El ciudadano ilustre (Mariano Cohn, Gastón Duprat)

Pocos son los que, al conseguir una victoria, tienen la capacidad de dar un discurso verdaderamente honesto. El escritor argentino Daniel Mantovani pertenece a este grupo. Tras recibir el Nobel de literatura, cima de toda una vida, Mantovani se despacha a gusto contra el propio jurado que le ha otorgado el galardón y frente a las principales autoridades de Suecia. Un discurso de “victoria” que, por otra parte, supondrá un punto de inflexión en su carrera; a partir de ese momento, El escritor tendrá dificultades para trabajar y no parará de rechazar eventos e invitaciones, quizá por pereza, quizá para evitar ser inútilmente agasajado. Hasta que un día su asistente le comunica que su localidad natal, Salas, le ha concedido la más alta condecoración del pueblo: ciudadano ilustre. Es entonces cuando Mantovani se replantea su actitud y decide embarcarse en un curioso retorno a sus orígenes…

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Con esta seductora propuesta se inicia El ciudadano ilustre, una producción argentina a los mandos del tándem Mariano Cohn – Gastón Duprat, cineastas que ya cosecharon buenas opiniones con anteriores filmes como El hombre de al lado. Dos son los temas que quieren poner a escena con esta obra: por un lado, la egolatría y la actitud que toma el escritor no solo frente a su propia obra sino en lo que respecta a la sociedad; por otro lado, la falsedad de lo políticamente correcto y su interrelación con los volátiles sentimientos de orgullo y envidia.

Así, El ciudadano ilustre es una doble crónica sobre un hombre de éxito que regresa a codearse con los orígenes de los que reniega y cómo esta gente reacciona ante la diatriba de condecorar al héroe que ha puesto su pueblo en el mapa mundial o rechazarle por el retrato despectivo de la localidad que realiza en sus novelas. Mantovani, caracterizado por un Óscar Martínez cuya lengua muestra un tono tan respetuoso como voraces son sus palabras, es perseguido por la cámara durante todo su trayecto en Salas. Pero lo positivo aquí es que los directores no pretenden revestir a su protagonista con un traje de heroísmo singular. La honestidad de Mantovani no le impide ser vanidoso, incongruente y hasta antipático por momentos. Y, pese a todo, es sencillo meterse en su piel.

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Sin embargo, lo que hace de El ciudadano ilustre una película realmente interesante es su habilidad para cargar contra toda la negatividad y la ira que lleva por dentro el ser humano sin que por ello tenga que pagar el peaje de resultar cargante. No, la cinta de Cohn y Duprat goza de una gracilidad notable, consiguiendo que los segundos transcurran como minutos mientras contemplamos las andanzas del protagonista en un territorio intrigante. Porque, en efecto, uno de los puntos fuertes de la cinta es el de plasmar el pueblo de manera que el espectador nunca esté seguro de lo que va a venir a continuación. Como en todos estos sitios, la cercanía que despiertan algunos ciudadanos contrasta con el rechazo a lo foráneo que muestran otros, pero ni siquiera los citados en primer lugar tienen una actitud fácil de prever. Esta sensación de intriga, que irá tomando forma conforme avance la película, quizá sea el máximo acierto del film.

Por lo demás, pocos peros hay que ponerle a una cinta que sabe ser tan certera es su análisis de la actitud humana como divertida en sus formas. El ciudadano ilustre hace reír y reflexionar, no oculta que estamos en todo momento frente a una ficción pero es lo suficientemente creíble como para que los espectadores sepamos identificarla con alguna experiencia que hayamos tenido en la realidad. Con una buena dosis de mordacidad, eso sí.

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