La alternativa | La bestia bajo el asfalto (Lewis Teague)

Son dos los animales perfectos para los ataques asesinos, el clásico tiburón, rey de las profundidades, de dimensiones impactantes y dientes destructores, y el cocodrilo, reptil de boca inmensa que lleva demasiado tiempo pisando tierra, familia de los dinosaurios, de mirada vigilante y movimientos seguros y letales. Este año se unen ambos animales al terror estival en la gran pantalla y no podemos dejar pasar la oportunidad de disfrutar del cocodrilo en plena esencia.

Y es que nos han podido intentar convencer de la posibilidad de encontrar tiburones voladores por medio de tornados, de tiburones nadando en pantanos o de mutaciones que los hacen hiperinteligentes, pero, ¿qué hay de la posibilidad de explotar la leyenda urbana que a tantas madres preocupó en los ochenta, ante la posibilidad de sobrevivir en los alcantarillados más próximos cocodrilos gigantes? Pues sí, esta es la maravillosa premisa de la también maravillosa película La bestia bajo el asfalto —su título original no era tan ambicioso, pero sí directo a donde más duele: Alligator—, una pericia del director Lewis Teague que años más tarde repetiría con lo de los animales domésticos peligrosos adaptando historias de Stephen King con la mítica Cujo Los ojos del gato.

Pero vamos a centrarnos en las loables escenas de La bestia bajo el asfalto, que ante los títulos de crédito ya nos muestra la glotonidad del reptil —un pierna veo, pierna quiero—, donde la bestia ataca frente a un fervoroso público a un cuidador de animales, motivo que no frena a una dulce niña a comprarse una cría que, inevitablemente, va a parar bajo la ciudad gracias a los conductos del WC. Toda una declaración de intenciones donde el director ya muestra su extraño amor por los animales en una exposición “ecologista” del maltrato animal, que utiliza para ir más allá de la condena, con una irreverente justicia karmática.

Posicionando la historia no demasiado lejos del pilar de muchas de estas historias, el Tiburón de Spielberg, La bestia bajo el asfalto tiene a su hombre taciturno con historia pesada sobre sus hombros que debe solucionar este problema de la naturaleza cuando todo y todos están en su contra, pero sabe voltear lo suficiente los detalles como para distinguirse, y por qué no, elevarse frente a las comparativas.

Un poli de los duros, de los que tienen pelo en pecho y camisetas raídas, la pistola siempre a mano y el mal humor como reclamo amoroso (interpretado por Robert Forster), uno más para la colección de prototipos que nos sirve de héroe oculto y que ayuda a que la historia con el cocodrilo fluya. Y con la historia me refiero a ese modo de introducir al animal en pantalla, cohesinando la intriga y el efectismo con gran acierto. La cámara se adapta al gran bicho, mostrando esta letal arma según sea necesario, ya sea por medio de apuntes (un ojo, una mandíbula, una parte de la cola), adaptándose a la mirada subjetiva del cocodrilo para distinguir su avance o en su plenitud para formar una imagen más letal cuando ataca a sus víctimas. El encanto del uso de las maquetas que se hacía en los 70-80 es uno de los mayores atractivos de La bestia bajo el asfalto, consiguiendo un cocodrilo realista e impactante para la época que muchas películas actuales podrían envidiar al no conseguir esos resultados con el batallero CGI.

El caso es que de una nimia travesura de padre, el guionista John Sayles —otro experto en animales, suyo es el guion de Piraña de Joe Dante— sabe manejar la intriga, el humor, los desacatos policiales y los terrorismos varios contra la naturaleza del día a día a través de un bicho enorme que decide explorar una gran ciudad, y donde queda claro que todo pasa por culpa del hombre, siendo el hombre el que es castigado y el hombre (también) quien debe solucionarlo.

Una maravilla en el terreno de las películas de cocodrilos que ha quedado olvidada con el paso de los años pero que tiene todos los elementos necesarios para ser disfrutada y defendida, este reptil se lo merece.

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