La misteriosa mirada del flamenco (Diego Céspedes)

Lo ‹queer› ha sido a menudo reivindicado no solo como una identidad o un conjunto de identidades de sexualidad y género, sino como una manera de estar en el mundo. La pensadora Sara Ahmed ve en el sistema heteronormativo una forma de “enderezamiento”, frente al cual lo ‹queer› es un modo de “des-orientación”, un desvío de las líneas ya dadas. También la teórica Eve Kosofsky Sedgwick lo define como movimiento, como un continuo ir “a través”. Es decir, ser ‹queer›, o habitar lo ‹queer›, puede ser no una manera de definirse sino precisamente de desafiar la necesidad de definición.

Desde este “a través” podemos pensar La misteriosa mirada del flamenco, opera prima del director y guionista Diego Céspedes: a través de categorías, de géneros, de emociones y de universos audiovisuales. El largometraje se desarrolla en el desierto chileno en 1982, cuando una enigmática enfermedad empieza a asolar la comunidad; dicen los rumores que se contagia a través de la mirada entre dos hombres que se aman. Esto trae difíciles consecuencias para Flamenco (Matías Catalán), su hija adoptada Lidia (Tamara Cortes) y la comunidad travesti con la que conviven. A partir de aquí, se traza un relato que dialoga en muchos sentidos con el western, también invocado a través del omnipresente paisaje desértico que a la vez azota y construye a los personajes. Pero la película rompe continuamente la estructura de su propio relato. Si en su primer acto parece apuntar a un tragedia marcada por la venganza, con la figura de Flamenco en el centro, después sus caminos narrativos se bifurcan para seguir a Lidia y Mama Boa (Paula Dinamarca). La narrativa deambula así a través de tres generaciones de personajes y se desvía una y otra vez de sí misma: la experiencia ‹queer› no solo está en el centro temáticamente, sino que se convierte en un principio estructural.

En esta poética del desvío también hay una continuo vaivén entre el amor y la violencia, la tragedia y la esperanza. Para las protagonistas, la supervivencia depende de su pertenencia y vinculación a su comunidad, que a veces se traduce en un cuidado delicado y otras en violencia física contra los demás. Céspedes se abstiene de juzgar estas decisiones y reivindica la humanidad de estos personajes sin idealizaciones; están pintados con los mismos matices de gris que los mineros a los que a menudo se enfrentan, y es en este terreno del error humano donde puede darse el encuentro entre unos y otros. También se utiliza el plano secuencia en momentos clave de la película para mostrar las continuidades entre estas emociones y afectos; en particular, hay un prolongado plano fijo que sirve de momento desde el que hacer pivotar la narrativa, y en el que la relación entre dos personajes pasa ante nuestros ojos del juego infantil a la relación erótica a la brutalidad más escalofriante. No hay un corte entre una cosa y otra, y La misteriosa mirada del flamenco nos invita a preguntarnos por estas continuidades: ¿cómo llegamos del cariño al deseo a la violencia? ¿Y cómo podemos desandar este camino, reencontrarnos con la ternura?

Al renunciar a una construcción dramática más convencional, el largometraje también renuncia a sus satisfacciones más inmediatas. Su ritmo es (necesariamente) irregular, y sus desvíos constantes resultan por momentos anti-climáticos. Sin embargo, esa misma incomodidad forma parte de su apuesta. Como reconoció el Festival de Cannes al otorgarle el premio Un Certain Regard, esta obra anuncia la aparición de un director dispuesto a asumir riesgos para imaginar y proponer un cine que atraviese (categorías, géneros, a nosotros) y que se dibuje más allá de las líneas ya dadas.

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