Jonaki (Aditya Vikram Sengupta)

«Todo se consume». Esta es la baza con la que Sengputa construye un relato entre lo poético y lo surreal, lo vivido y lo perdido.

Jonaki es una mujer anciana, físicamente real pero que no encaja con el mundo representado; pues sus padres son más jóvenes que ella, se dice que tiene diecinueve años y está a punto de ser desposada. En el cine todo es mentira le decía Isabel a Ana en la película El espíritu de la comena (Víctor Erice, 1973) y en Jonaki el ejemplo es palmario. Confundir realidad con imaginación o con metáfora —si es que la palabra no se queda corta, pues hay mucho más que simples metáforas en el film— es algo que se hace en el cine desde los tiempos de Eisenstein, pero no de una manera tan desconcertante y a la vez hermosa. En Jonaki nada es como debe, o debería ser en un mundo realista, donde la metáfora sería unidimensional y no abarcaría planos de realidad distintos ni mucho menos jugaría con el tiempo de forma material. Lo que aquí se nos presenta va más allá de cualquier manido juego de pistas o simbologías, pues hemos de centrarnos en las imágenes y en su estructura para caer en la cuenta de que la película tiene más de mito evocador que de rompecabezas.

En los recovecos de la memoria, donde la propia Jonaki (re)vive sus recuerdos más importantes desde la perspectiva de una enferma terminal, con su cuerpo en el lugar de su alma y viceversa, nos adentramos en el mundo puro de las imágenes y los sonidos. Sengputa crea un universo original y particular a partir de escenas filmadas con planos fijos, que comienzan a perderse en los albores del recuerdo. Poco a poco, el mundo, ya de por sí abstraído de una realidad material, se va adentrando en un terreno ambiguo donde hay una tensión constante entre representación —de los objetos y las personas, cada vez más difusos y faltos de luz— y narración —cada vez más disgregada de lo lineal—.

La historia de amor entre Jonaki y su amante arrebatado no tiene nada de astral ni misterioso, pero la forma en la que se cuenta rodea de un aura mística todo el devenir de los acontecimientos. La palabra es escasa y priman las imágenes fijas, compuestas por espacios distribuidos en estantes y el continuo sonido de los grillos en el campo o la casa. Lentamente todo se empieza a difuminar y “seguir el hilo” puede resultar complicado, principalmente porque el mismo vuelve atrás y adelante con frecuencia, haciendo nudos imposibles de desatar, al igual que los del ovillo de la madre en una escena muy acertada. Pero hay que seguir la propuesta del director y optar por otro modo de “ver” la película. Es más que recomendable profundizar en la fina tela que cubre todas las escenas, como un fino manto espectral. Dejarse llevar por la belleza de las imágenes y captar los pequeños detalles que aparecen, puede ayudar a discernir lo que a simple vista parece demencial o inconexo.

Desde el matrimonio concertado, ella y todas las cosas se van consumiendo —el extraño forúnculo que crece en la frente de su padre, las cerillas que Jonaki quema para matar el tiempo, las pieles de mandarina, la pierna ortopédica, el velo de novia…—, pasando por la guerra y la partida —y pérdida sustancial— de su amante, hasta su aborto natural, decisivo en el futuro de su relación impostada, Jonaki se retrotrae a un pasado activo en el cual, todo queda entre ella y sí misma. Lo bueno parece mejor y lo malo es tan solo un esbozo, una regañina maternal cualquiera. Pero al ahondar en su memoria de manera tan personal, ésta se convierte en un sustituto de la realidad y los errores y horrores del pasado vuelven en forma de fantasmagoría “weerasethakuliana”. Un asiento vacío en el cine se transforma en un abismo en el corazón, al igual que una pérdida se transforma en un ser gris e inerte que no reacciona ante el abrazo de su amada. Una podredumbre se apodera de los personajes. Consumiéndolos en la pena.

Al final salimos a la realidad, estática y mundana de un hospital cualquiera en Calcuta. Un anciano trae mandarinas a una anciana que se muere. Se le caen al suelo y las recoge. Baja la cabeza. Es el fin del recuerdo, el ahora no puede crear ninguno más.