Ethan Hawke… a examen

Subterránea y escondida entre la ampulosidad de las enormes corrientes del cine indie norteamericano, la carrera como director del popular intérprete Ethan Hawke yace aletargada por una escasa repercusión seguramente alentada por una falta de constancia que ha dejado únicamente tres películas en los últimos 17 años, que no le ha impedido el haber construido un estilo propio que en The Hottest State, su segunda película, ya se presenta como importantes rasgos identificativos. Debutando en el año 2001 con un extrañísimo pero pasional producto de hálito teatral que inmiscuía al espectador en las perturbadores cotidianidades del popular Chelsea Hotel de Nueva York, Chelsea Walls era una historia coral donde Hawke planeaba sobre un puñado de almas decadentes en busca de un cambio imposibilitado por lo hermético del mítico emplazamiento, en una oda artística que pretendía vanagloriar las respetables artes de la poesía o la música, con la atrevida jugada de implementar ciertos tropos literarios venidos de su material de partida, distintos poemas de Arthur Rimbaud y Dylan Thomas.

Para su segunda película, en unos esquemas narrativos más convencionales pero sin obviar esa particular incisión en los dramas de sus protagonistas, Hawke cuenta en The Hottest State una historia basada en una novela de su propia autoría de la que se pueden concebir, presumiblemente, ciertos tintes autobiográficos: la historia de un principiante actor que sufre un esporádico romance con una joven cantante mexicana; la cinta se sirve de este hilo argumental para ejecutar un fino retrato de las emotividades, complejidades y vicisitudes de este tipo de relaciones. En un estilo directo, cercano y hasta por momentos gozando de cierta espontaneidad artística, la película rezuma un sentimentalismo pasional seguramente venido de un Hawke que muestra en pantalla la típica melancolía altruista del artista, abordando el relato hacía la superación de la ruptura, la auto superación ante el fracaso y el fortalecimiento ante la búsqueda de los deseos anhelados. A este respecto, The Hottest State nos sumerge además en una impostada ambientación pictórica de los parajes ambientales que visitan sus protagonistas, ahogándolos ante el desmesurado complejo paisajístico y realzando aún más una condición minimalista, no por ello menos desbordante, dentro de las idiosincrasias de sus protagonistas.

Al calor de unas interpretaciones sentidas por parte de la dupla formada por Mark Webber y Catalina Sandino Moreno, volcadas hacia el tono melancólico de la historia, Hawke vuelve a demostrar, tras Chelsea Walls, su pulso a la hora de dotar de grandilocuencia a cada uno de los momentos donde los personajes muestren sus pasiones interiores; aún con una estética más depurada en convencionalismos respecto a su ópera prima, el cineasta sigue construyendo un estilo personal manifestando la entereza de la introspección de sus protagonistas, haciendo que cada escena logre una intensa validez dentro de las propias pretensiones de la historia. Estas, anexadas aquí a la superación de la decepción y el dibujo de una fina línea entre el amor de abrupta pasión y la aflicción, se pueden asociar como si una reversión cruda y áspera de la prototípica historia romántica se tratase. Un inteligente tratado donde prevalece la devota visión de Hawke como autor (alentados por los presuntos tintes autobiográficos antes mencionados), siempre vinculante a la intensidad de la palabra como emotivo valor de efectiva pasión, tal y como demuestra la voz en off con la que el protagonista se desnuda aún más ante su personal sentimentalismo de los hechos.

Como otras películas en las que constantes intérpretes dan unos pasos no tan persistentes en el tiempo a la hora de ponerse detrás de las cámaras, Ethan Hawke ya ha dado por demostrada una efectividad artística muy singular, acentuada en unos personajes creíbles por su explorado poso auténtico; sin olvidar, claro está, esa imaginería escénica donde aquí se sustituyen las cercados y sucios pasillos del Hotel Chelsea por la majestuosidad del territorio americano, dejando para México un acto de la película especialmente logrado a nivel emocional. Si bien es cierto que sería injusto no mencionar algunos pequeños aspectos achacables al propio desarrollo (las figuras paternales interpretadas por Laura Linney y el propio Hawke no acaban de asentarse correctamente en la historia), The Hottest State se concibe como una película con gran nervio interno, habilidad por la conmoción y de una realista cercanía a la cotidianidad real. Un discurso sobre los claros y oscuros del romanticismo, que no obvia en mostrar las miserias dentro de la complejidad de las relaciones pasajeras, que nos vuelve a descubrir a un Ethan Hawke con un devoto y enriquecido vigor autoral.