La distancia más larga (Claudia Pinto)

La distancia más larga

El otro día, dándome un paseo por el timeline de Facebook, vi que una conocida brasileña publicaba, entre fotografías de vestidos y champagne, una imagen titulada “Je suis contre PT” en la que reclamaba el derecho a tener armas en Brasil, así como otras quejas relacionadas con el aumento de los combustibles y de la energía, la caída de la bolsa o el aumento de los impuestos. Interesado en el tema, busqué el perfil de otra conocida brasileña que, sin saber de la existencia de la anterior, parecía responder a sus quejas criticando a los brasileños que, con mayor poder adquisitivo, habían reclamado que el voto en las pasadas elecciones debía haber contado en función del nivel de riqueza de cada individuo. Esto sí es distancia.

Contemos, para no perder el ritmo. Uno: La distancia más larga debería haberse llamado El drama más largo (e insulso). Dos horas de penas y falsa naturalidad que finalizan con una ¿cómplice? sonrisa a cámara. Tres personajes que se encariñan entre ellos al poco de conocerse. Cuatro: todos se encuentran en problemas (desempleo, asesinatos, enfermedad, deudas inexplicadas). Cinco: dice la sinopsis que “Sólo hay un destino, el que tú eliges”. A la que yo contestaría: “Salvo que te peguen un tiro a bocajarro”. Casi nada para una ópera prima, me pareció ver hasta un espíritu.

La directora, guionista y productora de La distancia más larga, Claudia Pinto Emperador, venezolana afincada en España desde hace 13 años, parece haber creado el guión empezando por el final, sólo así se explica que desde el inicio el espectador vaya siempre dos pasos por delante. Se sabe adónde quiere llevar al público y el público nunca simpatiza con el camino que ha marcado. El principal problema de su primer trabajo consiste en unos personajes mal perfilados, con los que es imposible empatizar, en primer lugar porque el principio es acelerado, en segundo lugar porque las relaciones entre los personajes resultan inverosímiles y poco naturales, pese a los esfuerzos de todos los que han formado parte de este proyecto.

La distancia más larga

-El nieto: Es un poco insoportable, pero nos obligan a quererle para hacer avanzar la película. Si no va al colegio no pasa nada, en el fondo mejor, no vaya a ser raptado.

-La abuela: Recién operada de una enfermedad (supuestamente) terminal, quiere acabar con su vida. Ya podía no haberse operado, sabiendo cómo están las listas de espera en España. Aclárese, señora.

Durante el comienzo del filme está tan amargada que ni responde cuando la preguntan y sólo habla para pedir cosas a los demás. ¿Espera que por llamarme “cariño” voy a empezar a apreciarla de repente? ¡Vaya!, lo ha conseguido.

-El yerno: Está enfadado desde el primer minuto, ¿qué le pasa? El trabajo, la mujer, el gobierno, el niño, la suegra. Sonríe, hombre, que lo pone en el guión. Así me gusta.

-El joven de buen corazón: Eres necesario en el argumento, no lo olvides. Cada vez que no sepamos cómo llevar una trama a buen puerto, saldrás en pantalla.

-La enfermera amiga de la abuela: ¿Eh? ¿Quién? Ah, sí, personaje clave.

Gente infeliz que se vuelve feliz al contactar con otros infelices. Las matemáticas ya lo dicen: menos por menos es igual a más. ¿Se supone que tenía que salir de buen humor de la proyección? Es increíble cómo la presencia de una persona puede cambiar la vida de tanta gente, ¿verdad? Qué bonito, estoy al borde de las lágrimas.

La distancia más larga

No. Lo que ocurre en La distancia más larga parece magia. Un ejemplo: encuentro entre dos personajes visiblemente disgustados al verse; de repente suena una música de piano; se sonríen con amor. Dos minutos han pasado, a lo sumo, y no vemos en ningún momento por qué ahora son tan buenos amigos. Además, las escenas en las que aparecen las dos actrices españolas son tan falsas que por momentos parece que asistamos a un capítulo cualquiera de Hospital Central. No entiendo qué les pasa al hablar, por qué lo hacen de esa forma y por qué no concuerda el tono de voz con los rostros. Ni que fuesen Ana Botella dando un discurso ante los miembros del COI.

Por otra parte, sabemos que la directora es licenciada en Comunicación Audiovisual, lo que quiere decir que sabe comunicar audiovisualmente lo que quiere contar. Aprueba, en ese sentido, pero para la próxima, tal vez necesitaría repasar otras materias audiovisuales relacionadas con la evolución de los personajes o la capacidad para generar interés y mejorar el ritmo, no por inestable, sino por inexistente desde el minuto 10.

Hace dos años, acudí a la rueda de prensa, pase y photocall de Operación E, producción española basada en hechos reales y protagonizada por Luís Tosar. A ella no sólo asistió el actor, sino que vino acompañado por José Crisanto, el colombiano que en realidad vivió lo acontecido en el relato y a quien representaba Tosar con acierto, como es habitual en él. Pero si algo llamaba la atención entre ambos, era que físicamente no tenían absolutamente nada en común. Esa misma sensación me produce ver La distancia más larga y pensar en algunos países sudamericanos, donde las razas parecen estar divididas por estratos sociales y donde Tosar podría hacerse pasar por un venezolano próspero aún sin trabajo, frente a un Crisanto destinado a vivir como realmente lo hizo. Existe el racismo incluso entre personas que sufren el racismo de otros.

La distancia más larga

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