La sombra del pasado (Florian Henckel von Donnersmarck)

Resulta tentador elegir un arte y situar sus entresijos en una época remarcable de la historia. Para Florian Henckel von Donnersmarck, los arraigados posos de la II Guerra Mundial en territorio alemán deslizan una clara intencionalidad en sus películas. ¿Pero qué pesa más, el mensaje o el contexto?

La sombra del pasado está llena de dualidades. Parece que todas nos van a llevar en algún momento a quien mira el muro de Berlín —consecuencia directa de la guerra— desde cada lado, como si fuesen mundos diferentes, pero traza un camino largo y recurrentemente explicativo para dar forma a esas dos caras. De lo pragmático a lo artístico, dos personajes van a cruzar sus historias con un único objetivo.

En un elaborado trabajo de más de tres horas, Florian Henckel parte de una sala llena de obras pictóricas previas a la guerra. Mondrian y Kandinsky muestran estilos contrarios al régimen, un primer lugar donde aleccionar al joven Kurt sobre la inutilidad del “yo” y la falta de representación del pueblo. Pero surge al mismo tiempo un personaje fuerte y voluble que marcará el destino de ese “pasado” que se cita en el título español, una mujer que representa una libertad que no se adapta a los tiempos que están viviendo (primeros años del conflicto en territorio alemán) y que dará paso a otro personaje opuesto, el profesor experto en ginecología, mostrando dos frentes de una misma historia. Es aquí cuando comienzan las elipsis que dibujan unos mismos escenarios para estos dos hombres con resultados opuestos.

Con una cuidada ambientación para cada época tratada, el director va mostrando a través de saltos temporales que en el fundamento nada ha variado. Es aquí donde se atisba que la idea de unir arte e historia no es tanto una voluntad de plasmar conceptos relacionados con la repercusión que tuvieron los acontecimientos en los movimientos artísticos, y sí un modo de aprovechar una herramienta tan devastadora como el III Reich para situar la desgracia familiar en la que van avanzando sus personajes. No hay una intención de aleccionar o rememorar, es simplemente aprovechar un punto de vista que no le es del todo desconocido al realizador para narrar un relato personalizado. Es por eso que llame la atención como, con el paso del tiempo, se utilice reiterativamente una posición tan ingenua en los personajes, una voluntad por creer en lo que dice el contrario sin mostrar una opinión crítica o dubitativa, que sorprende al espectador que sí conoce toda la historia.

Así, las palabras en el museo de los nazis no distan de las enseñanzas universitarias tras la guerra, donde con la presencia del recién estrenado comunismo se vuelve a castigar la expresión del “yo, yo, yo”. Con un Kurt ya adulto y presto a adaptarse a los nuevos conceptos de arte, se vuelven a unir los caminos de los dos protagonistas a través de la hija del Profesor, que siempre parece arropado por una extraña suerte que tapa todos sus errores pasados.

No quiere Florian Henckel von Donnersmarck castigar al régimen, es el envoltorio donde fijar paralelismos que incomoden a quien ve el film, al comprobar que el verdugo salva su imagen y la víctima silenciosa es siempre una molestia que no es bien vista en ningún círculo. Aún así da vueltas y más vueltas a unos mismos conceptos, se centra demasiado en recordarnos por pequeños detalles todo lo ocurrido anteriormente, flashes que parecen aprobar la existencia del destino más que la mera casualidad —cómo se utiliza un lápiz rojo tanto para aceptar la muerte en tiempos del Führer y años más tarde ese mismo lápiz rojo sirve para aceptar la entrada en una escuela de arte vanguardista siendo el mismo método, utilizado en distintos tiempos; también con hechos más obvios como los recurrentes dibujos de círculos por parte del artista—.

Todo esto se convierte en la base de lo que realmente inquietaba al director desde un inicio, la verdadera importancia del “yo”. Es con la llegada a Düsseldorf cuando se presenta una idea artística liberadora, ajena a la política, que se recuerda como algo destructivo, opresor. El descubrimiento del verdadero sentido artístico por parte de Kurt arrastra al resto de personajes a su ritmo, volviendo a cerrar una etapa que se unifica con el resurgir de la infancia y la mujer ajena a su tiempo, la imagen que inspira a unos y a otros para posicionarlos en esta nueva Alemania, dividida por los posos del conflicto.

Será al final cuando su verdadero título, Werk Ohne Autor (“Obra sin autor”) tome su sentido más directo, demostrando que toda elipsis nos lleva a la falsa idea crítica que viene con cada generación, cuando una vez consolidada la figura del autor, acepta las comparaciones con Duchamp y utiliza un discurso similar al que el artista francés expuso junto a su famoso urinario. La falta de objetivo, la obra sin autor, son solo fruto de la interpretación, ajena a la imposición temporal, y La sombra del pasado, pese a jugar las bazas del amor prohibido, el reconocimiento personal y en enfrentamiento del error-aprendizaje, es demasiado extensa para el liviano mensaje que parece proclamar, aunque es innegable su corrección.