El recuerdo de Marnie (Hiromasa Yonebayashi)

Una pregunta que me hago a veces desde que tengo sobrinos y pienso en si iniciarles o no en el mundo de la animación más allá de los capítulos en Clan o Boing de series que entretienen, pero no mucho más (a falta de tener mayor edad para mostrar cierto interés por algo un poco más complejo), es de qué manera pueden verse estimulados, y si el cine les influye a la hora de crecer y definir de lleno sus temperamentos. ¿Puede un niño de 3 años desarrollar una mayor inteligencia emocional en base a esas vivencias o recuerdos de un pasado que verá cuando aterrice en un futuro incierto? Apenas viven experiencias (entendidas estas como las entiendes siendo adultos), pero, como niños, cada paso es nuevo para ellos, y puede que determinante, tan individualistas como dependientes.

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El recuerdo de Marnie es el segundo largometraje de Hiromasa Yonebayashi para el Studio Ghibli, tras Arrietty y el mundo de los diminutos, y mantiene el estilo visual ya clásico de la productora japonesa, siempre ensalzado con justicia por los críticos y los amantes del cine de animación, un cine en el que las mujeres jóvenes tienden a ser protagonistas de íntimas historias que entremezclan fantasía, realidad y aventuras en medio de la naturaleza, lo sobrenatural y la lucha interna que deriva en el descubrimiento personal de las propias heroínas. En este sentido, El recuerdo de Marnie es una oda más de Ghibli a la animación tradicional; reposada, emocional y conmovedora. Una obra llena de poesía que cautiva y que te embarca en un viaje lleno de melancolía, común a todos y realista, a pesar de las distancias culturales. Puede que peque de previsible, pero es un deleite para los sentidos y para la consciencia.

Ante la perspectiva de un Studio Ghibli sin películas de Hayao Miyazaki, es bueno ver que surgen más talentos que, aunque no lleguen a su nivel, mantengan una cota artesanal tan alta como la que se muestra aquí, en El recuerdo de Marnie, no sólo a nivel técnico, también narrativo y visual, donde la cinta deja claro que sus dos años de retraso para aparecer en nuestros cines son en realidad un contratiempo un poco triste, pues se merecería mucha mayor atención e interés, sobre todo cuando vemos llegar una vez a la semana —por lo menos— tantos films de animación que no hacen otra cosa que triunfar en la taquilla. No en vano, el público infantil, con los padres que acompañan a los hijos, suele ser un valor seguro a la hora de recompensar las carteleras.

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En cualquier caso, si existe de verdad la inteligencia emocional, y si el espectador la tiene, sin importar la edad que tenga, es seguro que disfrutará con Marnie y su recuerdo, a pesar de repetir ciertos discursos y de no dar rienda suelta al valor que añadirían otros personajes a la cinta, más allá de los dos principales. Al final no es más que un lienzo ilustrativo de un lugar en el que todo está bien integrado y resulta comprensible para cualquier mente. Si yo tuviera 20 años menos, puede que El recuerdo de Marnie no sólo formara parte de mi vida de cinéfilo, sino también de mi armonía personal y gozaría del enorme privilegio de haber moldeado en cierto modo mi carácter, convirtiéndome en mejor persona, más capaz de discernir y de entender a los demás de lo que soy ahora; pero como no es así, sólo puedo decir que he disfrutado mucho del encanto que supone ver animación realista, así como de los movimientos y los trazos que recrean con refinamiento y hermosura un mundo lleno de añoranzas y de gozos; cotidiano.

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