La alternativa | La horda (Yannick Dahan, Benjamin Rocher)

Recuerdo perfectamente la impresión que me generó La horda (Yannick Dahan, Benjamin Rocher) en su pase del festival de Sitges allá por el lejano 2009. Una auténtica avalancha de gore, violencia, acción desenfrenada y ‹zombies› rabiosos que convirtió una proyección en una auténtica fiesta para los aficionados al género. Una anécdota que pude parecer menor y que entra dentro del mundo de la nostalgia pero que, a la hora de revisar la película, muchos años después, tiene su relevancia.

Ya no es tanto hablar de cómo el paso del tiempo modifica en como vemos una película respecto a su primer visionado, sino de cómo el ambiente de una sala, de un festival, puede magnificar (y en algunos disminuir) el impacto. Se trata de la emoción versus el análisis, aunque también podría dar pie al debate sobre la importancia de una sala contra la “frialdad” del visionado doméstico. La horda es un ejemplo paradigmático de todo ello.

¿Estamos entonces ante un producto que se magnificó? La respuesta es ambigua. Por un lado cabe reconocer que sigue siendo una película honesta en su planteamiento y desarrollo. Pone un mínimo contexto para lanzarse al desenfrenado casi de inmediato. Busca y encuentra una combinación de ‹actioner›, de policial seco, bruto y violento con lo más sangriento de la ‹zombie exploitation› y no renuncia a ser antipática, sucia y por momentos desagradable. Todo ello la convierte en una experiencia que sigue siendo disfrutable… hasta cierto punto.

Porque aquí entra el tema de la experiencia en festival. Se podría decir que, paradójicamente, este es un film de retroalimentación: una horda de ‹zombies› que alimentan a una horda (en el sentido positivo del término) de amantes de género ávidos de nuevas propuestas. Y ahí es remarcable que sus directores saben lo que quiere su público y se lo dan. Sin coartadas, sin subtextos recalcitrantes que busquen una coartada moral o intelectual. Duro y a la encía.

Pero más allá de esto nos queda una película de serie B. Honesta, sí. Centrada, tambien. Pero que confunde gravemente su espíritu de confrontación con su pésima escritura. ¿Qué el conflicto es simple? De acuerdo, pero ello no debe ser el parapeto para ningunear o reducir a la mínima expresión los conflictos latentes. Se entiende que no se necesite ver a delincuentes de extrarradio o a policías corruptos sermoneando sobre la sociedad, el racismo o el abandono de las ‹banlieues›, pero no estaría de más, ya que de vez en cuando se lanzan referencias sobre el tema, que se explorará un poco el asunto y no dejarlo en el aire sustituyéndolo por una nueva ración de tiroteos, tan espectacular como vacía.

Y como esto, todo. Personajes vacíos, cuya escritura se basa básicamente en hacerlos desagradables hasta extremos tan caricaturescos que acaban por desdibujar su interés. El ejemplo más claro está tanto en Aurore o en René. La primera cumple más como una suerte de cuota femenina cuya rabia y acciones no acabamos de entender en muchos momentos y que está sujeta a un escrutinio constante (por no decir broncas a cada plano que sale) por sus compañeros sin mucha razón de ser. Una contradicción tal entre lo empoderante y lo arquetípico que la deja en una tierra de nadie incluso incómoda. René, el vecino veterano de la guerra de Indochina es hasta cierto punto el contrapunto. Aquí se dibuja una especie de caricatura de francés trasnochado, una especie de alivio cómico en modo Torrente galo soltando machistadas sin parar que pueden encajar perfectamente con su condición, pero que acaba por cobrar un protagonismo sorprendente y agotador en su nulo desarrollo más allá de disparar y decir sandeces.

Y reitero, esto puede parecer un detalle menor, pero al final, incluso en una película como La horda uno debería sentir algo cercano a la empatía por alguno de sus personajes y, en esta película, lo único que ve es a personajes “brochazo” sin más destino o importancia que ser masacrados porque sí, porque el guión lo dice. A pesar de todo ello y de una imagen que a veces confunde lo grimoso con lo pobre, La horda sigue siendo un film disfrutable en tanto que sabe contar una historia simple en un tiempo ajustado, que nos pone ‹in media res› de un apocalipsis ‹zombie› sin perder tiempo en explicaciones de virus o cosas por el estilo, y que a base de fogonazos de género más o menos inspirados consigue su propósito: desconectar el cerebro 90 minutos y dejar puntualmente escenas para el recuerdo. ¿Se puede pedir más? Ese el problema, que no mucho más pero sí algo que hiciera de ella algo más entretenimiento superficial, uno imprescindible del género.

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