El silencio es un cuerpo que cae (Agustina Comedi)

En ocasiones es difícil de entender, en una época de sobreexposición, de revelación de la privacidad a través de las redes sociales, lo que significa tener secretos. Poco importa si se trata de secretos pequeños; como gustos culpables o recuerdos de infancia, o grandes; como una doble vida.

La película argentina El silencio es un cuerpo que cae, ópera prima de Agustina Comedi, es un ensayo personal sobre el padre de la realizadora, pero también sobre una época donde la privacidad no era opcional, al menos no para todo el mundo. Ganadora del Gran Premio del Festival L’Alternativa y presente en certámenes como el IDFA de Amsterdam o el Festival de Buenos Aires, la película de Comedi reflexiona en torno a la capacidad de las imágenes para convertirse en memoria(s), y de la necesidad de escarbar en ellas, en un ejercicio de arqueología, para encontrar un sentido que muchas veces se nos escapa.

A medio camino entre el documental en primera persona y el video-ensayo, El silencio es un cuerpo que cae tiene como epicentro la historia de Jaime Comedi y su homosexualidad más o menos escondida, núcleo desde el que parten, en muchas direcciones, varios interrogantes e historias personales: qué ocurría con la homosexualidad durante la dictadura argentina, cuál era exactamente la militancia política del protagonista, cómo era su relación con sus amantes y su familia, etc. Aunque el documental prefiere hacer un repaso de todas ellas y desvelar principalmente las piezas del puzzle familiar, uno tiene la sensación de que el film podría haber tomado cualquiera de las otras direcciones y haber sido igual de interesante. Es de recibo destacar en ese sentido la capacidad de la cineasta por mantener una síntesis equilibrada entre lo personal y lo documental, pese a la cantidad de imágenes y caminos posibles.

De la misma manera que en casos similares como Capturing the Friedmans (Andrew Jarecki, 2003) o Stories We Tell (Sarah Polley, 2012), las imágenes en VHS y Super 8 filmadas por el padre de la directora son usadas por ésta con una voluntad ilustrativa, pero sobre todo detectivesca. Se trata de una manera de poner orden en los recuerdos y de buscar signos de un secreto, pequeños momentos que puedan revelar todas aquellas palabras jamás dichas. Silencios, primeros planos y zooms que se conviertan en la prueba de que, pese a todos los secretos, lo que se muestra en las imágenes pasó de verdad. Es por eso que el único debe que se le podría achacar al documental —la presencia casi excesiva de imágenes de la directora en su infancia— no es sino un acierto: una manera de reflejar la mirada de su padre, algo que busca replicar con la escena final en la que filma a su propio hijo.

Films tan complejos y meticulosos como El silencio es un cuerpo que cae nos hacen pensar si, tal y como decía Harun Farocki, existan ya demasiadas imágenes, y sea más interesante rebuscar entre los archivos personales, en las cintas VHS caseras, DVD’s de boda o la galería de vídeo del móvil, que crear nuevas. Toda memoria es una historia, y todo plano, su puesta en escena.