La alternativa | Motorway (Soi Cheang)

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Policías, mafiosos y persecuciones de coches. Estos elementos proceden sin ningún género de duda de los arquetipos más vetustos del cine de acción, aquí funcionando a la deriva de un confirmado neo-noir apadrinado, en labores de producción, por Johnnie To, uno de los mejores narradores que han dado el continente asiático en los últimos tiempos. Quien asimile el cine de To como el paradigma de la acción híper estilizada, se encontrará aquí con ciertos retazos de la narrativa del director de Breaking News o Exiled, aunque su característico fondo argumental hilado con precisión con los estallidos de violencia no estará tan bien construido en la película que nos ocupa. En Motorway, a todas luces entendible por muchos como una especie de The Fast And The Furious asiático (craso error de apreciación), se podría distinguir una modesta herencia de la famosa saga norteamericana en la utilización del coche como elemento de catarsis para la trama, mostrando su peculiar fetichismo exacerbado con los elementos intrínsecos del automóvil: planos centrales pedales, palanca de cambios… y hasta el rugido del motor como principal ingrediente ambiental para la acción. Pero, en realidad, aunque de la propia The Fast And The Furius o la multi-alabada Drive se adivinen algunos innegables referentes (la saturación nocturna parece imbuida por el legado que actualiza el film de Nicolas Winding Refn) no se debería digerir este Motorway como una especie de exploit o reinvención de aquellas cintas para el mercado asiático, ya que en sus aristas se asume como un capítulo más del llamado neo-noir oriental, sub-géneris elemental para entender la evolución y asentamiento de aquella cinematografía.

Un policía novato, ahogado por las cotidianidades de su trabajo, sucumbe a su tremenda afición a la velocidad cruzando la línea de la legalidad con las carreras de coches, principal estímulo de su profesionalidad y que ve, cuando es relegado a un puesto de radares, peligrar su enorme pasión de cazar a los malos a golpe de acelerador. Aquí comienza entonces la mutación del film a los ecos de la épica del policíaco, con la relación cuasi paterno-filial entre el novato policía y el experimentado mentor que perecerá caído por su heroicidad. En esencia Motorway es un film que cuenta una historia anexa a la clásica más manida del género, aunque con una narración progresiva en intensidad y atiborrada de unas armonías visuales trabajadas y preciosistas, que envuelven de artificiosidad un film que aparenta más que labra, pero que se disfruta desistiendo en ciertas puntualizaciones donde la película goza de cierto encanto.

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Esas particularidades donde el film de Cheang Pou-Soi logra cierto despunte se apoyan en el inconmensurable dibujo que se realiza del escenario urbano para sus muestras de acción (herencia clara de To, como si aquí las balas fuesen sustituidas por la adrenalina del automóvil) y ese aroma de western urbano que la encasilla junto a algunos clásicos de la vertiente moderna del género, despertando en la memoria la década de los 80 donde un segmento del noir norteamericano estableció un legado visual aquí multi-referenciado. En la película se despierta además un interiorismo dramático en el que la trama principal se apoya básicamente en las ansias de superación del protagonista ante el volante (en la tópica deuda moral con su fallecido mentor), de la que se originan una diatriba lamentablemente no aprovechada lo suficiente, y que hubiesen engrandecido la película a otros niveles: el fetichismo originado en la relación hombre-máquina, que tan solo se queda como recurso visual de las escenas de acción, ignorando otras lecturas que se hubiesen derivado de esa correspondencia recíproca de estímulos ya explorada en otros clásicos de la acción nocturna automovilística.

En términos generales la película asume su pose de estimulante pieza de acción y por ende sus momentos álgidos se apoyan en las persecuciones de coches, rodadas con brío, destreza y un acercamiento subjetivo a la escena potente y admirable, ganando una entidad que es sumergida por un retrato nocturno muy elegante. Aunque como ya se ha dicho su dramatismo adolezca de ciertas estridencias, su clímax final pasa a convertirse en su momento más simbólico y poderoso: la persecución final en un parking subterráneo, emocionante introducción al desenlace, que dará paso a una redención de preciosa poética visual; el villano ya abatido es incapaz de separar su pie del acelerador, para culminación de nuestro protagonista que finaliza la función retirando la llave del contacto.

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