I Want my MTV (Tyler Measom, Patrick Waldrop)

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I want my MTV puede que adolezca de ser un documental demasiado al uso, es decir, nada arriesgado en su formato de inserto de footage y entrevista que dé contexto a personajes relevantes de ese momento. ¿Podemos calificarlo entonces como documental rutinario? Desde luego así es en cuanto se refiere al aparato formal. ¿Es eso sinónimo de falta de interés? En absoluto. Si algo tienen claro Tyler Measom y Patrick Waldrop, directores del film, es lo atractivo del material del que disponen, un auténtico arsenal de nostalgia para potenciar el ‹remember when› (amén de una selección de temazos indiscutibles) y dejar que, prácticamente, el documental dispare el atractivo en modo piloto automático.

Este es una historia que se narra desde las entrañas, usando a los participantes del nacimiento de la MTV para que expliquen su génesis, sus vicisitudes y anécdotas. Siempre desde la frescura y obviando, quizás demasiado, temas espinosos como por ejemplo la acusación de racismo en sus primeros tiempos (en este sentido sí hay que destacar el momento incómodo de la entrevista a David Bowie). I want my MTV es casi un cuento de hadas que nos narra el ascenso y la caída de un modelo televisivo y también, como si una cosa no estuviera inextricablemente ligada a la otra, la fotografía de una generación, de un ‹modus vivendi› y una cultura específica (la de los 80) donde el juicio de valor no está presente, sencillamente la constatación de que MTV era el producto ideal para la juventud de aquel momento.

Cierto es que, a pesar de estar ante un producto en forma de celebración gozosa de un era, no con ello basta. Se echa de menos más arrojo visual en tanto que resulta cuando menos chocante estar viendo y escuchando a auténticos revolucionarios, ni que sea en la idea, de lo audiovisual mientras que el escaparate dónde rememoran sus proezas sea más bien parco o incluso romo en cuanto a su plasmación.

Sin embargo no hay que desdeñar que uno de los grandes méritos del documental es conseguir que estos “males menores” se reduzcan a la nada y solo, a posteriori, es cuando dejando reposar lo visto el momento en que aflora esta sensación. La idea es que el visionado responda precisamente a la sensación del presente continuo, del disfrute del aquí y ahora y de esa emoción que producía estar vibrando con un tema concreto pero esperando cuál sería el siguiente hit.

Y es que en I want my MTV no solo está la música, está la influencia y evolución visual de los videoclips y de cómo la innovación fue dando paso a cierto enquistamiento e incluso decadencia de las formas y contenidos. Un declive tan acelerado como el signo de los tiempos que estaban llegando. Una caída desde la gracia que, sin embargo, vino acompañada, como no podía ser de otra manera, de un último acto revolucionario: el poner en antena el primer reality show. Podríamos decir pues que, haciendo balance, I want my MTV pone de relieve claroscuros generacionales, el poner en primera línea una nueva forma de ser joven, de vivir la música o de reinterpretar la cultura pop, pero también que fue el canto del cisne de cierta ingenuidad cultural, dando paso a la apertura de la caja de Pandora de la tele basura.

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