Blanco en blanco (Théo Court)

¿Cómo embellecer lo amoral? Blanco en blanco es una película que parece querer responder a esta premisa. Su búsqueda de un lenguaje que contraponga la forma al fondo y retuerza al máximo la cuestión moral fijada en una imagen tan preciosa y a la vez tan fría hace difícil apreciarla por completo. ¿Es correcto embellecer lo amoral? Sería la cuestión que surgiría tras verla y escapar de su sospechoso atractivo. Blanco en blanco es una película que lleva a desconfiar, no porque exista en ella un doble rasero ni tampoco porque se regodee en la barbarie de la conquista del pueblo selknam en Tierra de Fuego, sino por todo lo contrario, por el hecho de no mostrar ni incidir de forma directa el gran tema del film que es la desgracia de la condición humana.

Théo Court decide “ocultar” para centrarse en una representación, tan manipuladora como legítima, de lo real. Mediante una narrativa sinuosa y ampliamente contemplativa, un fotógrafo llamado Pedro recorre los paisajes del Nuevo Mundo al lado de unos cazadores y comerciantes de pieles mientras toma fotografías de una joven preadolescente que viaja con ellos y que va a convertirse en la futura esposa del misterioso Mr. Porter —el capataz al que nunca veremos—. Sus encuentros con los trabajadores y con la niña serán tan decisivos como los que tendrá con el paisaje, primero nevado y después desértico, al mismo tiempo que se crea una atmósfera demasiado sublime en comparación con lo “rastrero” de la trama. El paisaje y los interiores serán iluminados con la luz parpadeante de un fuego que irradia calor mientras no vemos la brutalidad tras la belleza de la misma. Una completa estampa del territorio virgen que será violada a medida que el viaje de los “hombres civilizados” tome nuevas sendas. El comercio de personas, la esclavitud y el asesinato aparecerán de manera no-presente, surgidos de una tensión creada por el choque entre forma y fondo que se repelen sobremanera.

Blanco en blanco consigue trastocar un ideal de inocencia al mismo tiempo que sobrevuela la masacre del pueblo selknam en la Patagonia. Las historias moralistas han terminado, también el cine social y, ahora que la narrativa ha sido absorbida por la presencia de los cuerpos y del paisaje, tan solo queda la visión conjunta del creador y del espectador. Court ofrece y nosotros debemos hacer frente a su obra, al igual que Pedro debe hacer frente a su situación comunicándose con la misma. La fotografía es su herramienta para “filtrar” la realidad y evitar que el paisaje, la Historia y la bajeza humana lo aplasten. Mediante el objetivo de la cámara puede decidir lo que “ve” y eliminar todo lo demás… huir; sí, de forma cobarde —tan cobarde como cualquiera—, de un mundo entre lo moralmente reprochable y lo trágicamente bello para dar un punto de vista que difícilmente podrá compartirse, sin perjuicio de estudiarlo.

Pedro, al igual que Court, no documenta la barbarie ni tampoco construye una idea crítica alrededor de sus imágenes. Sino que se limita a tergiversar los hechos para dar una impresión que, sencillamente, no es. Su minuciosa y cuidada puesta en escena juega con los elementos amorales de los instantes que ve, ya sea sexualizando la pose de la niña quitándole los leotardos y bajándole un tirante o haciendo parecer héroes a los traficantes tras la “cacería”. La pederastia, el asesinato y la vejación se muestran como pequeñas luces en mitad de una oscuridad neblinosa, empequeñecidas deliberadamente para conseguir un efecto ni visualmente feo ni moralmente bello, pero sí interesante y casi fascinante. No se puede decir que la nueva obra de Court sea fácil de digerir pero está claro que el uso de su propio lenguaje es legítimo y merece, al menos, el beneficio de la duda.

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