Cecilia Atán… a examen

Un viaje —que sugiere el inicio de un periplo interno que se desarrollará a partir de ese momento— y la inmersión en un lugar desconocido, alejado de toda realidad palpable hasta ese momento —reflejado en un hotel situado frente a la inmensidad del mar—. Elementos que se repetirían en el debut en el terreno del largometraje de Valeria Pivato y Cecilia Atán con La novia del desierto, pero que sin embargo ya quedaban expuestos y desarrollados en El mar, cortometraje anterior con el que Atán empezaba a sentar las bases de una obra que se amplifican en el film protagonizado por Paulina García.

Una particularidad, la de buscar en espacios ajenos una zona en la que iniciar una nueva exploración, en la que se incide de una forma más conceptual que perteneciente al propio relato —de hecho, firman guionistas distintos, aunque Atán sea una de las responsables del libreto de La novia del desierto—. Así es como arranca El mar, donde la cineasta argentina nos introduce en la crónica de una joven pareja —pronto queda determinado el vínculo que les une engarzando un par de imágenes tan reveladoras como definitorias— que llegará a una zona costera para pasar unos días, indagar en su relación y, de paso, poder estar frente a ese mar al que alude el título que ella, Nina, nunca había visto en persona.

El mar se presenta en el cortometraje como una extensión tan bella como extraña, pero al mismo tiempo insondable e incomprensible. Nina se muestra, de hecho, sorprendida por el sonido de las olas al colisionar entre ellas. Una reacción que al fin y al cabo se extiende al periplo que viven ambos, buscando comprender y explorar una relación en la que hasta entonces no habían profundizado de ese modo. Atán retrata ese proceso como el que es comprendido mediante tiempos muertos que describen los distintos carácteres de Leo y Nina; mientras él trasnocha para ir a jugar a las recreativas y termina levantándose bien entrado el mediodía, ella intenta distraer su atención como puede, esperando a que Leo la acompañe. Es entonces cuando ambos van descubriendo una realidad que hasta entonces no existía, más presos de una unión que supone algo nuevo para ellos que de el no comprender un vínculo que se sigue desarrollando, paso a paso, con sus contrariedades —reflejadas especialmente en las conversaciones de esa distancia progresiva que se irá desarrollando, y a través de la que se darán cuenta que hay algo más allá de la afinidad mutua—.

La interpretación de los dos jóvenes contribuye a dotar de una cierta inocencia a un relato bañado por los tonos más bien ocres y apagados con los que se nos muestra El mar, haciendo hincapié en unos exteriores casi siempre nublados, cuando no lluviosos. Un paraje que probablemente refleje la condición de un nexo inexplorado que no podría terminar de otro modo, ni con otro diálogo —especialmente lúcida, esa conversación final frente al mar— e imagen tan certeros como los que Atán dibuja en una de esas joyas del medio sobre la que ir delineando un cine del que ya se puede hablar como algo certero y tangible.