La alternativa | Maigret, terror del hampa (Gilles Grangier)

El comisario Jules Maigret es sin duda uno de los personajes más cinematográficos del policíaco francés, gracias al éxito de los títulos publicados por el genial George Simenon, sin duda una de las plumas que más adaptaciones ha tenido a lo largo de la historia del cine francés. Fue el maestro Jean Renoir el primero en llevar las andanzas de este estoico personaje al cine en su genial La noche de la encrucijada (1932), cogiendo el testigo posteriormente otro de los grandes del cine clásico de nuestro país vecino como Julien Duvivier en La tête d’un homme (1933).

Pero quizás el actor que mejor supo interpretar ese estilo Maigret fue sin duda Jean Gabin, quien lo interpretó en una serie de policíacos filmados entre los años 50 y 60 del siglo pasado, otorgando al comisario su peculiar y desmitificadora mirada.

Maigret, terror del hampa (Maigret voit rouge, 1963) fue la tercera y última película en la que Gabin puso rostro a Maigret y, en mi opinión, es la mejor y más oscura de todas ellas, sobre todo a merced de la fascinante labor en la dirección de todo un especialista del género policíaco como Gilles Grangier y la estupenda aportación de Louis Page en la dirección de fotografía otorgando al film una atmósfera fascinante y muy ennegrecida.

Aquí Gabin borda la interpretación del comisario, ofreciendo un recital apoyado más en la introspección que en los fuegos artificiales, componiendo al Maigret definitivo: estoico, inteligente, audaz, impertérrito, frío como el acero, cínico, sarcástico, sensato, paciente, sereno y absolutamente autoritario. Un tipo cuya mirada da miedo sin necesidad de efectos que prefiere optar por la intuición frente al ejercicio de la violencia, y al que los subordinados cumplen sus órdenes sin posibilidad de rebatirlas.

La película se define como un policíaco clásico sin aportar ninguna novedad, pero ofreciendo al espectador exactamente lo que pide: la articulación de un procedimiento policial que busca solucionar un enredo en el que están implicados algunos siniestros personajes vinculados al mundo de la mafia internacional. Lo que me gusta es su construcción, puesto que el espectador arranca observando escenas confusas, incluso tediosas diría, que no parecen tener relación entre sí, pero irá descubriendo, poco a poco y en paralelo con los personajes, los tejemanejes de los que se compone una investigación compleja, difícil de seguir y de entender en cierto modo, pero en la que todo encaja a la perfección a medida que las secuencias van reproduciéndose y conectándose unas con otras.

Puesto que si bien el arranque del film no es sencillo y puede espantar a algún espectador que desee ir más al grano del asunto tratado, no es menos cierto que todo el desarrollo planteado resulta fascinante, pues seremos testigos de los equívocos, falsos sospechosos y demás entuertos de los que se compone cualquier investigación policial, de modo que cuando las curvas se vayan allanando iremos cada vez involucrándonos en una trama perfectamente planificada.

Todo arrancará en una escena nocturna en la que observaremos a un trío de americanos disparar contra un ciudadano ataviado con un traje negro y unas extrañas gafas de sol. Esta escena será presenciada por un colaborador del comisario Maigret que se convertirá en el principal testigo del intento de crimen cometido, o quien sabe qué, puesto que el cuerpo de la víctima desaparecerá sin dejar rastro.

Las primeras pesquisas apuntarán a un tugurio llamado bar Manhattan, punto de encuentro de ciudadanos estadounidenses expatriados en Francia, regentado por un misterioso personaje de origen italoamericano con vínculos en los bajos fondos.

Pero todo se complicará, destapando Maigret la posible llegada a su territorio de dos profesionales que tenían el encargo de liquidar a ese extraño personaje ataviado con gafas de sol, llevando a cabo una doble investigación. Por un lado, descubrir quien está detrás del encargo de estos dos asesinos y por otro donde está el cuerpo desaparecido de la víctima y quien se escode tras de él.

La película avanzará lentamente, de forma muy pausada​, desembarazando los enigmas planteados a través de diversos interrogatorios a testigos y sospechosos, trenzando así una especie de caza a los asesinos migrados a Francia para ver cual es su escondite y quien les está proporcionando ayuda, y por otro, otra investigación para desvelar que pasó con ese tiroteo y donde está el cuerpo de la víctima.

El film cuenta con una puesta en escena muy estilizada, pero no por ello exenta de un realismo de fábrica que le sienta como anillo al dedo al film, que recuerda a los mejores polares franceses, gracias a una fotografía llena de claroscuros y tenebrosa, pero a la vez sobria y técnicamente perfecta y también con el magnífico aporte de un Gilles Grangier que demuestra su pericia como narrador y su perfecto dominio de la puesta en escena teatral que el relato necesita. Maigret, terror del hampa se destapa como una de las joyas del cine policíaco francés clásico. Una película que emana un aroma puramente policial, cuya influencia puede sentirse en algunos de los seriales clásicos como Las calles de Nueva York, Colombo o incluso la española El comisario con Tito Valverde como una especie de Maigret cañí. En este sentido, se trata de una obra en la que la acción no es lo más importante, y sí los aspectos más intrincados y psicológicos ligados a una investigación policial, soportando más el suspense en la resolución muy realista de los entresijos dibujados que en hacer pivotar la trama alrededor de grandilocuentes tiroteos o escenas de acción.

Todo esto convierte a esta excelente película en un polar imprescindible para los amantes de las letras de George Simenon, donde aparte de los elementos puramente policíacos, también nos deleita con un retrato de esa Francia inmersa en unos años 60 propicios para cambios de todo tipo, incluido en la forma de hacer cine, por lo que podríamos calificar a éste como un producto que marca el final de una era, de una forma de hacer cine donde lo clásico prevalecía sobre las líneas vanguardistas deseosas de romper todo lo establecido. Quizás ese tono negro y sombrío fuera una pincelada insertada a posta por Grangier, deseoso de mostrar la decadencia de un oficio, el de hacer películas, que cambiaría radicalmente en los años que vendrían. Un cine donde la atmósfera y la iluminación eran elementos palpables, donde no había espacio para la improvisación y donde todo irradiaba perfección y planificación al detalle. Una obra que, por ello, supone un punto de inflexión en la industria cinematográfica francesa y que se destapa como un policíaco más que interesante y entretenido, a la par que excelentemente realizado desde el punto de vista de la técnica cinematográfica. El fin de los seriales de antología a lo Edgar Wallace, o El Halcón, estrenados en teatros cinematográficos. El principio de una revolución inacabada que no pudo construir un hogar propio y autosuficiente en las salas de cine.

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