Drive My Car (Ryûsuke Hamaguchi)

El eterno diálogo

Es de noche. En una habitación oscura la figura de una mujer desnuda se yergue elegantemente y queda iluminada de manera que solo somos capaces de vislumbrar el contorno de las curvas de su cuerpo. Su presencia frente a la cámara tiene algo de espectral y percibimos su silueta como la de un ser fantasmal que se presenta ante nosotros poseído por la fuerza de la palabra, iniciando un monólogo que se extenderá durante varios minutos. Un hombre escucha absorto a esta mujer y, como el espectador, queda atrapado por la atracción de su voz y sus palabras. Así empieza Drive My Car, un filme monumental con el que el director japonés Ryûsuke Hamaguchi (Happy Hour) se ha
consagrado como uno de los autores cinematográficos más relevantes del momento.

Basada en un relato de Murakami, la película narra de manera brillante una historia en la que múltiples personajes excelentemente construidos deberán afrontar unos traumas que los llevarán a realizar un complejo y profundo proceso de introspección. El uso de la palabra es esencial para desvelar la psicología de estos personajes, es por ello por lo que la cinta está sustentada principalmente por escenas de largos diálogos como la descrita previamente. Ahora bien, Hamaguchi retrata una realidad de múltiples capas, logrando combinar orgánicamente los distintos códigos y lenguajes que conviven en ella, los cuales se extienden magistralmente tanto en el texto como en la puesta en escena del filme a través de una arriesgadísima conjunción de varios elementos como ahora artes, idiomas, tiempos y realidades que —como los personajes de su película— constantemente están estableciendo un diálogo. En la escena inicial, por ejemplo, la narración del relato contado por la mujer cohabita con excepcional naturalidad con la bella imagen de la silueta de su cuerpo desnudo. Asimismo, el texto dramatúrgico que en muchas escenas interpretan los actores y que en sí ya es un diálogo, convive con una puesta en escena que también dialoga entre lo cinematográfico y lo teatral, como bien resume el plano de un televisor retransmitiendo una obra de teatro.

Hamaguchi nos habla a través de una flexibilidad de la forma fílmica que le permite transmitir mucho mejor la compleja realidad que envuelve a los personajes de su historia. Estos intentarán ayudarse a superar sus traumas justamente mediante el diálogo (ya sea hablado o mudo), el cual muchas veces tendrá lugar en un coche rojo, otro elemento clave en el filme. Un vehículo capaz de transportarlos a tiempos pasados —retransmitiendo la voz de un personaje muerto— o a realidades fantasmales —como es el caso de lugares de la ciudad de Hiroshima o el antiguo hogar derrumbado de uno de los personajes—. La atmósfera espectral de la primera escena se mantiene latente durante todo el filme, por lo tanto, Hamaguchi parece querer aludir a una realidad en la que la presencia de los muertos es tan destacable como la de los vivos.

En cualquier caso, no nos confundamos, porque pese a ser una película de múltiples personajes, formas y realidades, Drive My Car es un filme muy sólido, capaz de abordar con honestidad una contemporaneidad extremadamente compleja, incierta y dolorosa, y de alcanzar una intensidad emocional absolutamente increíble.

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