El original | Emilio y los detectives (Gerhard Lamprecht)

Emilio y los detectives

El desconocido cine alemán de los años treinta legó a la industria cinematográfica mundial —antes de la ascensión al poder del partido nazi que provocó una auténtica Diáspora de los principales baluartes y talentos de la industria germana hacia tierras menos tiránicas— alguno de los títulos más sugerentes, estimulantes e innovadores de su historia. Soy de los que opinan que el séptimo arte le debe a los profesionales surgidos de tierras alemanas la modernización de su idioma, ya que el cine hoy en día no sería el mismo sin la aportación del Expresionismo, primera corriente destructora de las rigideces y los corsés esquemáticos del lenguaje cinematográfico que aglutinó en sus filas una serie de nombres que dinamitaron la concepción artística del cine, fomentando de este modo una forma de expresión puramente derivada del arte fílmico que convertía a la historia en un instrumento en favor de la imagen como verbo dogmático. Los claroscuros, la influencia pictórica en la fotografía, el vanguardismo cultural, el surrealismo, la fantasía y el puro espectáculo son arquetipos básicos del movimiento expresionista que gracias a la emigración acontecida en los años treinta y cuarenta de sus principales emblemas hacia los estudios de Hollywood posibilitaron que dicho modelo se difundiera a nivel global por medio de las suntuosas y populares producciones cinematográficas generadas en los Estados Unidos, primordialmente.

Emilio y los detectives

En este sentido, la primera adaptación al cine de la novela infantil Emilio y los detectives escrita por Erich Kästner, me ha parecido una experiencia impresionante y alucinante. La película fue producida por la UFA en 1931 adaptando en pantalla el texto que solo un par de años antes había redactado Kästner, un autor muy crítico con los nuevos vientos que venían procedentes del partido nazi, que se convirtió de inmediato en un tremendo éxito de crítica y público, no solo entre los más jóvenes (público hacia el que se dirigía la novela) sino entre los espectadores más adultos, transformándose de manera instantánea en una obra de culto. El guión de la película fue uno de los primeros trabajos del legendario Billy Wilder, que se encargó de adaptar en estrecha colaboración con Kästner el libreto infantil otorgando al argumento un halo que mezclaba con mucho tino fantasía infantil, aventuras y realismo urbano. Parece ser que Wilder contó igualmente en la escritura del guión con la colaboración no acreditada del mítico arquero Emeric Pressburger, signo que constata la calidad del material que dispuso el cineasta Gerhard Lamprecht para tejer una película distinta, hipnótica y precursora de un nuevo lenguaje cinematográfico que trataba de igual a igual a la audiencia infantil y a la adulta (algo no muy habitual en el cine de aquella época).

A pesar de que los remakes posteriores de esta imperial cinta, producidos en 1954 por la nueva industria alemana salida de las ruinas de la II Guerra Mundial y en 1964 por la acaparadora Walt Disney, disfrutaban de un mayor desarrollo de medios técnicos y presupuestarios para vencer el resultado original, los mismos no pudieron alcanzar la excelencia del producto dirigido con mucha competencia por Gerhard Lamprecht, siendo esto un hecho que demuestra que la acumulación de talento que se reunió en esta primorosa cinta primitiva fue un hecho innato que no pudo comprarse con dinero ni tecnología. Y es que la ubicación del argumento de la cinta original en el Berlín de principios de los años treinta, a imagen y semejanza del texto literatio, es un rasgo distintivo y esencial que marca la diferencia artística entre la cinta de 1931 con sus posteriores adaptaciones, siendo por tanto la primogénita la que mejor capta y adapta al lenguaje cinematográfico el cosmos e influencias conceptuales aportadas por el libro.

Emilio y los detectives

La cinta arranca mostrando las travesuras llevadas a cabo por el pequeño Emilio y sus amigos en un pueblo situado en las afueras de Berlín. Emilio es un trasto de cabellos rubios marcadamente arios, que disfruta cada día burlándose del guardia de la localidad y jugando a las canicas junto a sus compañeros. El joven infante es huérfano de padre, sobreviviendo pues de forma muy humilde gracias a los escasos ingresos que su madre obtiene del negocio de peluquería que ha montado. Al llegar el verano, la madre de Emilio decidirá enviar a su retoño a Berlín para que pase las vacaciones en la ciudad con su abuela y su prima, por lo que el adolescente se embarcará en un tren con destino a la capital. Sin embargo la tranquilidad del viaje se perturbará en el momento en que Emilio se quede solo en el compartimento del ferrocarril con un intrigante y misterioso personaje que viste un oscuro traje y un inquietante bombín (símbolo de la maldad en infinidad de películas expresionistas alemanas y una de las obsesiones del maestro Fritz Lang). Este enigmático personaje regalará una especie de golosina a Emilio que le provocará unas alucinógenas ensoñaciones que serán aprovechadas por el ladrón para robar el dinero que la madre de Emilio le había prestado para disfrutar en sus vacaciones berlinesas. De este modo, avergonzado por haber caído en la trampa del ladrón, Emilio decidirá perseguir al caco por su cuenta y riesgo a través de las animosas calles de la capital, contando para ello con la ayuda de una pandilla de chavales que se encontrará en su arriesgado trayecto, y que empleando las técnicas de los detectives de las novelas negras conseguirán arrinconar en un viejo hostal a su presa, urdiendo de este modo un perspicaz plan para recuperar el dinero robado y delatar asimismo la auténtica personalidad que se esconde debajo del bombín del ladrón.

Esta sencilla premisa argumental fue hilada por el magnífico grupo de profesionales que cruzaron su destino en la UFA con un soberbio ritmo que no decae en ningún instante en los escasos 70 minutos que dura el film, e igualmente con un brillantísimo ropaje visual que adopta los esquemas del expresionismo alemán de fábrica, pero en el que del mismo modo se incluirán pequeñas gotas de neorrealismo (impresionantes sin duda son las escenas rodadas en las luminosas calles del Berlín de los treinta que a modo documental reflejan la alegre y jovial forma de vida de los ciudadanos berlineses, aún desprovista esta rutina cotidiana de las cadenas dictatoriales y opresoras del partido nazi), así como unas breves pinceladas de surrealismo que tan de moda se había puesto en aquella época gracias a las aportaciones de nombres tan importantes como Buñuel, Dalí o Cocteau, por medio de la escena alucinógena vivida en el tren por Emilio tras tomar la golosina infectada de estupefacientes, una escena absolutamente hipnótica, surrealista, alucinante, transgresora, moderna… en la que se constata el virtuosismo técnico de los profesionales de la UFA al plasmar con pericia e ingenio la deformación de la realidad experimentada por una mente contaminada por las fantasiosas pesadillas que provocan las drogas (una escena sin duda adelantada a su tiempo que hoy en día sigue provocando el mismo asombro que hace ochenta años).

Emilio y los detectives

Podemos segmentar la película en tres partes diferenciadas de talante divergente. Así, el primer segmento adquirirá una tonalidad emparentada con el cine familiar al mostrar las peripecias de Emilio y sus amigos en el pueblo así como las relaciones del protagonista con su madre. La segunda parte comenzará con el viaje del adolescente en tren que dará lugar al robo del dinero (el famoso mcguffin que solía contener este tipo de películas de los años treinta) y la consiguiente persecución por parte de Emilio del ladrón por las calles de Berlín. Y, por último, el tercer vector se iniciará con la reunión del protagonista con sus nuevos y detectivescos amigos que dará lugar a toda una sub-trama de persecuciones, misterios e intrigas (con un tono siempre enmarcado en el universo infantil y sus problemas), que culminará con la maravillosa secuencia del seguimiento del criminal por parte de una jauría de niños a través de las calles de la capital alemana. Unido al planteamiento moderno e iconoclasta de buena parte de las escenas del film, conviene resaltar las memorables escenas urbanas filmadas por Lamprecht, de un realismo inspirador adornado con una fotografía muy luminosa que dota de un halo fantasioso a la realidad del ambiente que ayuda a medida que transcurre el metraje a acrecentar el tinte de cine de aventuras infantiles que irá adoptando poco a poco la trama del film.

Y es que no me cabe duda que esta seminal adaptación de Emilio y los detectives es una de las obras cumbres del séptimo arte germano de los años treinta, que a pesar de carecer de pretensiones críticas e ideológicas supo trasladar a la pantalla el ambiente vitalista, colorista y humano de un Berlin que caería solo unos meses después en la más oscura de las profundidades de la inmundicia humana. Una película que mantiene vigente toda su frescura original que hará disfrutar a niños y mayores con una epopeya que demuestra que no el esfuerzo, la lucha y la falta de resignación ante el infortunio del destino se pueden vencer con ilusión, coraje y trabajo en equipo. Pasen y vean.

Emilio y los detectives

2 comentarios sobre “El original | Emilio y los detectives (Gerhard Lamprecht)”

  1. Hola
    Mi padre quedó fascinado con la pelicula en su infancia. Hay alguna forma de conseguirla en la actualidad? Sería un regalo de reyes estupendo.
    Muchas gracias por tu ayuda.
    Gemma

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