La alternativa | Los unos y los otros (Claude Lelouch)

«Solo hay dos o tres historias en la historia de los seres humanos y se repiten tan cruelmente como si nunca hubieran sucedido.»
Willa Cather, escritora

Esta frase resulta perfecta para definir gran parte de los rasgos de conducta en la especie humana. También sirve como resumen, semilla e introducción de Los unos y los otros, un drama épico de trasfondo musical que transcurre desde los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial hasta el año 1980. La cita es de la escritora norteamericana Willa Cather, una sentencia que aparece sobreimpresionada y manuscrita en la pantalla, con el fondo de un bailarín ruso que danza a los compases del Bolero de Ravel. Del mismo modo, los títulos de crédito finales del film se suceden con esos caracteres espontáneos que muestran la caligrafía del responsable, tanto en la escritura del guión como de la dirección, Claude Lelouch, un reputado cineasta francés recuperado recientemente con Los años más bellos de una vida, la tercera parte de su obra más conocida, Un hombre y una mujer. La veteranía del director galo se cimienta en una filmografía de unas cincuenta películas de índole comercial, repartidas entre géneros como el drama, la comedia, el suspense, las aventuras y algunas aproximaciones al musical como la que trata esta gran historia en magnitud narrativa. Un metraje de tres horas para contar las vidas de cuatro familias formadas por músicos, bailarines y estrellas de variedades en Francia, Rusia, Alemania y Estados Unidos. Unas trayectorias vitales que transcurren paralelas desde poco antes de la invasión de Polonia por las tropas nazis, los contraataques rusos, la intervención estadounidense en la Guerra y la ocupación de París.

Las cuatro acciones simultáneas y consecutivas saltan desde un matrimonio entre los Itovich, formado por la bailarina Tatiana y su mentor Boris. Una pareja que da paso a la formada por los músicos Simon y Anne Meyer, de origen judío y que serán deportados a campos de concentración. Al mismo tiempo se desarrolla la carrera de Karl Kremer, un director de orquesta que formará parte del ejército nazi durante la ocupación francesa. Y fuera de Europa vive el director de una famosa ‹big band›, Jack Glenn junto a su mujer, la cantante francesa Sara, ambos padres de la futura cantante Suzan.

Los unos y los otros tiene a su favor la vocación de ser una obra más grande que la vida por la envergadura de un presupuesto que no escatima gastos en una producción que abarca cuatro décadas cruciales del siglo veinte. La más detallada es la que se desarrolla durante toda la contienda bélica, desde 1939 hasta 1945. Después los saltos temporales llegan hasta el final de la Guerra de Argelia, en los sesenta. Y un nuevo avance temporal que llega al presente, situado al inicio de los ochenta. Esa magnitud histórica, global, plagada de familias y personajes de diversas procedencias, clases y latitudes —aunque unidos por sus profesiones musicales o artíticas— sugiere más el envoltorio propio de una miniserie televisiva. No significa que todo el metraje presente fisuras en los encuentros fortuitos o el interés de unas familias sobre las otras. Eso sí, las mejor retratadas son las que atañen a los franceses —los Meyer— y a los norteamericanos —los Glenn— que, además, son interpretados por Nicole Garcia, Robert Hossein, Geraldine Chaplin y James Caan. Es decir, las estrellas en cuestión de un reparto internacional que también incluye actrices emergentes como Fanny Ardant o Sharon Stone —apenas unos segundos—.

La epopeya está servida con un tratamiento espectacular en el diseño de producción, los cambios de escenarios, las actuaciones musicales, sin regatear en el vestuario o ambientación. Con la fuerza melódica de las canciones, piezas de música clásica elegidas y una partitura de los emocionales compositores Michel Legrand junto a Francis Lai completan el repertorio del film, claramente preparado para asaltar taquillas y premios de cine.

Una vez se ha enumerado esta lista elogiosa del apartado técnico y artístico podemos preguntar ¿porqué se ha olvidado una película como Los unos y los otros casi cuarenta años después? Desde mi punto de vista quizás su mayor lastre sean las ambiciones de un director empeñado en crear una historia llena de clímax que redobla al final de cada secuencia. Su concepto de la puesta en escena lo basa en unos planos secuencia rodados con arnés, sobre ‹steadycam›, que resultan apabullantes, siempre certeros, pero excesivos en su cantidad y duración. No hay que olvidar que a principios de los ochenta todavía era un lujo y novedad el uso de aquel dispositivo. Esa torrencialidad de movimiento está descompensada y maltratada por el exceso de zooms fáciles de reencuadre en planos generales que no funcionan como expresión, sino como corrección forzada de la proporción del plano. Así que convive la innovación con la chapuza visual en muchas ocasiones. Tampoco ayuda un tratamiento de los números musicales que, sin ser más cruel, parece digno de algún programa de variedades de un sábado catódico nocturno. Algo que por un lado le da un valor como documento hortera de los setenta y ochenta, pero no artístico. La textura plana con luces altas, fondos luminosos desenfocados y algo de ‹flous› en los primeros planos redundan en ese efecto de qualité pasada de moda que apenas aguanta frente al trabajo de directores de fotografía más versados en la expresividad.

Y a pesar de lo criticado es evidente que Los unos y los otros puede ser un producto entretenido para pasar la tarde, tal vez no apasionante, pero sí consumible. Acredita escenas mayores como esa revisión por un oficial nazi, de los niños circuncidados en una escuela francesa, para comprobar si son judíos. El viaje en tren hacia los campos de exterminio, un trágico momento en el que Simon Meyer abandona a su bebé en las vías con todo su dinero, para que sea encontrado y liberarlo de los alemanes, una tragedia tratada de la manera más sobria posible. Por supuesto el concierto del antiguo oficial germano al que solo acuden dos periodistas y que termina con una lluvia de fotos de Hitler junto al director de orquesta sobre el escenario. O algunos encadenados narrativos entre números musicales que dotan de agilidad al conjunto.

En esta semana que —irónicamente— habría que llamar La principal a esta sección puesto que la película de François Girard La canción de los nombres olvidados, ya estrenada el viernes, pero será difícil de ver hasta que la situación actual que vivimos sea solo un recuerdo. Puestos a recomendar más alternativas que temáticamente se acercan a estas dos películas sugiero El lugar que nos prometimos, comentada por Javier Abarca en nuestra web. O la muy olvidada Eddie y los Cruisers, en un registro más rockero.