Del inconveniente de haber nacido (Sandra Wollner)

De la naturaleza espectral de la imagen, la memoria y la construcción de la identidad. Sandra Wollner retoma las ideas que ya formaban parte de su primer largometraje The Impossible Picture (2016) para su retorcida propuesta argumental en The Trouble with Being Born (2020). Si en aquella la cámara doméstica de la protagonista servía de anclaje con el punto de vista subjetivo que afectaba incluso al tratamiento del tiempo, ahora nos encontramos con un objeto de forma humana, un androide que presenta la apariencia de una niña de 10 años llamada Elli (Lena Watson). La niña robótica vive con un hombre de mediana edad al que admira y del que depende fuertemente, al que trata como su supuesto padre. Pronto la situación se desvela más inquietante y turbia de lo que en principio podría parecer. La perspectiva de la niña se impone principalmente a través del uso de la voz en off sobre los planos secuencia de movimientos lentos que siguen a los personajes por la casa y en sus inmediaciones en mitad de un bosque. Su rol de narradora no fiable es consistente con una verdad que para ella es incapaz de aprehender: sus recuerdos no son suyos, su vida no le pertenece, ella es únicamente el reflejo programado de los deseos de su dueño.

Con su aproximación formal rigurosa a los espacios, algo del mundo de Elli se permite desentrañar a través de un fuera de campo absolutamente pesadillesco y terrible —sólo sugerido por las escenas cada vez más explícitas e inquietantes entre ambos—. Una irreconciliable contradicción entre su percepción de la realidad y su verdadero ser atraviesa todo el metraje. Ella es un androide sin voluntad propia ni sentido moral alguno. Su desconexión de lo que le rodea se debe a su esencia como una especie de vasija vacía en la que otros imponen sus necesidades, recuerdos y aspectos de su personalidad. Como en el cuento popular de Pinocho, la niña androide está a merced de la buena o la mala intención de quienes se encuentra. A diferencia del inocente muñeco de madera, ni siquiera posee el deseo de ser de carne y hueso. Ni siquiera se la considera una persona. Elli sufre un constante proceso de caprichosa antropomorfización y desantropomorfización según la persona con la que interactúe. Un proceso que también acaba por dirigir la cámara hacia el espectador insidiosamente, con su propuesta escénica de radical carácter observacional, a través de sus planos estáticos. Las prótesis faciales, los movimientos mecánicos y las expresiones automatizadas permiten esta cosificación desde la ambigüedad para considerarla o no un ser con consciencia propia, un ser que merezca ser tratado como un igual si le asignamos nuestras mismas características.

En esta ambivalencia es donde se mueve el discurso del filme, desafiando nuestra mirada sobre una imagen de un ser que es fundamentalmente un constructo virtual. Un constructo creado sobre la memoria y la identidad del otro que impone sobre ella sus valores y deja un rastro invisible a primera vista. Elli puede ser una recreación fantasmagórica de los seres queridos perdidos, que a través del recuerdo ajeno siguen perviviendo. Con eso se construye nuestra identidad también, a través de las proyecciones de los demás. Ese distanciamiento sobre las experiencias vividas y nuestra propia biografía también permiten configurar un yo, una persona, que existe desligada por completo en el tiempo y en el espacio de lo que inicialmente lo originó. Wollner establece así un vínculo bidireccional mediatizado por el fetichismo hacia las personas que trasciende la muerte y supone una expresión viviente de nuestra alienación, con la apabullante mercantilización y virtualidad de las relaciones, desprovistas de autenticidad y basadas en la negación de la humanidad del otro.

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