Francofonia (Alexander Sokurov)

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Como es habitual en esta clase de películas, Francofonia no pretende exponer una tesis concreta, sino estimular la vena reflexiva de la audiencia, abrir la caja de las preguntas. Para ello, Alexander Sokurov presenta dos acontecimientos, uno ficticio y otro real, que se desarrollan de forma paralela. El primero es la dura travesía de un barco que carga con las obras de arte del museo Hermitage, haciendo frente a una intensa tempestad. El segundo es una reconstrucción de las tensas conversaciones que (suponemos) mantuvieron Jacques Jaujard y Franz Wolff-Metternich, quienes fueran director del Louvre y un reputado militar alemán durante la segunda guerra mundial. Curiosamente, ambos personajes persiguieron el mismo objetivo: salvaguardar las obras de arte del famoso museo francés. La superposición de ambas situaciones tiene como objetivo alabar el arte a un concepto tan intangible como poderoso, definirlo como algo que puede convertirse en mediador de conflictos o por el contrario en una carga pesada, capaz de llevar a pique toda una embarcación. En cualquier caso, un ente de fuerzas difícilmente calibrables.

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Sin embargo, tal planteamiento esconde otras tantas lecturas. Por una parte está todo el contenido simbólico que esconde la imagen del barco cuyo cargamento, que en realidad no es otra cosa que arte, está a punto de hacer zozobrar. Esta idea puede entenderse como una metáfora de la trascendencia, a veces exagerada, que la sociedad otorga a dicho arte. Porque en realidad no estamos viendo otra cosa que toda la agitación, todo el movimiento que resulta de la firme voluntad de preservarlo; acción llevada a cabo aun cuando significa poner en riesgo varias vidas humanas. Una situación muy parecida, en realidad, a la que viven los dos personajes de la historia paralela, solo que en este caso de forma totalmente inversa: el único nexo entre ellos es la voluntad de que el museo permanezca intacto. Y esto es precisamente lo que mantiene a la ciudad de París a salvo de los bombardeos. De ellos depende, por lo tanto, el estado del bienestar de los ciudadanos de París. Tenemos, pues, dos historias paralelas que actúan a modo de punto y contrapunto: el arte visto como un lastre que puede conducir al naufragio; y al mismo tiempo como punto de encuentro, entendido casi como un salvavidas.

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Resulta curioso que la historia ficticia (es decir, la del traslado) esté contada con los medios propios del documental, mientras que el hecho histórico está presentada de forma abiertamente ficcionada (se nos muestra la claqueta cerrándose al grito de “acción” y en cada escena pueden verse, justo al lado de los actores, las bandas de sonido de sus diálogos). Es decir, la ficción es presentado en clave realista y lo real en clave de ficción; una forma de recordarnos que no se trata solamente de que el arte dependa de la realidad, sino que en ocasiones también es la realidad la que depende del arte. Y aquí reside el hermoso toque poético que hace de esta película una pequeña joya: Francofonía es un muy personal homenaje al arte, que constituye al mismo tiempo una pequeña pieza artística. Un aspecto metalingüístico remarcado por la voz en off con que Alexander Sokurov acompaña las dos historias, actuando a modo de hilo conductor y reflexionando sobre ellas, al tiempo que nos obsequia con paseos por las pinacotecas del museo y vistas aéreas de los edificios de París y San Petersburgo.

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