A ‹grosso modo›

La última edición del Festival de Cannes daba el pistoletazo de salida con Elegir mi vida, la ópera prima de la cineasta gala Amélie Bonnin que, basándose en su propio cortometraje homónimo de 2021, narra el regreso al pueblo natal de Cécile, cuya exitosa vida y carrera en París como chef de alta cocina colisiona con el austero mundo del que proviene y los fantasmas que allí habitan todavía. Pocas cintas en cartelera tienen una voluntad tan amable y desenfadada como la propuesta de Bonnin, cuyo registro permanece siempre en la comedia dramática, tan frecuentada por los realizadores franceses. Las formas tan desdramatizadas, diáfanas y gruesas de este tipo de obras suelen revelar, más pronto que tarde, que estas están trazadas con un ánimo de sencillez que pivota a la simpleza, a la vacuidad ética y trivialidad estética. Es por ello que la propuesta de la realizadora novel cae en el saco de esas cintas que parecieran nunca haber avanzado de una primera fase de guion, donde los pilares de la escritura todavía no se han desdibujado correctamente y se puede advertir claramente como el dramatismo osifica a partir de estos.
El dispositivo dramatúrgico que la directora despliega no es más que un conjunto indefinido de mecanismos emocionales manidos que, lejos de interpelar al gran público como pretende, lo imbuye en el tedio usual de la insustancialidad fílmica que estos provocan. Los procesos de identificación son negados por la sensación espectatorial de estar presenciando bocetos y, por momentos, entes abstractos de personajes, trazos independientes entre sí que, pese a dejar vislumbrar figuras, no permiten adherirles una personalidad ni articular subtramas con ellos, pues sus caracteres son intercambiables y vacíos.

Es el batiburrillo genérico de influencias pop que Bonnin intenta empastar con una trama familiar la principal disonancia formal que hace naufragar el relato hacia la unidimensionalidad característica de este género de proyectos, cuya vacuidad se hace patente en la vaguedad conceptual en la que conscientemente opera. No es de ayuda tampoco la irrupción del musical, pues, cuando este aparece, siempre de forma azarosa y poco inspirada, no hace más que subrayar aquello que los personajes ya han verbalizado o que se ha dado a entender anteriormente, erosionando toda la emocionalidad de los austeros números que van apareciendo durante el metraje. En Elegir mi vida, la música no deja de ser un elemento anecdótico y arbitrario, mucho más impostado ‹en pos› del tono desenfadado de la cinta que por un acercamiento al género, que tan olvidado parece estar estos últimos años. Lo que sí parece heredar la realizadora del musical es la ingravidez dramática con la que este suele operar, esa consciencia de los realizadores de que, si un personaje va a bailar claqué en el techo a media oración, lo mejor quizá no sea complejizar narrativamente el relato. Pero, como desgraciadamente la cinta de Bonnin vaga en tierra de nadie, en su metraje solo se filtra lo peor de cada género y se deforma hasta convertirse en una mera cristalización del cliché.


Redactor de crítica cinematográfica en Cine maldito y Cinemagavia.





