Disappearance (Boudewijn Koole)

Un escenario en negro se nos descubre ante los aplausos de los espectadores, y los detalles (un puño cerrado, resoplidos) pronto se contemplan como algo más que la reacción frente a una tesitura, la de actuar en público, que no trenza sino una conexión con el inevitable pasado. Roos, la protagonista de esta Disappearance, vuelve precisamente a ese pasado en un viaje en coche que se sumerge en los gélidos parajes que la llevarán a reencontrarse con su madre, Louise, y un hermano menor, Bengt. Un reencuentro que pronto evidenciará una relación incómoda e incluso, de alguna manera, tensa: aquello que revelaban los gestos y corporalidad de Roos, termina manifestándose en forma de obstáculo emocional desde el que abordar un vínculo que se antoja mucho más complejo, en especial cuando la protagonista le revele a una ex-pareja sentimental que tiene una enfermedad terminal.

Lejos de afrontar todo ese proceso desde un terreno hábil como podría resultar el del melodrama, cargando las tintas y buscando un marco en el que hacer confluir ese planteamiento, el neerlandés Boudewijn Koole —más conocido por Kauwboy, su segundo largometraje y el que puso su nombre en el panorama— busca mecanismos mucho más ligeros en los que disponer un tejido sobre el que ir componiendo los distintos aspectos del relato, encontrando especialmente formas en las que desvelar ese profundo conflicto que parece separar a madre e hija, y logrando aportar información sin necesidad de verbalizar un trayecto que parece ser doloroso no sólo en el marco de su relación, influyendo también sobre la visión del pequeño Bengt; ese nexo en particular, fija por otro lado matices desde los que continuar desarrollando ese lazo entre ambas, tanto desde una actitud en ocasiones evasiva, hasta la irrefutable correspondencia en algunos aspectos entre las dos mujeres.

Es, de hecho, a través de ese vínculo creado con los dos personajes masculinos cercanos a Roos, donde Koole establecerá un elemento ciertamente interesante como es esa desnudez —transformada en sexualidad— introducida en ambos casos, cada una en un contexto obviamente particular: mientras con Johnny retomará en cierto modo un idilio en el que intentar buscar refuerzo ante una postura inusitada, ante Bengt parece trenzar enlaces desde los que afrontar con cercanía una disposición extraña para el pequeño, que además no interfiera en una etapa de autodescubrimiento para él. Circunstancias por las que, en definitiva, encontrar un trayecto que permita contraponer desde una perspectiva distinta esa hostilidad que, por momentos, Louise lanza hacia ella, llegando incluso a una fisicidad que no se ve acrecentada gracias, en parte, a la mirada de un cineasta que busca no traspasar ciertos lindes.

Es probable que, pese al cuidado que deposita Koole en la construcción de un film, por momentos, intimista, Disappearance no arroje los mismos resultados que aquella Kawuboy que nos descubrió la personal y sosegada visión de un autor que en esta nueva tentativa encuentra virtudes que se trasladan más allá del valor de un tono adecuado, pero lo cierto es que el conjunto se ajusta a la perfección en la búsqueda de un relato que confiere a la imagen el peso idóneo —desde en la exposición de ese conflicto maternofilial, entre miradas evitadas y la evocación de un pasado que se antoja forzoso desgranar, a la importancia que sostienen algunos elementos—, y aunque en ocasiones se manifieste una frialdad procedente de esa destemplada relación, Disappearance queda dispuesta como una pieza en la que seguir los pasos de un director cuyos logros, afortunadamente, van más allá de un acertado trabajo.

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