La maldad (Joshua Gil)

Si hay algo que temer en este mundo es el propio miedo. Si algo nos busca hasta destruirnos es la maldad.

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La maldad estructura a fuego lento el fundamento del mal desde su misma raíz. Más allá de creencias religiosas o ataques sobrenaturales, de lo que nos habla su director, Joshua Gil, es del germen que se desarrolla en el mismo cerebro y va erosionando la razón hasta expandirse al círculo más cercano como un daño infringido sin moral alguna. Para ello aprovecha los factores que más alientan ese desarrollo: la soledad y la vejez, dos estados que suelen unirse en su propia desdicha.

Una vez situados en la zona tras una purificadora escena donde el campo se llena de fuego y en la que lo efímero hace que la destrucción avance sin descenso, nos introducimos en algún espacio rural, de campos de maíz y hogares decadentes, prácticamente vacíos, donde los animales son el alimento directo y no la compañía esperada, donde el tiempo se paró en algún momento para solo recordar, sin necesidad de vivir.

Allí hay dos hombres a los que el tiempo ha convertido en surcos de piel que cubren huesos desgastados, que, aunque llegó el momento de vivir bajo los cuidados de otros, viven de lo que pueden aportar sus manos. La principal intención es mostrarnos con su cotidianeidad ese camino a la senectud, en la que la enfermedad es una posibilidad que induce lentamente a la ya esperada muerte. En esta especie de recta final aparecen las filias y fobias de ambos, y mientras uno se preocupa por no saber dónde descansar durante la eternidad que les espera, el otro vive inmerso en su idea de concluir la historia de su vida en un guion cinematográfico, donde volcar toda la ira que reserva para la que una fue su esposa. Descubrimos de este modo su desgastada y desentonada voz, con la que escapan bocanadas de rabia acumulada, el desdén hacia ese recuerdo que se convierte en vida.

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El director, con su bagaje por el terreno nos quiere transmitir esa soledad que recorre sus ya estropeadas vidas, nos deja frente al camino vacío, como si su propia reflexión sobre el peso del tiempo se tratase, y sus dos hombres clave, el peso de ese tiempo sobre el propio camino. Porque si algo tiene la vejez es que si un pensamiento se vuelve reiterativo, la soledad lo puede convertir en obsesión, por lo que el obcecado anciano que solo vive para su guion, rompe el ritmo de la narración, hasta el momento prácticamente invisible, y oscurece todo en pantalla. Puede que este punto de ruptura sea el que realmente oprime el pecho y nos despierta del letargo en el que intencionadamente nos han involucrado, donde todo cambia a un aspecto más crítico, encontrando el otro tema que se nos inculca: las jerarquías.

Los hombres se pueden sumergir en su propio mundo, pero el mundo trabaja a otro ritmo, de un modo que les obliga a formar parte de una sociedad vapuleada. La mexicana es contraria a su propio sistema político, y así se muestra en La maldad, como una reclamación, un clamor contra esa jerarquía que solo propaga inseguridad. La maldad interna se expande hacia un concepto que sobrepasa lo personal, como un mal común de donde es difícil escapar.

Si un peso importante ganan los dos protagonistas (cierto que uno es el objetivo de la maldad, pero sin el otro no existiría un paso directo a visualizar esa impresiva enajenación), no queda duda que lo que mejor sabe representar Joshua Gil es la soledad propia, el vacío en vida y el silencio, una concreción que parece llamar a gritos al interés «apichatpongiano». Ahí queda eso.

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4 comentarios sobre “La maldad (Joshua Gil)”

  1. Hola.

    Estoy de acuerdo contigo. La crítica debe ser esa cosa donde uno dice que es una mierda o una maravilla, y al final, como mínimo, que pongas estrellitas, que es lo que importa. Como las webs serias de videojuegos.

    Eso de escribir para que sea el lector quien decida si le interesa o no ir a la película es de fachas.

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