La alternativa | Diez negritos (Stanislav Govorukhin)

Diez negritos es una de las novelas que más adaptaciones cinematográficas ha conocido. No es este un hecho que nos deba extrañar. Su premisa es absolutamente cinematográfica, ideal para representar una farsa teatral rellenada de múltiples ingredientes que enganchan: diez desconocidos, una mansión de la que resulta imposible escapar, un misterio que parece conectar a estas diversas personalidades, una tenebrosa y xenófoba canción infantil como pista, unas figuras cerámicas que van desapareciendo al mismo tiempo que aparecen los cuerpos inertes de los sospechosos y un psicópata asesino de tez desconocida que va eliminando uno a uno a los no tan inocentes personajes hasta que su identidad, por el simple discurrir de los homicidios, será finalmente revelada para sorpresa, o no, del público.

La de René Clair fue y sigue siendo la adaptación más popular y aclamada por crítica y público, realizada a mediados de los cuarenta en Hollywood durante el exilio del francés en el país norteamericano. George Pollock, un especialista en llevar a la pantalla grande las letras de la escritora británica, también moldeó su propuesta al más puro estilo ‹british›. Mario Bava se atrevió a adaptar en clave giallo (como no, pues Diez negritos es sobre todo un giallo seminal) la novela en su no siempre del todo comprendida Cinco muñecas para la luna de agosto. La de Peter Collison (con un Oliver Reed desatado y en estado de gracia) es de las más conocidas, quizás por la fuerza que desprendía el extraordinario elenco de actores europeos. Sin embargo, una de las mejores adaptaciones, e inexplicablemente desconocida para el gran público de occidente, fue la culminada por Stanislav Govorukhin (todo un personaje y referente del cine y la política soviético-rusa desde finales de los sesenta, hasta bien entrado el siglo XX), un versado y elegante realizador admirado por haber llevado a la pantalla emblemáticas obras literarias como Tom Sawyer, Robinson Crusoe o Los hijos del Capitán Grant.

La de Govorukhin se destapa fundamentalmente como una cinta muy sólida y bastante fiel a la novela de Agatha Christie, resultando un regalo para todos aquellos amantes de los siempre inquietantes universos surgidos de los textos ideados por la escritora británica. El autor de No se puede cambiar la cita se apoya en una puesta en escena muy teatralizada, gracias al hecho de situar la acción en la apartada mansión situada en una isla desconocida de la que resulta imposible escapar debido a las inclemencias meteorológicas que estallan en su escarpada costa. Este punto, junto a la claustrofobia que desprende la sagaz fotografía de Gennadi Engstrem, quien mezcla con mucho acierto los puntos de vista subjetivos con el mundo de las pesadillas por donde caminan las desconcertantes mentes de los personajes, convierte al film en una joya del género de intriga y suspense, tomando prestadas ciertas licencias del ‹giallo› italiano mezcladas con mucho tino con la pulcritud y disciplina del teatro inglés.

El argumento es de sobra conocido y seguido a rajatabla por Govorukhin. Diez desconocidos arribarán en barco a una isla deshabitada donde se halla una lujosa mansión, invitados por el enigmático Señor Owen, un hombre al que ninguno de los asistentes conoce en persona —si bien éste insinúa que tuvo relación con ellos en el pasado—, cuyas amistosas y misteriosas letras han incitado a los protagonistas a aceptar su convite. Entre los asistentes se encuentran un juez, un coronel del ejército, un detective, un playboy, un expedicionario, una joven institutriz, un médico, una excéntrica millonaria y dos sirvientes que han sido contratados por Owen para prestar servicio a sus variopintos visitantes.

Sin embargo, el día de la llegada a la isla los invitados descubrirán que el Señor Owen y su mujer no se encuentran en la mansión, teniendo que disfrutar la cena prometida sin la presencia de sus anfitriones. Los comensales se hospedarán en sus respectivas habitaciones, perfectamente acicaladas y ornamentadas con un pequeño marco que contiene la letra de una canción infantil en la que se describe como diez negritos van desapareciendo en una cuenta atrás por diferentes causas de muerte.

Durante la celebración de la cena, la mesa estará presidida por una bandeja que alberga diez figuras de porcelana que representan diez pequeños aborígenes. De repente, una grabación (con la supuesta voz del anfitrión Owen) hará aparición para desvelar que cada uno de los presentes ha sido responsable de la muerte o asesinato de un inocente sin que la justicia haya sido capaz de impartir castigo alguno, si bien la mayoría de ellos negarán su culpabilidad en los hechos que los señalan.

Así, dará comienzo una partida de ajedrez jugada por una presencia desconocida que poco a poco irá eliminando a los concurrentes, quienes se verán atrapados en un turbio juego donde las piezas tomarán la forma de su propio cuerpo sin que haya salida posible, puesto que la mansión se convertirá en una especie de presidio del que será imposible huir, surgiendo de este modo un espeluznante y delicioso cluedo en el que cualquiera podría ser el asesino y a la vez víctima asesinada mediante las armas y forma establecida en la canción que reina en la pared de sus relativos dormitorios. ¿Quién se esconderá detrás del nombre de Owen y cuáles serán sus auténticas motivaciones?

Aunque el argumento de Diez negritos ha sido deformado y empleado en multitud de series y películas a lo largo de la historia, perdiendo parte de la sorpresa que pudiera existir en un guion original de las mismas características, esto no será un problema para Govorukhin, quien sabedor de no tener entre sus armas la del elemento sorpresa, decidió explotar todas las virtudes de un relato que también funciona como una historia de enredo y denuncia social, revelando la impunidad existente entre las clases pudientes y la mezquindad con la que éstas tratan a las personas que no han sido agraciadas con una buena posición en el eslabón social.

En este sentido, la película no albergará ningún giro impostado, por lo que quien haya leído la novela (algo que resultará sencillo, puesto que nos encontramos ante uno de los mayores ‹best sellers› de la historia de la literatura) no se llevará ninguna sorpresa en el discurrir del relato, incluido el descubrimiento de quien se esconde tras la sombra del [email protected] (por si acaso hay alguien que siente que desvelando el género del homicida estoy haciendo un spoiler). Pero esto no será ningún impedimento para disfrutar de una cinta muy poderosa, estéticamente impecable y poseedora de un lenguaje narrativo que se aprovecha el magnífico filón literario que envuelve al guion potenciado por una estructura cinematográfica esbelta, muy teatral, que juega con los planos y contraplanos y las panorámicas en grúa, creando una atmósfera asfixiante repleta de intriga y ciertos elementos de terror giallesco, que conseguirá fascinar al espectador a través de su opresiva influencia.

Me seduce el alucinante y alucinógeno diseño de la mansión que conquista la cumbre de la isla en donde sucede toda la trama. Asimismo, la forma en la que los personajes empiezan a interactuar, como marionetas guiadas por un poderoso demiurgo que está asistiendo a una parodia bufonesca, dejándose orientar por consejos que más parecen cuchilladas por la espalda que advertencias protectoras. Y es que Govorukhin echó toda la carne en el asador, apostando por el influjo lisérgico desprendido por un relato siempre inquietante, capaz de desatar el escalofrío desde los elementos más cotidianos y sencillos, sin necesidad de impresionar la mirada del espectador con gotas de sangre y de truculencia, sino dejando que fueran los elementos psicológicos y subliminales (siempre los más peligrosos desde el punto de vista de la psique del público) los que llevaran la voz cantante de la narración.

En este sentido, Diez negritos de Stanislav Govorukhin se eleva como un producto que defiende un sentido narrativo que prefiere la inteligencia y la belleza frente a lo soez y previsible, alzándose como una obra cumbre del cine de suspense mundial, construido con un gusto escénico impecable, con un montaje siempre precioso que recurre a hipnóticas elipsis para ofrecer pistas y también despistar a quienes traten de descubrir quien acecha en las tinieblas que atormentan a los protagonistas, y con un grupo de actores maravillosos, en los que se siente su pasión por las tablas escénicas, siendo especialmente reseñable la presencia del escenógrafo y actor ruso Alexander Kaidanovsky, famoso por haber participado en la mítica Stalker de Tarkovsky.

Tan solo me queda recomendar una película que se disfruta en cada segundo de sus dos horas y diez minutos de metraje. Cine al más puro estilo soviético. Ahí es nada.

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