamos en páginas web cinéfilas las películas que hemos visto a lo largo de nuestra vida, con el añadido de puntuar y valorar las mismas con un insípido número que parece señalar la calidad con la que hemos conceptuado una cinta en particular.

Y es que para un servidor el cine es algo más que un conjunto de datos amontonados en un congelador cibernético. Este horripilante 2015 para el que escribe —desde una derivada íntima y personal— da fe de ello. Quizás 2015 haya sido el año en el que he devorado una mayor cantidad de cine —un número que excede de los límites normales que debe visualizar cualquier amante de este noble arte—. ¿Cuál ha sido el motivo? No me cabe duda que ello obedece a que este ha sido uno de los peores años de mi vida por un motivo familiar que no viene al caso mencionar en estas líneas. Y el cine siempre estuvo a mi lado. Para hacer olvidar las penas, los vacíos, las largas horas de espera en fríos hospitales con olor a desinfectante donde esa incertidumbre hace mella no solo en un sentido físico, la soledad siempre presente en los instantes más amargos y porque no decirlo la ausencia de esa pareja en la que apoyarse en los momentos en que las lágrimas afloran sin que exista pañuelo al lado al que echar mano. Porque el cine, al igual que mi trabajo y mis compañeros, conocidos, desconocidos (esos invisibles amigos cibernéticos como los redactores de esta web maldita a los que extrañamente también quiero) y amigos que han estado a mi lado y a los que estaré infinitamente agradecido, se ha elevado como un oasis al que acudir para visualizar ese reflejo de la realidad que tanto amaba François Truffaut. Un oasis que espero se atenúe en este 2016. Ello será un indicador que el problema familiar se ha resuelto en un sentido favorable y que por tanto todo ha vuelto a esa normalidad y tranquilidad que ha acompañado mi existencia desde que tengo conocimiento de mi estancia en este extraño y cada vez más imprevisto mundo.

Un mundo complejo, deshumanizado, pleno de fanatismos y totalitarismos, inculto, frívolo y superficial y por ende herido mortalmente por conflictos étnicos, guerras, chabacanería, ordinarieces y odios que hacen prever un futuro más que incierto para el ser humano. Un panorama asfixiante y desolador para el que el cine es un buen antídoto. Sin embargo, este año he tenido la amarga sensación de estar viviendo el inicio de la decadencia del cine como fórmula que combina el necesario valor humano y filosófico con el rigurosamente comercial. Cada vez el cine está más desamparado como instrumento de ocio y también como aparejo cultural. Las diferentes alternativas contemporáneas, tanto didácticas como de asueto, de esta sociedad globalizada han arrinconado al cine a un tercer y cuarto plano en las preferencias de esas nuevas generaciones que deben ser las que empujen y sostengan la supervivencia del séptimo arte. Las salas comerciales adquieren la figura de un refugio al que los viajeros han decidido dar de lado para acudir a otros círculos más modernos y por tanto menos decrépitos. Sostener económicamente un espacio dedicado al cine se ha convertido en una quimera ligada con unos pocos locos románticos que ansían mantener con vida a un cadáver para el que las terapias de electro shock ya apenas dan frutos tangibles.

Porque este 2015 ha sido para un servidor un año malo para el cine. No en el sentido de que la gran mayoría de las producciones que han arribado a nuestras salas se hayan caracterizado por su mediocridad (que también), sino más en la línea de la ausencia de esas obras maestras e incontestables que perduran en la mente del espectador por toda la eternidad. Así, mientras que en el primer trimestre fueron las películas que competían por los Oscar, junto con algún estreno atrasado fechado en 2014 e incluso en 2013, las que alimentaron nuestro hambre de cine, a medida que transcurrían las siguientes mensualidades tuve la sensación que algo fallaba en la distribución en España. En este sentido, las películas estrenadas denotaban una medianía ciertamente desconcertante. Únicamente los compañeros que asistían a festivales y ciclos especializados manifestaban la existencia de obras que realmente merecían la pena. Unas obras que por desgracia creo que no veremos estrenar comercialmente en nuestro país, dada la desidia existente en esas distribuidoras que constituyen la última esperanza para la supervivencia del séptimo arte. Puesto que nos guste más o menos, en una sociedad capitalista y movida por el dinero y la maximización de beneficios como es la nuestra, sin la exigida rentabilidad toda actividad está abocada a su desaparición.

Una segunda madre-seis

No soy un profesional del medio. Mis obligaciones laborales (a las que no pienso renunciar por todo el cine del mundo) me impiden asistir a festivales, viajar a Cannes o codearme con los periodistas y redactores de webs cinéfilas en espacios consagrados al cine. Solo soy un intruso que espera no molestar con sus nada profesionales escritos sobre cine publicados en esta web contracorriente. Por tanto no he podido saborear esas grandes obras que parece se han fechado en este año estrenadas en estos ambientes bohemios. Y por tanto soy de esa amplia mayoría a la que las distribuidoras y empresas cinematográficas deben atraer con sus apuestas de conquista. Y como comentaba anteriormente, esas apuestas han sido infructuosas. Porque hemos tenido que esperar a estos tres últimos meses del año para poder contemplar películas notables. Unas películas que a pesar de sus bondades y puntos fuertes, para mi gusto han carecido de esa magia simbólica que permite traspasar las puertas de la inmortalidad. Y es que para mí esa ha sido la peor señal que ha alumbrado en el 2015; la existencia de muchas películas notables que tapan lo realmente importante. La carencia de magia y de productos sobresalientes. El cine ya no se eleva como ese firmamento plagado de autores de renombre a los que seguir. Al contrario. Los autores están condenados al ostracismo y a una corta carrera. Solo nos queda esa generación parida en los años setenta que a duras penas y con esfuerzo continúa deleitándonos con su encanto. En el panorama cinematográfico contemporáneo escasean los nombres que pueden ser encuadrados con el término autor, y los que han conseguido el diploma están condenados a una filmografía enumerada con una fecha de caducidad. Ese es el gran cáncer del cine en nuestros días. La reducción del mismo a productos insípidos, sin clase y mil veces vistos. La expulsión de lo divergente y lo arriesgado.

Y han sido precisamente los viejos rockeros los que han osado combatir el establishment. Así, nombres como Steven Spielberg con su admirable El puente de los espías o sobre todo George Miller con esa vuelta de tuerca al cine de acción más radical emprendida por un septuagenario con alma de adolescente en la magistral Mad Max: Fury Road se alzan para mí como los dos triunfadores de este año que se despide de las salas españolas. Del resto cabe destacar bastantes películas plagadas de diversas bondades y por tanto relevantes y una pequeña luz al final del túnel que espero se produzca en el 2016 para hacerme tragar las palabras que he vertido en este artículo: la llegada a las salas españolas de esas obras destacadas que se han podido proyectar en festivales de cine y que podrían dar un giro de 180 grados alrededor de mi percepción personal sobre el año 2015. Una valoración que está vinculada a la de esos espectadores que nos tenemos que conformar con los productos que aterrizan comercialmente en los cines de nuestro país.

Sin más rollos y delirios de un cansado amante del cine, paso a exponeros las que para mí han sido las diez películas que cabe reivindicar de este extraño curso. Quizás no sean las mejores, pero sí han sido las que se han adueñado de mi corazón por uno u otro motivo. Causa de enamoramiento fundamentalmente adscrita al momento personal relacionado con mi encuentro con estas diez obras que espero os puedan resultar de interés. Allá vamos.

10 — Cuestión de actitud (Xenia) (Panos H. Koutras)

Solía decir aquél que el cine es un estado de ánimo. Y esta afirmación es la que me ha llevado a abrir mi top personal con esta conmovedora y vitalista cinta dirigida por el griego Panos H. Koutras (calificado para mi sorpresa por algún que otro periodista como el Almodóvar griego). Xenia es una película imperfecta. Sí. Puede pecar de excesivo metraje, de torcer las derivadas de su guión hacia parajes fáciles y complacientes con su público objetivo o de frivolizar un tema tan complejo y de rabiosa actualidad como el de los refugiados y apátridas. Esa generación nacida en un país que no acepta las diferencias culturales ni étnicas. Pero que más da.

Porque Xenia es ante todo una película alegre, petarda, divertida y festiva. Una cinta que ostenta unos números musicales que aúnan la nostalgia de la música disco italiana de los setenta con un desenfado ciertamente inspirador. Y es que no puedo olvidar esa escena en la que los hermanos protagonistas dejan atrás sus quebrantos y penas mientras bailan alegremente y sin freno el Rumore de Raffaella Carrá. Secuencia musical que te reconcilia con la vida enalteciendo tus ganas de vivir haciendo brotar un buen rollo innato que se halla entre lo mejor que he visto sin duda en este año. Estas son las enormes bondades que posee una cinta como Xenia: lanzar un guiño para recordarnos que al mal tiempo hay que poner buena cara y que por muy difíciles que sean los obstáculos a los que debemos enfrentarnos en nuestro día a día, los mismos pueden ser solventados si son afrontados con pasión y con una mirada positiva y optimista.

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9 — Phoenix (Christian Petzold)

El cine alemán sigue demostrando su espléndido estado de forma, en esta ocasión con una obra profundamente enigmática e hipnótica como esta Phoenix. Nos hallamos ante una cinta que vierte todo su poder a través de la fantasía. Un enfoque fantástico que irradia desde la propia concepción del film como una especie de cuento paranormal donde los artificios de un guión contrario a la realidad son plenamente conscientes. Ambientada en el fantasmagórico Berlin de posguerra, gracias a un diseño de producción muy barroco que adquiere connotaciones visuales vinculadas al cine de terror como una especie de metáfora de la destrucción moral que tuvo lugar en esa terrible época, la película narra las peripecias de una sobreviviente del campo de exterminio de Auschwitz en su afán por reconstruir los escombros en los que se ha convertido su vida. Una protagonista que experimentará una restauración completa, tanto de su tez como de su temperamento, quien luchará contra los elementos para indagar el paradero de su marido con objeto de poder recuperar esa normalidad arrebatada por la guerra.

Pero este tiempo de paz sera radiografiado por Petzold como un paraje igualmente inhóspito e inhumano. La cinta expone con precisión la total carencia de amor existente en una sociedad corrompida por el dinero y las ansias irracionales de éxito. Así, la línea romántica inicial torcerá naturalmente hacia un territorio de reminiscencias góticas escrito bajo la forma de una fábula moral bellamente representada a través de una historia que recuerda a una mezcla de Rebeca con Vértigo de Alfred Hitchcock, donde las heridas de guerra aún supuran pus de dolor en un ambiente gris y vacío como fue el Berlín de posguerra.

Petzold eleva el tono de su criatura merced a una puesta en escena muy elegante e iconoclasta, dando lo mejor de sí haciendo gala de un gusto muy refinado por el encuadre reflejado sobre todo en unas inolvidables escenas de cabaret que evocan al mejor Rainer Werner Fassbinder. Porque Phoenix es una de esas cintas que deben disfrutarse sin ningún tipo de prejuicio y lógica, requiriendo para ello un espectador que se deje llevar por ese influjo innato que supo extraer en todo su jugo un cineasta que apunta muy alto como es el alemán Christian Petzold.

8 — Rams (El valle de los carneros) (Grímur Hákonarson)

Este ha sido un gran año para el cine islandés. Por fin parece destaparse una geografía que cuenta con alguno de los nombres más interesantes del cine contemporáneo. Y por suerte, se estrenó en salas comerciales españolas una de esas cintas que han conquistado el corazón de los espectadores de los diferentes festivales a los que acudió. En este sentido Rams es una película que difícilmente puede defraudar. Y ello obedece a su estilo preciso y preciosista, que explota la potencia visualmente enriquecedora que emana de una fotografía que absorbe la belleza natural de los parajes salvajes de uno de esos países que es un paraíso natural de primer orden.

Pero no quiero que quede la sensación de que Rams es una cinta que merece la pena solo desde una derivada visual. Y es que en mi opinión lo que eleva a los altares cinéfilos esta rareza nórdica es su minimalismo. Porque esta es una cinta que hace de la sencillez su apuesta existencial. La fuerza de la cinta reside en la explotación del silencio y la reflexión como doctrina de vida. Así, partiendo de una historia de enemistad entre dos viejos hermanos irreconciliables, Hákonarson logra el milagro de irradiar una bella metáfora alrededor de la soledad, la familia, la pérdida de valores tradicionales en una sociedad donde el progreso lo ha devorado todo fulminando viejas formas de vida quizás más felices que las ligadas al mismo… y del vacío. Un vacío diseminado por los montes helados de Islandia. Un vacío exhibido por esas casas habitadas por esos últimos vestigios de una civilización a punto de extinguirse. Un vacío que encuentra una pequeña llama de esperanza en ese caluroso y redentor abrazo que da fin a la cinta, pero que también anuncia la desaparición de una especie: la de los carneros que habitan el valle que titula el film, pero también (evocando al título de una obra fundamental del cine islandés) la de los últimos hijos de la naturaleza.

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7 — El club (Pablo Larraín)

Pablo Larraín es uno de esos nombres que luchan por hacerse un hueco en el cada vez más complejo universo del cine de autor. Su cine lleva impregnado el sello de un cineasta divergente que estampa su semilla personal en todas y cada una de sus obras con una clara tendencia a reflejar las heridas emanadas de la memoria histórica del Chile de la segunda mitad del siglo XX. Bajo este paraguas, El club conserva esa simiente diferencial pero con un tono mucho más áspero que el vertido por el chileno en sus obras pretéritas.

Y es que partiendo de una especie de sainete teatral con ciertas vertientes de novela de suspense al más puro estilo de Agatha Christie, Larraín hilvanó una obra oscura y misteriosa que sirve a su vez para denunciar los abusos pasados y presentes de una iglesia católica iberoamericana decadente e infectada de corrupción moral. Porque El club destaca sobre todo por su arriesgada propuesta, mezcla de sátira y cruda realidad de una complejidad mucho mayor de lo que su superficie aparenta, dotada de una innata capacidad para generar sensaciones malsanas en virtud de una puesta en escena que apuesta por la claustrofobia y la violencia latente en su afán por concienciar al espectador de los trastornos y mezquindades que condujeron a Chile hacia su época de mayor oscuridad y esclavitud.

6 — Una segunda madre (Anna Muylaert)

Una segunda madre es una de esas películas que de vez en cuando aparecen para sorprenderte cuando ya no lo esperas. Es cierto que seguramente no sea la más rompedora, ni tampoco la más arriesgada de las producciones que hemos podido contemplar este año. Pero ese es el punto que más me fascina de esta estupenda película brasileña. Su capacidad para conmover y emocionar desde una perspectiva íntimamente clásica y por tanto humana. Y es que Una segunda madre me ha recordado a esas fantásticas comedias sociales paridas por el cine italiano en los años cincuenta y sesenta, donde el poder de las mismas radicaba en esa capacidad para conectar con las preocupaciones del espectador de la época desde un enfoque crítico y reparador, siempre ostentando un buen rollo y energía positiva que consiguen sacarte una sonrisa de situaciones ciertamente deprimentes y denunciables.

Porque igualmente tengo que destacar la interpretación de Regina Casé, quien se destapa como una Anna Magnani del siglo XXI merced a una actuación desbordante y sensible que irradia ese magnetismo inherente a un personaje que en otras manos podría haber caído en el esperpento más condenable. Pero no. El talento de Casé logra que el espectador se conmueva y estremezca con los diferentes episodios protagonizados por una de esas heroínas silenciosas que merecen sin duda ese sentido homenaje que Anna Muylaert despliega en esta más que recomendable tragicomedia iberoamericana.

5 — El cartero de las noches blancas (Andrei Konchalovsky)

Ya había comentado que este ha sido el año de los viejos rockeros. Y por ende no podía dejar pasar la oportunidad para reivindicar a uno de esos maestros que siguen hechizando con su veteranía a las nuevas y viejas generaciones de cinéfilos. Sin duda, la trayectoria de Andrei Konchalovsky resulta más que compleja y curvada. Cansado de que se le recuerde sus pecados comerciales nacidos durante su etapa estadounidense, el bueno de Andrei lleva unos años exiliado de sí mismo y del cine popular convertido en un paria cuyos brochazos de puro arte solo pueden ser degustados desde una total adscripción a su genio innato.

En esta línea la última genialidad de Konchalovsky merece ser etiquetada como uno de las últimas obras que aspiran ese cine pretérito surgido desde las filas de la nueva ola del cine soviético. Unas filas de las cuales el autor de La felicidad de Asia fue actor principal y desencadenante. Obra extraña, compleja, nostálgica, silenciosa, reflexiva y alejada de toda referencia comercial, sin duda bordada a través de unos personajes aislados de todo símbolo de civilización que conviven ensimismados en una perpetua soledad desplegada mediante una localización escénica en unos humedales habitados por toda una galería de personajes hundidos en el alcohol y en sus instintos primarios. Hecho que supone una metáfora de ese aislamiento sentido igualmente por un Konchalovsky que observa este mundo actual conquistado por el progreso como un entorno hostil e incompatible con su filosofía de vida.

Pero lejos de humedecer su obra con un halo desgarrador y fatalista, el autor de Siberada optó por insertar unas conmovedoras gotas de humor negro construyendo de este modo una obra que se apoya en una vertiente documental para moldear una cinta singular y cautivadora que demuestra el talento de uno de los mejores y más sensibles cineastas de la extinta Unión Soviética.

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4 — Red Army. La guerra fría sobre el hielo (Gabe Polsky) 

En un año en el que el cine de ficción parece haber perdido enteros en relación a años pretéritos, el cine documental sigue demostrando su espléndido estado de forma. Uno de mis documentales favoritos estrenados este año ha sido este Red Army. ¿Qué es lo que me ha fascinado de él? Sin duda su envoltura de absoluta rareza radicada en el hecho de centrar el argumento del film en un deporte tan misterioso como el hockey sobre hielo. Pero fundamentalmente me atrae la apuesta llevada a cabo por Gabe Polsky consistente en tejer su obra como una especie de falso documental mezcla de realidad y ficción repleto de intriga e ironía alrededor de la Guerra Fría, empleando para ello una inteligente alegoría fundada en las traiciones surgidas en el Dream Team del hochey sobre hielo: la selección soviética capitaneada por el frío Slava Fetisov.

La cinta partirá de una entrevista protagonizada por el propio director y Fetisov para poco a poco desgranar los pormenores que condujeron a la caída en desgracia del mítico equipo soviético y sus respectivos componentes. Punto que Polsky ligará con la destrucción de los cimientos soviéticos que dieron al traste con el proyecto comunista con la llegada al poder de la Perestroika. Red Army se presenta como un documental muy entretenido que gana muchos enteros gracias a un montaje que mezcla con sapiencia y buen hacer los ingredientes de un documental puro con ciertos elementos de suspense ligados al cine de ficción.

3 — Corn Island (George Ovashvili)

Corn Island es uno de esos milagros que te reconcilian con el cine. Una asombrosa obra que resulta complicado que vuelva a tener lugar en un futuro próximo. Una cinta que apuesta por explotar ese cine sensual, reflexivo y misterioso para hipnotizar con estas simples herramientas a los espectadores más exigentes. Porque la belleza de una cinta como Corn Island no solo reside en su cuidada composición paisajista y en la belleza de unas imágenes que perduran en la memoria del espectador gracias a sus ingredientes indelebles. La grandeza de Corn Island radica en su carencia de artificio explotada en virtud de una puesta en escena donde los diálogos sobran, siendo la narración pionera mediante imágenes el principal sustento que articula una propuesta tan radical y rompedora como es esta fundamental cinta georgiana. Una narración que toma prestadas de esa Isla desnuda de Kaneto Shindô ese gusto por radiografiar sin ningún tipo de disfraz al ser humano en todos los sentidos, tanto en su bifurcación más sensible y bondadosa como en la más salvaje y cruel.

De este modo, Corn Island ha sido para un servidor la experiencia más memorable de este año. Pero la he excluido a propósito del primer lugar de mi Top. ¿Por qué? Porque esta es una cinta producida en 2014 que por los problemas inherentes a la distribución comercial no hemos podido disfrutar hasta este año en cines españoles. Esta es mi esperanza. Mi fe de redención de 2015. Porque tuve que esperar un año para poder deleitar mis sentidos con una de esas obras minimalistas que convierten lo complejo en algo sencillo. Una cinta que evoca esa forma de hacer cine reflexiva y muy introspectiva marca de la casa de la Europa del Este que sin duda hubiera sido la mejor cinta de mi Top de 2014 si todo hubiera ido por su rutina cotidiana y normal.

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2 — Taxi Teherán (Jafar Panahi)

Jafar Panahi es uno de los últimos mohicanos que le quedan al cine de autor. Un cineasta puro e incómodo que en virtud de su carácter crítico e inconformista ha sido postergado a un destierro cultural y popular. Esa decadencia, comentada en los primeros párrafos de este artículo, que persigue a los autores en el cine contemporáneo castigando a los mismos al olvido así como a una trayectoria efímera y fugaz. Este 2015 ha merecido la pena solo por rescatar de nuevo para el cine a un cineasta necesario e imprescindible, renovador de los cimientos de la narrativa cinematográfica desde una derivada que mezcla el neorrealismo con el cine documental, que regresó a la senda del séptimo arte por la puerta grande alzándose con el Oso de Oro en el Festival de Berlín.

Y como los grandes, Panahi ha vuelto para remover conciencias gracias a una obra experimental totalmente alejada de etiquetas. Porque no sé si Taxi Teherán es un documental, o un falso documental, o una obra neorralista pos-moderna, o una road movie urbana, o una sátira, o un docudrama… o… ¿qué se yo? Solo me atrevo a afirmar que esta es una obra valiente, conmovedora, terriblemente humana y genial. Una radiografía del Teherán contemporáneo a través de un sainete que alberga las diferentes preocupaciones y personalidades encerrados en un país tan hermético como el administrado por las Ayatollah, en el que se perciben ciertos vientos de cambio y apertura gracias a una generación de valientes intelectuales que no dudan en anteponer sus ideales a su propia integridad y seguridad personal. Panahi se convierte así en un trovador capaz de perfilar de manera sencilla las diferentes inquietudes presentes en el país persa haciendo gala de una sensibilidad supina que huye de todo signo de aleccionamiento. El aislamiento que supone situar la acción en el taxi conducido por Panahi ofrece una modesta pero magistral lección de sociología impartida por un maestro que da muestras del enriquecedor paisaje humano que vertebra un país mucho más heterogéneo y diverso de lo que los prejuicios e informaciones interesadas nos induce a pensar.

1 — Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase)

Y mi top personal de un año tan excéntrico, raro y malo para mí como ha sido este 2015 está ocupado por una película que jamás pensé podría conquistar mis gustos cinematográficos. Y es que históricamente el cine de Naomi Kawase me ha resultado cargante e irritante. Ninguna de sus películas ha logrado cautivarme hasta el punto de poder catalogar cualquiera de ellas como integrantes de mis favoritas. Pero el 2015 ha sido diferente en todos los sentidos, incluso en el de suponer mi reconciliación con la cineasta japonesa.

Acudí a mi cita con Una pastelería en Tokio con cierta desidia. No era la película que quería ver, pero las obligaciones personales provocaron que renunciara a mis preferencias. Sin embargo desde el mismo arranque del film sentí una cierta conexión difícil de explicar con el argumento así como la doctrina conceptual que vertebra el film. Esta es la historia de un perdedor que regenta un negocio que odia (una pastelería que ha alquilado a la mujer de un antiguo amigo recientemente desaparecido). Debido a la desafección existencial que persigue a nuestro héroe, el establecimiento ostenta un cierto halo decadente en virtud de la ausencia de clientes que condena la supervivencia del negocio. Sin embargo la aparición por sorpresa de una especie de ángel con el rostro de una solitaria anciana que ansía pasar sus últimos días de vida desempeñando su pasión (cocinar unos sabrosos dorayakis con una vieja receta de la que solo ella es conocedora), hará resurgir el negocio. Pero el descubrimiento de un secreto que condena a su poseedor al retiro más estremecedor, impedirá que este extraño dúo compuesto por perdedor y anciana logre sus objetivos de redención y felicidad.

Kawase despliega todo su arsenal para hilvanar una obra extremadamente introspectiva, dotada de un halo reflexivo ciertamente arrebatador y fotografiada con ese gusto pictórico tan característico de su cine. Pero existe un algo diferente entre esta y las demás obras que he visto de la Kawase. Y ese algo creo que es la emoción. Porque Una pastelería en Tokio constituye uno de los más portentosos decálogos producidos en los últimos años sobre la emoción. Esta es una obra terriblemente conmovedora que mezcla con mucho acierto un estilo deprimente y doloroso con un hilo de esperanza y salvación. Un hilo que ofrece una luz al final del camino por muy complejas que sean las dificultades a las que nos tenemos que enfrentar en nuestro deambular por la vida. Como esos robustos cerezos que hechizan a la anciana protagonista, la cinta lanza una bella moraleja en favor del esfuerzo, el amor y la satisfacción de nuestros gustos personales en detrimento de esas rutinas que nos atrapan en una espiral de desengaño y tristeza. Esta es una película que apuesta por las segundas oportunidades. Y todo ello filmado con una belleza suprema por una Kawase que parece poseída por el espíritu del Yasujiro Ozu más puro. Y es que esas transiciones medioambientales así como esos planos repletos de sensibilidad y perfección académica insertados en Una pastelería en Tokio suponen el mejor homenaje efectuado al maestro nacido en Fukagawa en este nuevo siglo XXI que acaba de comenzar.

Una pasteleria en Tokio-uno

Feliz 2016.

2 comentarios sobre “Lo mejor de 2015 por… Rubén Redondo”

  1. La pregunta es ¿cómo puedo ver todas estas películas online? Vivo en una pequeña ciudad del Reino Unido y no tengo medios para ir a un cine en el que se proyecten todas estas películas, tendría que desplazarme hasta Londres y, en la mayoría de los casos, ni eso serviría… Muchas gracias.

    1. El problema de siempre si no vives en Madrid, Barcelona o Londres. Prueba con plataformas online. Nosotros también vemos muchas películas gracias a los festivales o el circuito «alternativo», desde algún museo, casas okupas (en Barcelona había una donde ponían cine rumano), centros cívicos, filmotecas, organismos culturales, etc. Pero seamos sinceros, no alentamos a la piratería, pero en más de un caso no va a quedar otra.

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