La delgada línea amarilla (Celso García)

Toño es un hombre que vive la deriva mientras afronta los sesenta años, ya próximos. Durante los once últimos ha ejercido como vigilante en un almacén de desguace, pero es despedido y tiene que comenzar de nuevo en una gasolinera. Trabajando en su nuevo puesto, un cliente lo reconoce. Es un ingeniero con el que colaboró varias décadas antes en la construcción. El ingeniero le ofrece un empleo como capataz del equipo que debe trazar una línea para señalar la carretera que une las localidades de San Jacinto y San Carlos, separadas por doscientos kilómetros. Así comienza un viaje inolvidable para los cinco hombres que forman el grupo.

Cuando se comienza cualquier texto con una breve sinopsis, como esta que sirve para encabezar una reseña sobre un largometraje, la rutina se impone. Aunque sea un resumen que puede aportar unas pinceladas de la trama, sin entrar en más detalles ni tampoco en desvelar sucesos cruciales del guión, da la sensación de contar siempre la misma historia. Este prejuicio puede surgir también antes de ver la película, bien sea por un título de raíz literaria o cinematográfica en su enunciado, como es el caso de esta línea amarilla que remite a La delgada línea roja, novela de James Jones adaptada dos veces al cine. Bien sea por el pálpito de una cinta que trate sobre termas sociales al observar las imágenes que aparecen en las fotos, cartelería y material promocional. En parte sí se justifica este juicio por el heterogéneo elenco masculino que actúa en la totalidad del metraje, salvo unas breves secuencias en la hacienda que les sirve como refugio para guarecerse de la tormenta, acompañados por la dueña del lugar más su joven sirvienta, las únicas mujeres del film. En el resto del largo, los cinco hombres que componen el equipo evocan a los desheredados tan queridos por directores clásicos como John Huston o John Ford, seres en tránsito desde un abandono económico, social, familiar o afectivo que los lanza a un periplo constante de sus vidas.

No se trata de llenar este artículo con referencias cinematográficas, pero este primer largometraje del guionista y director Celso García se presenta como un trabajo deslumbrante desde la secuencia inicial en la que se explica el carácter reservado, leal y reflexivo de Toño, el protagonista, un hombre maduro que pierde su estabilidad vital al ser despedido y sustituido por un perro que hará su trabajo de vigilancia. Con la presencia y autenticidad que Damián Alcázar consigue siempre en este tipo de personajes maltratados por la vida, de la misma forma que compuso su Harvey de la notable Magallanes. Aquí ejerce como líder de un joven que busca una figura paterna, acompañado por un antiguo trabajador de un circo, un camionero en paro y un expresidiario.

Los cinco hombres caminan por esa carretera con una misión marcada por la caducidad, esos quince días necesarios para pintar la línea que señalice los dos carriles de la vía. Sin el recurso a metáforas visuales ni desvíos filosóficos que se separen de las relaciones, desencuentros y revelaciones del equipo, Celso García escribe un guión modélico que dota de personalidad a cada uno de los cinco implicados con pocos detalles, diálogos y acciones. Confía en la capacidad tanto cómica como dramática de los actores para que hagan creíbles, cercanos y dignos sus papeles. Historia y caracteres unidos por una dirección que siempre avanza con el ritmo del viaje, sin desfallecer, gracias a los imprevistos que complican el trabajo al mismo tiempo que fortalecen sus afectos. La cámara siempre actúa como compañera en ese viaje, un personaje que los acompaña sin obstaculizar sus pasos. Huyendo de la monotonía que impone una labor mecánica, rodada con la épica del horizonte a la vista, el aliento de la aventura emprendida por los exploradores legendarios.

Tal vez exista un cambio brusco por un giro ya cerca del clímax, un suceso que sin llegar a ser inesperado puede resultar forzado en el tono evocador que destila toda la película. Pero incluso se puede perdonar o digerir como un peaje sentimental que podría haberse incluido en la trama con más progresión y menos celeridad. Lo que resulta más triste es que un film tan destacable como este, que además ha recorrido muchos festivales con logros en sus palmarés, entre ellos el de Gijón 2015 con el premio al mejor guión, del cual escribió una reseña muy interesante Álvaro Casanova. Esa tristeza viene marcada por el retraso de tres años en el estreno de un film que supera a la mayoría de producciones de vocación humanista que aparecen por salas y televisiones cada temporada. Quizás ahora se aproveche el tirón de un coproductor con el caché actual de Guillermo del Toro. Pero lo mas seguro es que si la producción fuera norteamericana en lugar de mexicana, con un reparto encabezado por George Clooney, Tom Holland, John Goodman y algún conocido más, no habría transcurrido tanto tiempo hasta que llegara a las salas.

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