La alternativa | Aquella casa en las afueras (Eugenio Martín)

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Estos días Lydia Bosch pasea su curiosidad en camisón por oscuras estancias que esconden secretos del pasado. Ha llegado a cines La hermandad, pero no se puede decir que sea la primera película española que se centra en esos pasajes nocturnos en salto de cama. Es cierto que resulta una constante en el cine que los directores creen la intimidad entre el captor (una casa encantada o simplemente opresiva) y el ansiado tesoro, siempre una fémina que entre trapos blancos muestran su vulnerabilidad y admiten el acoso de las tinieblas para dar rostro al terror. Es tal vez Los otros una de esas opciones españolas aplaudidas por el gran público, donde Nicole Kidman sufría con su piel transparente y su obcecado modo de vida, pero antes que estas dos mujeres sufrió Silvia Aguilar el encierro en Aquella casa en las afueras.

Eugenio Martín quiso crear su propio coto privado de caza a los inicios de los ochenta, con la llegada de una pareja joven a esa casa en las afueras de Madrid a la que hace referencia el título. Si bien se nos insinúa un hogar fantasmagórico y peligroso con ese título, es en realidad la intención de ofrecer un lugar donde crear fantasmas propios la de Eugenio, para soportar un drama oscuro con recovecos nostálgicos que alude al pasado en todo momento, siempre ligados a ese lugar.

La casa, escondida en un denso bosque y alejada de casi todo —a excepción de una guardería estratégicamente situada junto a ella— es un espacio inmenso que la pareja, con Nieves embarazada de cinco meses, compartirá con su dueña, que vive en el piso superior. Aunque a la llegada parece el lugar ideal con el que vivir un idílico embarazo para una chica de provincias, su sola existencia remueve recuerdos escondidos que lo convierten en el lugar más lúgubre y hostil que habitar.

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Si durante años Silvia Aguilar fue un objeto de deseo, en la película el pudor de su cuerpo acompañado de su avanzado estado de gestación la convierten en una mujer sensible y atormentada a la que las paredes le hablan de sus errores pasados, algo que nos van descubriendo poco a poco gracias a las indagaciones y ensoñaciones de esta mujer. Para ensalzar la opresión se suceden escenas con niños cantando mientras pasea junto a columpios, visiones que perseguir de sí misma en otro espacio, y acongojadas expresiones ante palabras ajenas. Si el hogar separa poco a poco el matrimonio, no se puede olvidar la inestimable ayuda de la inquilina de piso superior, una Alida Valli que tras trabajar con algunos de los más reconocidos directores expresa su papel de mujer misteriosa con mano firme, adoptando poco a poco un protagonismo inesperado después de mantenerse con vigilante tesón tras los pasos de Nieves.

También existen algunos incomprensibles elementos de despiste que nada tienen que ver con la esencia del film, ya sea por el modo poco sano de llevar el embarazo, fuera de lugar para la época en la que se rodó la película, las cábalas incomprensibles que se marca la joven casada con respecto a las suspicacias sobre las verdaderas intenciones de su marido o el papel que tienen las secundarias en el film, en ocasiones desaprovechado. Pese a esto, se mantiene esa tensión impuesta desde un inicio por el interés de conocer el desenlace (que resulta demasiado apresurado), creando un vínculo hogar-embarazo que desarrolla un sexto sentido femenino y que crea una atmósfera que llega más allá de una simple casa monstruosa para dominar una historia donde la mujer es la base de toda esta oscura trama de infancias truncadas. Al final siempre se dice que un lugar guarda la memoria de todo aquel que pasó por allí, y esta casa, escondida en un bosque en las afueras, guarda demasiados secretos en su interior. Camisón incluido.

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