Cristian Mungiu… a examen

Con el reciente estreno de Más allá de las colinas aprovechamos para repasar la obra más laureada de Cristian Mungiu: 4 meses, 3 semanas y 2 días, punta de lanza del Nuevo Cine Rumano junto con La muerte del Sr. Lazarescu (Cristi Puiu) y 12:08 Al este de Bucarest (Corneliu Porumboiu). Este movimiento no es tanto una corriente concreta con unas bases estéticas o ideológicas definidas como un colectivo intelectual con una visión particular respecto al cine social y una profunda mirada sobre el pasado y presente de su país. Las ya citadas junto a otras, como Martes, después de Navidad, han realizado un áspero fresco sobre el devenir rumano de los últimos tiempos, estudiando tanto los efectos del régimen estalinista de Ceaucescu, el remanente que sucedió a su derrocamiento y el progresivo abrazo al capitalismo que sufrió el país a lo largo de esta década. Todas ellas, por lo general, con una serenidad y concisión que solo habla en favor de la madurez de sus responsables, que evitan todo tipo de victimismo o crítica laxa a la hora de abordar temáticas tan espinosas, sin olvidar en ningún momento la aflicción emocional que llevan a cuestas.

Gabita y Otilia son dos estudiantes, compañeras de cuarto, conformes sin remedio con el modo de vida que impone una dictadura, hechas a la mano que puede caer en cualquier momento y acostumbradas a acudir al mercado negro para conseguir desde bienes básicos a tabaco, o incluso un aborto. Aunque Gabita sea la embarazada, Otilia, cuyo punto de vista compartiremos a lo largo de todo el metraje, es la encargada de todos los preparativos para el proceso, ilegal y penado fuertemente por una absurda idea sobre el aumento de natalidad. Mientras que Gabita, sumisa, despistada y falta nervio espera en la residencia Otilia, práctica y de mayor coraje, removerá cielo y tierra estableciendo contacto con un abortista clandestino y buscando un lugar para la operación. Desgraciadamente acabará implicándose mucho más de lo que la amistad sugiere. Porque el límite existe.

Resulta muy interesante la dosificación de información que Mungiu suministra al espectador en este primer tramo, no quedando clara la intención de la pareja protagonista hasta pasada media hora larga de metraje, que pudiera intuirse por pequeños retazos desprendidos del comportamiento de las protagonistas. Este curioso sentido de la intriga mantiene atento al espectador hasta una escena clave que deriva el rumbo de la historia por los derroteros del cine social y drama psicológico.

Otro aspecto destacable sería el conciso emplazamiento temporal de la obra, así como la manera utilizada para transmitir al espectador el clima opresivo y de angustia de la dictadura, casi subliminalmente y sin mencionarlo directamente en ningún momento. Así, aunque la ambientación sea básica (uniformes, coches de época), sufrimos en todo momento la asfixia del opresivo régimen, compartiéndola con unas protagonistas que la asumen sin más remedio, interiorizándola para acabar explotando inevitablemente. Aunque las autoridades no se muestren explícitamente si es evidente el sentimiento de sospecha común y miedo de toda la sociedad presente en los abusivos controles de identidad, tanto en el bus como en la recepción del hotel, que más bien parecen interrogatorios policiales. Como última muestra de este aspecto, destaca la alargada secuencia de la cena familiar, con una Otilia (magnífica Anamaria Marinca) aletargada por su drama interior y el resto de comensales discutiendo sobre patatas y ventajas del servicio militar. Ese mantenimiento de las apariencias que oculta el miedo y las tensiones que bullen bajo el manto de la omnipresente dictadura bien podría ser el ejemplo perfecto de lo que supone la vida bajo un régimen autoritario.

Por otra parte, resulta curioso como en el fondo la temática del aborto, si bien presente, funciona en primer lugar como vía para abordar un estudio sobre los límites de las relaciones afectivas, presente en la evolución de las dos protagonistas, así como de la interiorización del miedo e impotencia ante la opresión estatal. De hecho su condición de mcguffin queda patente desde el momento en que el director no pretende transmitir su posición al respecto, utilizándolo como medio para contar una historia y establecer un desarrollo. Aunque suene paradójico, esta crítica sin posicionamiento se ha erigido como una de las características más evidentes del cine rumano en general y de la obra del realizador en particular, que en Más allá de las colinas también abrazaría en su seco retrato de los fundamentalismos religiosos.

Formalmente Mungiu ya sienta las bases del estilo que depuraría posteriormente en la austera Más allá de las colinas, elaborando largas secuencias en base a planos fijos que castigan al espectador con una presencia culpable, intercalando ocasionales paseos cámara en mano según indican los avatares interiores de su protagonista. No existe banda sonora y tampoco se utilizan primeros planos, ambos fundamentales en el drama común, con visos a aportar mayor realidad y no manipular al espectador. Aquí entrarían también las elipsis, excepcionalmente insertadas, delimitando las 24 horas en que transcurre la acción de manera en que parecen vividas (sufridas junto a la protagonista) en tiempo real. La utilización del fuera de campo junto a la banda de sonido que también esgrimiría en su obra posterior ya es empleada aquí magistralmente, evitando sordidez y ganando efectividad, con su máximo exponente en la escena clave del baño o la angustiosa cena.

Su demoledor tramo final nos conduce a los abismos de la desolación con su protagonista, émulo de la Justine que retratara Sade, dando tumbos por una Rumanía vacía, oscura y sin salida. Maltratada mil veces y obligada a continuar, asentir y tratar de olvidar. En el plano final, luces de coches se reflejan en un cristal inexistente frente a nuestras protagonistas, en respuesta al inicial en que unos peces nadan en una pecera. Esta metáfora del encarcelamiento resulta aún más desgarradora cuando Otilia, consciente, dedica una mirada a cámara.

PD. Irónicamente, se estrenó el mismo año que Juno. Quisiera ver a Ellen Page cargar con un feto en el bolso por medio de la ciudad.

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