Céline Sciamma y cómo encontrar la pureza en voltear a ver lo que deseamos

Céline Sciamma y cómo encontrar la pureza en voltear a ver lo que deseamos.

No se puede hablar del poder de Céline Sciamma sin ser consciente de la auténtica revolución con la que su figura, fuera y dentro de la cinefilia moderna, ha irrumpido con ancha autenticidad y solidez en un presente donde parece que todo se ha hecho y, a la vez, nada se ha explorado con detenimiento ni suficiente perspectiva. Su inédita aparición en el top 30 del famoso listado de las mejores películas de la historia por parte de la revista Sight & Sound tampoco es casualidad; la fiebre que ha recogido la directora nacida en Pontoise, Francia, es apoyada por una situación en la industria cinematográfica donde el cine, en gran parte de su historia, ha sido dominado por una mirada masculina y que, cuando hablamos de un balance entre directoras mujeres y hombres en la boca de grandes públicos, esto sonaba a falacia. Sciamma, como pocas, ha logrado hacer clic entre los espectadores gracias a su preciso acercamiento a las relaciones afectivas entre mujeres. Desde que sorprendió con su ópera prima Water Lilies (Naissance des pieuvres, 2007), donde aborda la sexualidad en la adolescencia rompiendo con los recurrentes tópicos de los encasillamientos del cine juvenil, extendido hacia el terreno de la atracción en una edad precoz, Sciamma no ha hecho otra cosa más que crecer junto y para su cine.

Un par de años más tarde, la realizadora francesa seguía explorando ese despertar prematuro con su cortometraje Pauline (2009), donde una joven cuenta en forma de monólogo el paso de su infancia, la experiencia de enamorarse por primera vez y la pesadilla viviente que significó salir del armario dentro de una comunidad prejuiciosa que la llevó a un camino de aislamiento y dolor. Sciamma, apegada a trabajar con actores jóvenes en la confección de conceptos que ocurren en la vida real pero de los cuales no se habla lo suficiente o prácticamente nada, trajo Tomboy (2011). En definitiva, se trata de una película que amplió el panorama en el catalogado cine ‹coming of age› y que supuso su primer gran cimiento a nivel internacional tras su estreno en la Berlinale del correspondiente año. Tomboy profundiza en la crisis de identidad de una niña de diez años que, al mudarse a un nuevo vecindario, se hace pasar ante los otros niños del barrio como un niño llamado Mickaël, abriendo un debate sobre las concepciones de género en la infancia y cómo esto aún se minimiza en la cambiante sociedad.

Bande de filles

Girlhood (Bande de filles, 2014) es otro salto significativo en la carrera de la directora; aunque mantiene las mismas temáticas de identidad en contextos poco accesibles, la dinámica en esta cinta se amplía hacia los núcleos familiares y sociales de las familias en círculos urbanos truculentos dentro de la idiosincrasia francesa. Marieme, la protagonista, luchará por no caer ante las garras de la ley de las calles y el abuso de los hombres de su vida a través de la hermandad que construirá con otras chicas que se encuentran en situaciones similares. Aquí Céline Sciamma rompe una vez más al introducir la adolescencia como puerta hacia una añorada libertad, y no le pesa salirse de los moldes narrativos mientras salta descontroladamente al ritmo de Rihanna: un filme que expone con todo esplendor la hermandad y el espíritu femenino, incluso si desde fuera el futuro es desolador.

Hasta este momento Sciamma sigue examinando la niñez como punto álgido a tomar en cuenta en la personalidad e identidad de sus sujetos; tanto en Water Lilies como en Tomboy la sexualidad era eje fundamental, mientras que en Girlhood, sin prescindir de lo anterior (sobre todo en el último tramo), posiciona unas ideas más cercanas a los vínculos interpersonales entre mujeres y cómo estos son nuestro más confiable eslabón para afrontar las sombras que la vida nos ha asignado.

La explosión mediática viene con Retrato de una mujer en llamas (Portrait de la jeune fille en feu, 2019), la obra más célebre por parte de la cineasta, que pone en el plano la relación amorosa de dos mujeres en el siglo XVIII, algo que por sí solo daría mucho de qué hablar, pero aquí Sciamma pone ojo en todo el ruido de dentro: la conexión entre las dos protagonistas y las decisiones que toman es el foco de una de las historias de amor más apasionantes del último siglo, alimentada por todo un bagaje de referencias pictóricas y literarias (gran uso del mito de Orfeo y Eurídice) que funciona en plena sincronía. La lírica de Sciamma nunca estuvo en mejor forma, como lo demuestra aquí, y la madurez con la que evoluciona con grandiosa precisión, derivada de las temáticas de sus películas anteriores, demuestra que Sciamma, como la protagonista de esta historia, también puede pintar fotogramas con unos cuantos gestos y una pose furtiva.

Petite maman (2021), último filme hasta la fecha de Céline Sciamma, llega en un punto donde parecía algo incierto hacia dónde las sensibilidades de la directora darían el siguiente paso. Lo cierto es que las formas de Sciamma, siendo más discretas que en su obra anterior, reavivan en conjunto la pureza emocional de todo lo que había hecho hasta ahora. Este relato de realismo mágico se puede admirar de mil formas, entre ellas, el enternecedor tratamiento de sus protagonistas que, arrinconadas en una especie de llave entre espacio y tiempo, logran encontrar confort mutuo más allá de los hilos que las unen. El dúo infantil (Nelly y Marion) muestra una cara de la directora que asemeja lo visto en Tomboy, pero potenciado por la estruendosa sensibilidad de un filme que omite la opresión que acosaba al resto de su filmografía y, a su vez, se expone en forma de bálsamo que se engrandece por la banalidad temática que abraza, ya que aunque la construcción de Petite maman claro que tiene sus capas complejas que abordan ese puente entre la infancia y la adultez, separadas por una búsqueda de la reconciliación con uno mismo, la realidad es que, bajo las no muy abrumantes pretensiones de la cinta, es ahí donde Sciamma, tal vez sin buscarlo, da en el clavo para otorgarnos en forma de recorrido en un parque de diversiones, una serie de situaciones tremendamente bellas que, sumadas a su gentil fantasía, son el anestésico perfecto para combatir la oscuridad de la era contemporánea.

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