Canción sin nombre (Melina León)

Juan José Saer decía en alguno de sus textos que nuestra mirada de la historia esta condicionada por el presente, que el presente es como un filtro que no nos permite ver hacia atrás más haya de hechos que se conecten con nuestras preocupaciones inmediatas, por lo mismo el presente crea sesgos que idealizan y simplifican la realidad que nos precede para nuestra conveniencia haciendo que al final solo logremos captar una pequeña parte de su esencia. Canción sin nombre es un buen ejemplo de este planteamiento, ya que el filme nos transporta a la década de los ochenta en un periodo complejo del Perú donde el grupo armado Sendero Luminoso está empezando su campaña de terror, pero esto será algo secundario en la historia en la cual seguiremos a nuestra protagonista Georgina Condori (Indígena Ayacucha) en su lucha por recuperar a su bebé perdido.

Desde el inicio nos podemos dar cuenta de que la estética se fuerza por presentar este universo con la forma clásica del medio audiovisual. Aquí el blanco y negro no es solo un color que evoca el luto o la melancolía, o que permite un mayor grado de profundidad o contraste en la fotografía, sino que está para que identifiquemos al trabajo como si fuese una película grabada hace mucho tiempo; esta decisión formal le da al filme un acabado elegante y propio de películas ‹noir› que conecta muy bien con su trama. Porque esta es una historia de detectives, ya que el segundo protagonista Pedro Campos (un periodista con un temperamento grave y corto de palabras que tiene que lidiar también con su homosexualidad de clandestinamente) se encargará de ayudar a Georgina en su búsqueda, enfrentando una sociedad corrupta que se esconde detrás de un velo de burocracia estorbosa.

Para la historia serán fundamentales dos temas: el primero es el duelo de Georgina por su hijo, porque su experiencia más que lucha es sufrimiento, desde que pierde a su hijo ella vivirá una espiral de desesperanza con pocas o ninguna posibilidad de triunfo, y este dolor, esta muerte en vida será la protagonista de los más bellos y melancólicos planos de la cinta. El segundo tema es la homosexualidad de Pedro, que se devela poco a poco en su relación con un simpático actor que en un principio parece un agente revolucionario, pero que conforme interactúen sabrá seducir y revelar sus intereses ocultos de manera cauta, elegante y misteriosa.

A pesar de sus cualidades, la cinta se pierde en su incapacidad de mirar al pasado más allá de sus temas centrales, y cabe preguntarse si los hechos y vivencias del metraje son fruto de una realidad de otro tiempo o más bien una imposición del presente, porque es poco lo que se descubre de este pasado radical y tortuoso además de unos cuantos eventos superfluos puestos para señalar dichas conexiones temporales. Y este problema no sería tan grave si el componente thriller no terminara compitiendo con los temas ya mencionados, puesto que en la medida que en la película avanza, la investigación continúa y deriva en caracterizaciones estereotípicas y mal desarrolladas de sociedades corruptas que al final nos dejan con un cierre abrupto y casi que insípido (si no fuese por una pequeña escena de Georgina), que más que un final parece un intermedio a la espera de una continuación que no llegará.

Canción sin nombre es una obra en la que una historia real termina siendo la base para que el artista construya un discurso sobre el presente, y esto no seria negativo si por lo menos la realizadora se hubiese entregado a dicho propósito de una manera más directa, pero la lucha por asociar dicho pasado con el discurso siendo incapaz de indagar en el mismo de forma precisa, hacen de la película un producto de calidad irregular y con un mensaje disperso e insatisfactorio.

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